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  1. Entre Bolívar y Monroe

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    Siete años después de que Estados Unidos suspendiera unilateralmente las relaciones diplomáticas con Venezuela y tres meses tras el secuestro de Nicolás Maduro, la bandera venezolana volvió a ondear en la embajada del país en Washington. La agresión militar de Trump contra Venezuela el 3 de enero marcó el inicio de una nueva ronda de radicalización de la política exterior estadounidense. Pero las secuelas de la captura del jefe de Estado de un país soberano fueron bastante contradictorias en relación con la ofensiva inicial: Estados Unidos nunca reconoció la legitimidad del actual mandato de Maduro, pero la intervención imperialista no impidió que la vicepresidenta Delcy Rodríguez, elegida por Maduro, asumiera el mando. Desde entonces, Venezuela negocia, aunque desde una posición evidentemente asimétrica, una nueva etapa de su relación con Estados Unidos.

    Esta entrevista se realizó en un contexto de recrudecimiento del conflicto geopolítico en América Latina, en el que las tensiones entre la soberanía nacional y la injerencia externa volvieron a ocupar un lugar central en la política interna e internacional—esta vez, con elementos inéditos. Lo ocurrido en Venezuela revela no solo la persistencia de una lógica histórica de dominación hemisférica, sino su renovación: fue la primera acción militar directa de Estados Unidos al sur de Panamá. El episodio fue el punto culminante de la dominación militar del Gran Caribe, que se inició con un intenso proceso de militarización, marcado por bombardeos contra un centenar de embarcaciones a lo largo del Caribe y del Pacífico colombiano. El resultado fue la ruptura de la frágil, pero relevante, esfera de influencia bolivariana en la región. En Venezuela, el hecho de que el chavismo siga en el poder puede verse tanto como una demostración de la solidez del aparato estatal construido desde la Revolución Bolivariana o de la eficacia del pragmatismo promovido por el emergente «rodriguismo» en el país, como del elemento «Donroe» de la fase actual de la doctrina estadounidense en relación con el continente. El «cambio de régimen» dejó de ser el objetivo central de Estados Unidos en la búsqueda del control geopolítico de la región.

    Las dinámicas internas de Venezuela no pueden analizarse al margen de las presiones económicas, financieras y militares procedentes del Norte. Las sanciones, el bloqueo y las operaciones de desestabilización allanaron el camino para el desarrollo de la política interna del país. Hoy en día, el caso venezolano es un laboratorio de nuevas formas de intervención imperial. En este sentido, la voz de los actores políticos vinculados al proceso bolivariano tiene una relevancia particular.

    Más allá de la adhesión o la crítica que puedan suscitar sus posiciones, sus testimonios permiten acceder a una interpretación del conflicto que suele quedar marginada en los grandes circuitos mediáticos internacionales. Para aportar un contrapunto, Maria Fernanda Sikorski, editora de Phenomenal World, conversó con Roy Daza, diputado de la Asamblea Nacional de la República Bolivariana de Venezuela, sobre la coyuntura actual y las transformaciones estructurales que atraviesa el país. Roy Daza es vicepresidente de la Comisión de Política Exterior de la Asamblea Nacional, presidente del Grupo de Amistad Parlamentaria con Brasil y miembro de la Comisión Especial de Seguimiento de la Ley de Amnistía.

    Entrevista con Roy Daza

    Maria sikorski: ¿Podemos comenzar abordando la estrategia diplomática adoptada tras la captura del presidente Nicolás Maduro y de Cilia Flores, así como la asunción de Delcy Rodríguez como presidenta encargada? ¿Cuáles han sido los principales ejes de la política internacional desde ese momento? ¿Qué objetivos persigue la diplomacia venezolana en coordinación con países aliados y organismos multilaterales?

    roy daza: En doscientos años de vida republicana, Venezuela no había sido bombardeada. Nunca sostuvo guerra alguna con otro país del mundo, y hasta los más graves conflictos internos se resolvieron por la vía política. En este contexto, la aplicación de lo que la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, denomina Diplomacia Bolivariana de Paz, no es una casualidad, sino la expresión de una constante histórica y una pieza fundamental del pensamiento humanista del comandante Hugo Chávez y del presidente Nicolás Maduro.

    Esta política, tal y como lo expuso la presidenta en su alocución ante la Asamblea Nacional el 15 de enero, parte del reconocimiento de la confrontación histórica entre la Doctrina Monroe y la doctrina de Simón Bolívar. Sobre esa base, se definen tres grandes objetivos para la República en esta etapa: exigir la liberación inmediata del presidente Nicolás Maduro y de la primera dama y diputada, Cilia Flores; mantener la paz y la estabilidad de la nación; y continuar el desarrollo del programa de gobierno conocido como el Plan de las Siete Transformaciones.

    El Gobierno Bolivariano emplea toda su capacidad diplomática para exponer su verdad, consciente de la intensidad y persistencia de la campaña mediática dirigida contra Venezuela desde hace años. Asimismo, plantea la necesidad de una acción coordinada de las instituciones internacionales para poner fin al bloqueo. En línea con la orientación política del presidente Nicolás Maduro, los bolivarianos aspiramos a que dichas instituciones cumplan con los principios de la Carta de las Naciones Unidas y las convenciones de Viena. En este sentido, se sostiene que la mayoría de las naciones del mundo condenan el ataque armado y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y exigen su liberación inmediata. Ahora bien, también se reconoce que el pueblo venezolano debe apoyarse, en última instancia, en sus propias fuerzas. De allí la vigencia de la enseñanza del presidente Maduro: “Ante las adversidades, calma y cordura, nervios de acero, e intensa movilización popular”.

    Ahora, esta interrogante no puede abordarse sin mencionar los antecedentes de los abominables sucesos del 3 de enero de 2026, que dejaron como saldo trágico el secuestro del presidente y de la primera dama Cilia Flores, la muerte de ciento seis héroes y más de doscientos heridos, en el marco del bombardeo a la ciudad de Caracas y los estados Miranda y La Guaira.

    Hay que subrayar que la decisión del presidente Barack Obama en 2015 de declarar a Venezuela como “una amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad de los Estados Unidos fue un exabrupto. Dicha declaración sirvió de base para la adopción de medidas coercitivas unilaterales—las sanciones económicas—que tienen el expreso propósito de asfixiar a la economía venezolana, como lo han declarado los voceros del gobierno estadounidense. Ello se tradujo en el bloqueo de las transacciones financieras internacionales, provocando una caída abismal de las importaciones y afectando al mercado interno, a las inversiones y a la reposición de capital de las empresas privadas y estatales. En síntesis, derivó en una profunda paralización de la economía. Este ataque directo y sostenido contra nuestra economía coincidió, además, con una caída abrupta de los precios del petróleo, agravando sus efectos. 

    Además del bloqueo económico, en el plano político, en 2017, las fuerzas de la derecha continental impulsaron un cerco diplomático contra el país. Paralelamente, grupos fascistas emprendieron una campaña de violencia en las calles, con un saldo de más de cien muertos, decenas de heridos y daños a la infraestructura. Todo eso estuvo acompañado por una intensa campaña mediática. La migración masiva, un fenómeno inédito en la historia nacional, fue impulsada tanto por la crisis económica derivada de las sanciones como por una campaña engañosa promovida por sectores de la ultraderecha interna. Finalmente, en 2019, durante el primer gobierno de Donald Trump, se impusieron sanciones directas contra la empresa estatal Petróleos de Venezuela, profundizando aún más el cerco económico.

    La ultraderecha se concentró en solicitar la intervención militar de potencias extranjeras en Venezuela, promover operaciones de mercenarios y respaldar intentos de invasión. Asimismo, impulsó la instauración de un espurio “gobierno interino” en 2019. Este proceso provocó una ruptura en la oposición: un sector se distanció del ala fascista y optó por establecer acuerdos con el Gobierno Bolivariano. Ello hizo posible que se convocara a las elecciones legislativas de 2020 y se recuperara la Asamblea Nacional, institución que estaba en manos del extremismo. En medio de la pandemia, las fuerzas patrióticas y la oposición democrática avanzaron por la vía del diálogo, lo que contribuyó, a la postre, a cierta estabilización del escenario institucional y a una recuperación progresiva de la economía.

    Ms: El Plan de las Siete Transformaciones fue presentado como programa de gobierno para el período presidencial 2025–2031. ¿Podría desarrollar sus principales directrices—modernización económica, independencia plena, paz, seguridad e integridad territorial, dimensión social, transformación política, ecología y geopolítica—y explicar qué factores llevaron al presidente Maduro a definir estas prioridades?

    RD: El Plan de las Siete Transformaciones es producto de una discusión larga, en las estructuras del partido y del gobierno, así como de una amplia consulta popular realizada en comunidades y con movimientos sociales. Este no es un detalle, es una fórmula política sin la cual no se comprende lo que denomino la cohesión social, un fenómeno que trasciende el mero acuerdo político. Cabe una interrogante: ¿cómo es posible que el gobierno lograra resistir diez años de bloqueo económico, comercial y financiero? La respuesta remite a un hecho central: la Revolución Bolivariana cuenta con un consenso social y cultural, porque es un proceso histórico. No se trata únicamente de una coyuntura política, sino de la continuidad de un proyecto de largo aliento. Es, en última instancia, la ruta trazada por Simón Bolívar.

    Las 7-T tienen como base un hecho que conviene abordar de manera sucinta: el agotamiento histórico del capitalismo rentístico. Es decir, el momento en que la renta dejó de ser la locomotora de la economía y se convirtió en una rémora, en un obstáculo para el desarrollo del conjunto de la economía. Conviene, no obstante, explicar qué se entiende por capitalismo rentístico: es una forma de desarrollo capitalista que se apoya de manera sostenida en la renta internacional de la tierra; es un capitalismo de carácter nacional; y un modelo en el que la gestión de la renta petrolera corresponde al Estado. Por ello, los factores imperialistas no solo buscan el control de los yacimientos de hidrocarburos, sino también el dominio de la “renta petrolera”.
    La caída de los precios del petróleo, el bloqueo a las transacciones financieras internacionales—que nos obligó a default, es decir, a suspender el pago de la deuda externa—la drástica reducción del ingreso de divisas que generó escasez, la campaña para provocar la migración, y, en 2019, las sanciones directas a PDVSA para torpedear la producción petrolera indican la magnitud de los problemas que confrontamos cuando llega a nuestra tierra la pandemia. La recuperación económica, que cerró 2025 con un crecimiento cercano al 9 por ciento, se debe a una política económica correcta, al esfuerzo de nuestros trabajadores del campo y la industria, y a la participación activa del empresariado nacional, que apostó por Venezuela.

    La Primera Transformación (1/T) se orienta a profundizar un nuevo modelo económico productivo de la pequeña, mediana y gran industria, además de consolidar la soberanía agrícola. La 2/T se centra en los servicios públicos, la infraestructura y la construcción de ciudades humanas. La 3/T tiene como eje la seguridad ciudadana—con los cuadrantes de paz—y la defensa de la nación.

    La 4/T plantea un programa integral de protección social, vinculado al sistema de misiones sociales y a la garantía de la gratuidad en educación y salud. La 5/T busca la transformación política, especialmente a la participación protagónica de los ciudadanos y las ciudadanas en los planes de gobierno nacionales, estatales y municipales mediante nuevos métodos de gestión. La 6/T incorpora un debate impulsado por el presidente Maduro en torno al desarrollo de la ciencia y la tecnología, articulado con el pensamiento humanista bolivariano. Este constituye uno de los grandes retos del pueblo, sobre el cual se avanza con energía, con atención al asunto de la crisis climática, el uso de la inteligencia artificial y la aplicación del conocimiento científico en la producción, la educación y la salud. Finalmente, la 7/T tiene que ver con nuestra política de paz, la integración latinoamericana y caribeña y la marcha de la humanidad hacia un mundo pluripolar y multicéntrico.

    Ms: La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela presenta características sin precedentes en la historia reciente. Frente a este escenario, ¿qué tipo de alianzas—tanto nuevas como ya existentes, como la CELAC y el ALBA—resultan necesarias para defender la soberanía de Venezuela y, en general, de los países latinoamericanos? Asimismo, considerando las limitaciones del sistema de las Naciones Unidas, ¿cuál es el papel que deben desempeñar la cooperación regional y las alianzas con otros países del mundo?

    RD: El panorama político latinoamericano y caribeño cambió y en la actualidad la correlación de fuerzas resulta desfavorable para el proceso de integración. No obstante, nosotros, los bolivarianos, entendemos esa realidad como un fenómeno temporal. La unidad latinoamericana y caribeña tiene bases económicas y políticas sólidas, y es una alternativa válida para nuestros pueblos. En este sentido, aspiramos a que la CELAC juegue un papel relevante, así como el ALBA, y estamos convencidos de que la bandera de Unasur volverá a ondear libremente.

    La integración no es una quimera, sino que se sustenta en diversos factores. En primer lugar, la economía mundial continúa siendo interdependiente y globalizada. Los grandes problemas de la humanidad—como el cambio climático, las crisis económicas, las migraciones y la ampliación de las desigualdades sociales a escala universal—no fueron resueltos durante la era unipolar, por el contrario, se agravaron. Las cuestiones relativas a la seguridad internacional solo pueden abordarse eficazmente si todos los actores asumen compromisos. Por estas razones, la construcción de un nuevo consenso mundial es una tarea de todas las fuerzas democráticas. El dilema actual no es entre un nuevo orden y un viejo orden, sino entre el orden y la barbarie.

    El mundo contemporáneo cambia a una velocidad sin precedentes. La multipolaridad es un proceso complejo y multifacético, y comprender las tendencias generales de la situación mundial exige un esfuerzo sistemático, continuo y colectivo. El análisis de los fenómenos sociales, económicos, culturales y políticos debe basarse en los principios filosóficos de la dialéctica y del materialismo histórico, sin dejar de lado el noble oficio de la diplomacia, que implica dialogar y alcanzar acuerdos firmes y duraderos. Resulta contrario al interés de la humanidad que las guerras determinen las relaciones entre los Estados. En el contexto actual, se plantea la necesidad de renovar la Carta de las Naciones Unidas, compromiso surgido tras las dos guerras mundiales del siglo XX con el propósito de erradicar los conflictos bélicos y las causas que condujeron a tales catástrofes.

    Ms: ¿Cómo está hoy la situación interna en Venezuela? ¿Se puede hablar de una coalición anti-intervencionista, con algún nivel de cooperación entre el PSUV y sectores de la oposición democrática? La aprobación de la Ley de Amnistía parece haber sido un paso importante hacia la estabilización, pero ¿qué viene ahora? ¿Cuáles son los próximos pasos concretos para recuperar la estabilidad política y social en el país?

    RD:  En Venezuela existe un consenso en torno a un asunto clave: vivimos un nuevo momento político; es tiempo de superar la polarización. Los factores fascistas de la oposición están disminuidos y desacreditados; estos sectores solo promueven la violencia, mientras que esta República es democrática. Ahora se registra un acuerdo de largo alcance entre el chavismo y la oposición democrática. La puesta en marcha de la Ley de Amnistía ha sido un paso decisivo para alcanzar la convivencia democrática a la que todos aspiramos. Además, la Comisión Presidencial para la Paz y la Convivencia está en pleno desarrollo en todo el territorio nacional. A ello se suma la exitosa Consulta Popular Nacional del 8 de marzo, que expresa la profundización de nuestra democracia participativa y protagónica y la generación de un clima político favorable a los consensos.

    Todo aquel que quiera comprender el proceso político venezolano tiene que estudiar su democracia radical, comunera y captar que las multitudinarias manifestaciones populares—desde el 4 de enero hasta este momento—son el cimiento de la estabilidad política y social actual. El pueblo movilizado en las calles es la fuerza social que impulsa la convivencia democrática.

    Ms: ¿Podría hablar más sobre el modelo de democracia comunera del país? ¿En qué se diferencia el modelo de democracia de Venezuela de otros modelos de representación indirecta y cómo se relaciona con los poderes del Estado? ¿Qué papel desempeñan las consultas populares en este esquema, especialmente en relación con la toma de decisiones a nivel comunitario y la gestión de políticas públicas?

    RD: El colapso del sistema político que durante cuarenta años gobernó a Venezuela, conocido como el Pacto de Punto Fijo, tuvo muchas razones. Sin embargo, la más importante, a mi juicio, fue el marginamiento de las grandes mayorías populares. Los dos partidos hegemónicos, Acción Democrática y el socialcristiano Copei, terminaron funcionando como uno solo: la élite política se unió a la élite económica, un poder real, vinculado a los grandes medios de comunicación, mientras que el pueblo llano quedó excluido.

    Cuando las grandes mayorías emergieron en la rebelión popular de febrero de 1989 y en los años siguientes, el Pacto de Punto Fijo quedó desenmascarado: ese modelo político nunca fue plenamente democrático. Había elecciones y ciertas libertades políticas, pero el pueblo trabajador fue marginado. Cuando apareció la crisis económica, toda la estructura política del Estado se fractura. Además, se produjo un hecho que no es ajeno a nuestra historia: el “núcleo duro” del sistema, en términos de Nicos Poulantzas, se rompió. ¿Cuál es ese núcleo duro? La Fuerza Armada. La rebelión de los jóvenes militares el 4 de febrero de 1992 fue una consecuencia directa del estallido popular de 1989. La masacre de más de tres mil ciudadanos de los barrios populares conmocionó a toda la sociedad, y por supuesto, también, a los militares patriotas, movimiento del cual emergió un líder histórico: el comandante Hugo Chávez.

    Vale decir, la Revolución Bolivariana es un fenómeno profundamente democrático: irrumpe contra las élites y la Constitución de 1999 define el nuevo sistema político. Lo de las comunas y las consultas es una peculiaridad del proceso venezolano.  El comandante Chávez retomó las ideas fundacionales de Simón Rodríguez, filósofo socialista y maestro del libertador Simón Bolívar. 

    Las tesis de Simón Rodríguez—a las que denomina topoarquía—incluyen la educación teórica y práctica, en la que, además del castellano, se enseñen las lenguas originarias; la igualdad de derechos entre las mujeres y los hombres; y todo ello en el marco de una comunidad que trabaja y se educa unida. Asimismo, propone que no debemos buscar en otras latitudes el modelo de las nuevas repúblicas que surgieron con la independencia, sino que debíamos ser originales. Insistió una y mil veces en que para construir repúblicas había que formar ciudadanos. Su frase más conocida es: “o inventamos o erramos”.

    Los consejos comunales y las comunas son un proceso complejo y cambiante, con avances y retrocesos, como todo fenómeno social. La idea se fue consolidando poco a poco, con la fuerte oposición de la derecha, que no admite la idea del gran poeta nacional, Aquiles Nazoa: “creo en los poderes creadores del pueblo”. La derecha tiene una concepción elitista de la política y no puede aceptar que las fuerzas populares detenten el poder.

    Más adelante, y en medio de agudas dificultades, el presidente Nicolás Maduro aporta al proceso de construcción de una nueva relación entre el Estado y la sociedad la proposición y ejecución de las consultas a escala nacional, de manera simultánea, con la participación de todos los ciudadanos y ciudadanas desde los quince años. De este modo, se incorpora el sufragio universal al proceso comunitario, y la consulta que se circunscribía a lo local, pasa a ser una realidad nacional. Es un salto cualitativo en pleno desarrollo. Desde abril de 2024 se han realizado siete Consultas Populares Nacionales; la última fue el 8 de marzo de este año y fue la de mayor participación, lo cual no es casual.

    En este proceso, las comunidades, organizadas en circuitos comunales, proponen proyectos, los priorizan, los deciden mediante elección, los controlan y los ejecutan. No cabe duda de que se trata de la sociedad retomando funciones que había delegado al Estado. Los recursos para estos proyectos son aportados por un ente constitucional, el Consejo Federal de Gobierno, con el apoyo de gobernaciones y alcaldías.

    La democracia venezolana parte de un principio fundamental: la soberanía reside en el pueblo, que la ejerce de manera directa o indirecta mediante el sufragio universal. A la existencia de los consejos comunales y las consultas se suma que, en cada circuito comunal, existen una sala de autogobierno, un mapa de necesidades y un plan de acción para cada comuna. Se trata de una concepción integral que ahora incorpora también la elección de los jueces de paz en todo el territorio nacional y la reestructuración de los parlamentos comunales.

    Esa es una realidad, pero el poder popular también se expresa de manera determinante en las elecciones. En 26 años se han realizado 32 procesos electorales—regionales, municipales y nacionales—y existe una institucionalidad democrática, tanto en los cinco poderes públicos (ejecutivo, legislativo, judicial, electoral y ciudadano), como en las 335 alcaldías y concejos municipales y en las 24 gobernaciones y consejos legislativos.

    La facción fascista de la oposición, que tiene el apoyo de la canalla mediática internacional, nunca reconoce las elecciones—excepto cuando obtuvo la mayoría en la Asamblea Nacional en 2015, o cuando triunfa en alcaldías o en gobernaciones—. Su posición es la de no reconocer la Constitución de 1999 ni las instituciones del Estado, porque su propuesta central es la instauración de una dictadura mediante el uso de la fuerza para derrocar al Gobierno Bolivariano y destruir la democracia. Muy por el contrario, la oposición democrática participa en las elecciones, promueve acuerdos y se deslinda de los fascistas. Los chavistas afirmamos: “dentro de la Constitución todo, fuera de la Constitución nada”.

    Ms: Me gustaría abordar la reforma de la Ley de Hidrocarburos aprobada poco después de la asunción de Delcy Rodríguez como presidenta encargada. Esta reforma flexibiliza la participación del sector privado—incluido capital extranjero—en la explotación petrolera en Venezuela, abriendo el sector a nuevas inversiones y modificando el rol tradicional de PDVSA. Paralelamente a su aprobación, Estados Unidos suspendió algunos aspectos de las sanciones económicas, permitiendo ciertas transacciones en el sector energético. Sin embargo, se mantienen restricciones clave sobre PDVSA y el sistema financiero venezolano, así como mecanismos de control sobre los pagos internacionales.

    En este contexto, ¿qué cambios se esperan en la economía venezolana? ¿Qué margen de maniobra tiene el país para reactivar la producción petrolera y avanzar en la recuperación económica? Y, en una perspectiva más amplia, ¿cómo se plantea Venezuela transitar desde el modelo rentista basado en el petróleo hacia una economía más diversificada?

    RD: La producción petrolera supera en este momento el millón de barriles diarios; la caída de los primeros días de enero ha sido superada. El levantamiento parcial de algunas medidas coercitivas contra la industria petrolera confirma la denuncia que hemos sostenido: las sanciones constituyen la principal causa de los problemas económicos de Venezuela. 

    Los recientes acuerdos con Shell, Chevron, ENI y Repsol, así como los entendimientos con Colombia en materia de gas, demuestran que Venezuela es—y seguirá siendo—un factor importante en el mercado energético internacional.

    La reforma a la Ley de Hidrocarburos ratifica elementos clave de la Ley Orgánica de 2002 y adecúa la legislación a la nueva realidad del mercado y a la correlación de fuerzas a escala global. Es conocido que la política petrolera de la Revolución Bolivariana ha sido la búsqueda de la estabilidad del mercado. También es sabido que los precios del petróleo son un asunto esencialmente político, y como tal hay que tratarlo.

    Un análisis fundamentado en la economía política es un requisito indispensable para abordar el tema del “capitalismo rentístico” en Venezuela, particularmente a partir de los aportes teóricos de Carlos Marx. Empero, es posible afirmar que la conjunción de diversos factores internos y externos abrió una nueva etapa de la economía venezolana. Tal fenómeno fue captado por el presidente Nicolás Maduro, quien avanzó en la formulación de una nueva política económica el 16 de agosto de 2018—doce días después del atentado contra su vida y la de todo el alto mando político y militar—. 

    El viraje estratégico explica por qué fue posible retomar el camino del crecimiento económico en medio del bloqueo. Resulta evidente que se generaron las bases para la recuperación del aparato productivo, esta vez contando con la conciencia de la clase trabajadora y la participación del empresariado nacional, sobre todo en el área de la producción de alimentos. A título de ejemplo: ya producimos 29 de los 37 productos de nuestra canasta esencial de alimentos, bajamos la vulnerabilidad nutricional de 37.5 por ciento a solo un 3 por ciento a finales de 2023 y este año llegaremos a 2 por ciento.

    Actualmente, Venezuela produce más del noventa por ciento de los alimentos que consume, una relación inversamente proporcional a la que existía antes del viraje de la política económica iniciado en 2018. La participación del capital privado interno es fundamental, así como también un hecho de la vida real: nuestra clase trabajadora, con su alta preparación y conciencia política, ha sido capaz de avanzar en los llamados “motores productivos” en medio del bloqueo económico. Lamentablemente, algunos analistas no acuden a la ciencia, sino a la especulación, y no alcanzan a captar cómo se dirige una economía en condiciones adversas ni cómo se aplica una política progresiva de distribución del ingreso. El problema de la economía venezolana en este tiempo no es si está diversificada o no, sino la aplicación de medidas coercitivas que asfixian su funcionamiento.

    Ms: ¿Qué papel desempeñó la nueva política económica implementada en 2018 en la estabilización del país durante la pandemia? A pesar del choque económico global y del endurecimiento del bloqueo económico por parte de Estados Unidos en 2019, Venezuela logró revertir una prolongada caída del PIB—que alcanzó un 30 por ciento en 2020—para volver a terreno positivo en 2021, con un crecimiento cercano al 1 por ciento. En este contexto, ¿en qué medida estas políticas contribuyeron a ese punto de inflexión y al inicio del proceso de recuperación económica?

    RD: El crecimiento económico está estrechamente vinculado al fracaso del plan del ala fascista de la derecha, que instaló un “gobierno interino” en 2019 y promovió intentos de invasión y golpe de Estado. La ultraderecha quedó desenmascarada como antinacional y corrupta; no obstante, el daño económico ocasionado es incuantificable, ya que fue promotora de las sanciones económicas y se apropió de recursos que Venezuela tiene en el exterior. Hay que subrayar un hecho: en septiembre de 2019 se alcanzó un acuerdo entre el chavismo y la oposición democrática. Se convocaron elecciones de la Asamblea Nacional en 2020; las fuerzas democráticas recuperaron el parlamento y la derecha fascista perdió su posición institucional.

    Además, la producción de petróleo se recuperó parcialmente con la participación de una empresa estadounidense durante el gobierno de Joe Biden, lo que aportó recursos para recuperar las misiones sociales. Sin embargo, el factor más importante tiene dos vertientes: por un lado, la clase obrera de las industrias básicas se unifica y recompone la producción de servicios y de extracción de gas y petróleo; por otro, entra en juego el empresariado nacional, junto con la acción del capital nacional y de algunas empresas extranjeras que operan en el país en diversas áreas. La cooperación con países aliados también adquiere gran relevancia. Está claro, y así lo hemos dicho muchas veces: “levanten las sanciones económicas y nosotros recuperamos la economía en breve plazo”. En 2025, Venezuela cerró con un crecimiento de casi el 9 por ciento, y las predicciones de la CEPAL para 2026 son que vamos a seguir liderando el crecimiento económico de América Latina.

    Ms: A pesar de la suspensión parcial de algunas sanciones, Estados Unidos ha mantenido restricciones explícitas que limitan las transacciones de Venezuela con países como Rusia y China. En este contexto, ¿cómo quedan los acuerdos bilaterales con estas dos potencias? ¿En qué medida pueden sostenerse o adaptarse bajo estas condiciones?

    RD: Venezuela tiene una definición muy clara con respecto a las relaciones con todos los países. Los cambios bruscos de la situación internacional están en el centro de nuestros análisis. Es un tiempo de incertidumbres. Los acuerdos que están en desarrollo tienen diversas características; sin embargo, el país avanza en sus vínculos con todos los gobiernos con los que mantiene relaciones diplomáticas, comerciales y políticas sin entrar en juegos de suma cero. El Gobierno Bolivariano ratificó su alianza estratégica con la Federación Rusa y su relación “a todo tiempo y a toda prueba” con la República Popular China.

    Ms: El hecho de que Donald Trump y el Gobierno de Estados Unidos hayan negociado directamente con la presidenta encargada Delcy Rodríguez—y posteriormente hayan reconocido oficialmente su autoridad como jefa de Estado—refleja un reconocimiento de su papel en la conducción del país en ausencia del presidente Nicolás Maduro. Sin embargo, este reconocimiento se ha producido en un contexto complejo y, en un primer momento, al margen de los canales diplomáticos tradicionales.

    Por un lado, esta situación dificultó, por ejemplo, que Venezuela iniciara un proceso de renegociación de su deuda externa. Por otro, el reconocimiento formal de Delcy Rodríguez como presidenta encargada implicaría, necesariamente, el reconocimiento de que Nicolás Maduro es el presidente de facto del país y, por lo tanto, que goza de inmunidad como jefe de Estado, aun encontrándose en Estados Unidos en condición de prisionero de guerra. ¿Cuál es su interpretación política de esta situación?

    RD: En primer lugar, hay que decir que el presidente Nicolás Maduro es el jefe de Estado de la República Bolivariana de Venezuela, y como tal tiene la inmunidad que le corresponde a todos los jefes de Estado. El Tribunal que lo juzga no tiene competencia para hacerlo y debe ponerlo en libertad de manera inmediata. El Presidente Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron sacados por la fuerza de su casa, mediante una operación militar del Ejército de los Estados Unidos en un país con el cual no está en guerra. El Presidente Maduro es un prisionero de guerra y es un hombre decente, defensor de su pueblo y del legado del comandante Hugo Chávez. 

    En segundo término, el seis de marzo de 2026, el gobierno de Estados Unidos informó de manera oficial el reconocimiento al Gobierno de la República Bolivariana de Venezuela y las relaciones diplomáticas están en proceso de restablecimiento pleno.  Hay que recordar que la ruptura de las relaciones en 2019 fue una decisión unilateral del gobierno estadounidense. En este momento están abiertas tanto la embajada de Estados Unidos en Caracas como la de Venezuela en Washington.

    Ms: Tras el reconocimiento de la presidenta encargada Delcy Rodríguez y el restablecimiento de las relaciones diplomáticas, ¿Cuáles son los próximos pasos para el país? ¿Está en condiciones Venezuela de recuperar el acceso a sus activos depositados en Estados Unidos, considerando las disputas legales y los mecanismos de control aún vigentes? Asimismo, en un contexto de flexibilización parcial de sanciones—que ha permitido ciertas operaciones con PDVSA pero mantiene restricciones clave sobre el sistema financiero—, ¿cómo avanzan las negociaciones para una eventual suspensión más amplia de las sanciones que afectan a PDVSA y al Banco Central de Venezuela? ¿Qué obstáculos persisten en este proceso y qué escenarios se contemplan a corto plazo?

    RD: Es imprescindible señalar que las conversaciones con el gobierno del presidente Trump se mantienen. La demanda inmediata de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, es el levantamiento total y definitivo de las sanciones económicas. Mientras éstas se mantengan, la inversión privada extranjera se ralentiza y la fluidez de las transacciones se convierte en un problema serio. Los activos de Venezuela—entre otros, la empresa Citgo—deben retornar a nuestro país: son propiedad de la República.

    Ms: ¿Por qué la Revolución Bolivariana es percibida por Estados Unidos como una amenaza de tal magnitud? ¿Qué revela esto sobre el peso político de Venezuela y qué mensaje proyecta hacia otros países de la región?

    RD: En ningún momento de la historia—ni ahora ni, con toda seguridad, en el futuro—Venezuela constituye una amenaza para la seguridad de Estados Unidos ni para ningún otro país. Sobre nuestra nación se construyó un relato falso, absurdo y grotesco, con el objetivo de torpedear los alcances políticos de la Revolución Bolivariana, especialmente porque el proceso democrático venezolano representa un desafío para otros sistemas políticos desgastados y plutocráticos. Además, la iniciativa de impulsar la integración y la unidad de América Latina y el Caribe es, en nuestro caso, una realidad tangible y comprobable. No solo hablamos de integración, la hemos puesto en práctica.

    Resulta obvio que los 303 mil millones de barriles de petróleo que se encuentran en nuestro subsuelo constituyen la verdadera razón de los ataques. Todo el mundo sabe que nuestros inmensos recursos naturales son un potencial económico envidiable. Nuestro mensaje a otras naciones es unir esfuerzos para restablecer el Derecho Internacional y la Carta de las Naciones Unidas. La ruta adoptada para superar hechos tan graves como el del 3 de enero exige una gran fortaleza moral. El chavismo es la principal fuerza política de Venezuela y el soporte de su democracia; empero, el desafío actual requiere del concurso de todas las fuerzas democráticas del continente.

    Ms: ¿En qué medida se ha contrapuesto históricamente la doctrina de Bolívar a la Doctrina Monroe? Y, en ese marco, ¿qué representa la denominada doctrina “Donroe” en términos de actualización o reformulación de la estrategia bolivariana?

    RD: La estrategia de la Revolución Bolivariana es la de la unidad de América Latina y el Caribe. Se trata de un mandato constitucional y de la expresión más genuina del pensamiento del libertador Simón Bolívar. Nuestra región dispone de recursos naturales estratégicos para el mundo y cuenta, además, con una amplia experiencia política en espacios de integración como Caricom, Mercosur, el SICA, Unasur, la Comunidad Andina, el ALBA y la CELAC. Y, por encima de todo, posee un bien fundamental: la paz, sin la cual ningún proyecto beneficioso para la humanidad es posible.

    En contraste, la estrategia de la Doctrina Monroe es la dominación hegemónica, que es expuesta de manera nítida por sus voceros principales. Resulta evidente que la Doctrina Bolivariana y la Doctrina Monroe se contraponen; mientras la doctrina bolivariana promueve la soberanía y la integración regional, la doctrina Monroe tiene como objetivo afirmar la influencia y el control de Estados Unidos en el hemisferio. En este nuevo momento, el desafío consiste en contar con la capacidad y la eficacia política necesaria para gestionar esta contradicción. El pueblo de Venezuela tiene un proyecto histórico y un mandato legado por el comandante Hugo Chávez: ¡Unidad, Lucha, Batalla y Victoria!



  2. Mundo en carne viva

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    Las primeras semanas de 2026 ya han registrado acontecimientos sin precedentes en la historia reciente de la política internacional. La mayor potencia militar del planeta comenzó enero con el secuestro del presidente Nicolás Maduro, en Venezuela, y terminó febrero con el asesinato del jefe de Estado de Irán, el ayatolá Ali Jamenei. Entre un evento y otro, en la reunión anual del Foro Económico Mundial, la amenaza más inminente recaía sobre Groenlandia, territorio que pertenece a Dinamarca, miembro de la OTAN, integrada en la alianza militar liderada por los propios Estados Unidos y formada por sus principales aliados. En esa ocasión, el presidente Donald Trump volvió a defender una reorganización de la gobernanza global bajo su liderazgo y orientada por el principio de la fuerza. Estos episodios se suman a otras violaciones de la soberanía nacional y territorial, como el bloqueo a Cuba y la continuidad del genocidio en Palestina.

    El contexto de intensificación bélica y profunda incertidumbre es el tema de esta entrevista con Celso Amorim, asesor jefe de la Asesoría Especial del Presidente de la República. A lo largo de su carrera diplomática, Amorim ha sido ministro de Relaciones Exteriores, ministro de Defensa y representante de Brasil en la ONU. En la conversación, que tuvo lugar el 10 de febrero en Brasilia, los editores de Phenomenal World, Maria Sikorski y Hugo Fanton, hablaron con el asesor internacional de Lula sobre el futuro de los organismos multilaterales creados en la posguerra, la inserción internacional de Brasil y América Latina y los cambios en la postura internacional de Estados Unidos. Durante el proceso de edición de la entrevista, se añadieron dos preguntas sobre el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán y la escalada del conflicto en Oriente Medio. Amorim envió las respuestas por correo electrónico el 4 de marzo, y con ellas comenzamos la exposición.

    Entrevista con Celso Amorim

    Maria sikorski: ¿Cómo analiza los recientes acontecimientos en Oriente Medio? ¿Cuál es su interpretación de la estrategia de Estados Unidos e Israel al intensificar la presión sobre Irán en este momento? ¿Cuáles son los impactos globales de esta escalada? ¿Qué resultados estratégicos buscarían alcanzar Washington y Tel Aviv y quiénes se benefician?

    Celso Amorim: Los ataques a Irán, así como la respuesta iraní a la ofensiva de Estados Unidos e Israel, representan un agravamiento significativo de las tensiones regionales en un contexto internacional ya marcado por graves inestabilidades. Es lamentable la reducción del espacio para el diálogo y la creciente centralidad de la fuerza como instrumento político. En un breve intervalo, se pasó de señales de progreso en conversaciones indirectas a una operación militar a gran escala. Las consecuencias de esta dinámica aún son difíciles de medir, pero es poco plausible suponer resultados rápidos o de bajo costo, considerando las dimensiones demográficas, históricas y políticas de Irán. Es probable que los daños no se limiten a un país o a una región, y no sería descabellado imaginar un escenario en el que varios conflictos pudieran interconectarse.

    hugo fanton: ¿Cuál es el significado geopolítico y diplomático de asesinar a un jefe de Estado?

    CA: El asesinato de un jefe de Estado o de Gobierno constituye una grave violación del derecho internacional. Geopolíticamente, el desplazamiento del conflicto hacia la eliminación de líderes tiende a aumentar la inestabilidad. En el plano diplomático, compromete las posibilidades de diálogo al socavar la confianza entre las partes.

    MS: Usted describió la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela como un acontecimiento «trágicamente surrealista» y alertó sobre el riesgo de un mundo cada vez menos regido por normas y previsibilidad. Más de un mes después de la captura del presidente Nicolás Maduro, las instituciones internacionales creadas después de la guerra no han presentado una respuesta concreta o coordinada.

    El caso pone de manifiesto una tensión fundamental entre los intereses estratégicos de cada país y los principios del multilateralismo. El secuestro de un jefe de Estado de un país soberano representa un estado de excepción global en el que la fuerza ha sustituido definitivamente a la diplomacia, ¿o aún existe alguna posibilidad de que sobreviva el antiguo orden de la posguerra?

    CA: Este es el peor momento para el diálogo internacional desde que ocupo puestos de mayor responsabilidad en la vida pública; no me refiero al comienzo de mi carrera diplomática, cuando aún no seguía de cerca estos procesos, sino al período en el que participé directamente en la formulación de la política exterior. La situación que vivimos hoy ni siquiera preserva el rito de la hipocresía en los términos de La Rochefoucauld, quien decía que «la hipocresía es el tributo que el vicio paga a la virtud». Ni siquiera eso permanece: se actúa simplemente porque se tiene la fuerza para hacerlo. Considero que lo que ha ocurrido es injustificable. Es una violación del derecho internacional en su sentido más antiguo, el derecho de gentes.

    Los países siempre han estado en guerra, pero incluso en contextos de guerra no se actuaba de esta manera. Podía ocurrir, por ejemplo, la muerte de un monarca en combate, dentro de una lógica aún reconocible de confrontación entre Estados. Lo que se ha hecho ahora es verdaderamente surrealista. No estoy defendiendo a Nicolás Maduro, ni afirmando que tenga razón. La cuestión aquí es otra. Las imágenes y la forma en que todo ocurrió recuerdan mucho más lo que se vio en el caso de Saddam Hussein que cualquier episodio reciente de las relaciones internacionales.

    Pero también hay algo que se aprende de la experiencia política: es posible buscar brechas, promover cambios graduales, intentar influir en los acontecimientos, pero no se puede ignorar la realidad. Y la realidad, hoy, es esta. La cuestión, por lo tanto, es cómo lidiar con ella, y ese es un desafío para el que aún no tenemos una respuesta totalmente definida.

    Usted mencionó, con razón, la ausencia de una reacción más firme del sistema multilateral. Pero hay que recordar que el propio sistema multilateral se configuró al final de la Segunda Guerra Mundial en torno a las grandes potencias vencedoras. Sigue estando condicionado por esa estructura. Cada una de ellas actúa hasta el límite de sus propios intereses. Ninguna está dispuesta, al menos por ahora, a asumir el riesgo de un enfrentamiento directo con la que sigue siendo —y probablemente seguirá siendo durante mucho tiempo— la mayor potencia militar del mundo. Esto hace que el momento actual sea particularmente peligroso.

    Cuando hablábamos de multipolaridad, imaginábamos un orden internacional más flexible, tal vez incluso lo que podríamos llamar una multipolaridad abierta. Pero lo que vemos ahora es una transformación del concepto de multipolaridad, que se está confundiendo gradualmente con una lógica de áreas de influencia.

    Las grandes potencias, Rusia y China, condenaron verbalmente lo que sucedió en Venezuela, pero no se hizo nada concreto. Ni siquiera se presentó una resolución al Consejo de Seguridad que, aunque pudiera ser rechazada, al menos habría permitido explicitar posiciones políticas.

    Vivimos en un mundo muy difícil, no hay forma de ocultarlo. Hace dos décadas, yo decía que vivíamos en un mundo de oportunidades. Hoy, vivimos en un mundo de dificultades. Estas dificultades se han intensificado significativamente ante la crudeza que ha marcado la política exterior estadounidense reciente, orientada explícitamente por la lógica del interés y con una filosofía implícita. No necesito citar lo que todos ya han citado, Tucídides y demás.

    HF: ¿Y cómo puede o debe actuar Brasil en un contexto como este? Históricamente, el país ha defendido soluciones pacíficas para las controversias y ha apostado por el multilateralismo como instrumento central de su política exterior.

    CA: No hay una respuesta sencilla. Brasil tiene que seguir trabajando por la multipolaridad. Por eso, personalmente, siempre he reaccionado con cierta cautela ante el concepto de «hemisferio». No por razones geográficas, que evidentemente existen, sino porque es curioso hablar del «hemisferio occidental» como categoría política cuando no existe un equivalente real de «hemisferio oriental». No veo en ello ningún determinismo.

    Brasil debe mantener buenas relaciones con Estados Unidos, eso es evidente y no necesita más explicaciones. Pero no puede, al mismo tiempo, dejar de cultivar relaciones sólidas con China, con Rusia, con otros países. Incluso porque, para hacer ponderaciones, es necesario preservar los canales de diálogo con todas las partes.

    Si escuchamos ciertos discursos sobre Rusia, por ejemplo, nos damos cuenta de que muchas veces ni siquiera había una disposición inicial para el diálogo. No estoy diciendo que Brasil haya sido responsable de cambiar esta postura, pero es importante que haya voces capaces de insistir en la necesidad de dialogar. Me complace ver, por ejemplo, iniciativas recientes de diálogo europeo, como la visita de autoridades francesas a Rusia, que apuntan en esa dirección.

    Vivimos una realidad con aspectos profundamente negativos, pero también un momento en el que las tensiones aparecen sin mediaciones. Es un mundo, por así decirlo, en carne viva. Quizás nunca hayamos experimentado una situación internacional tan desnuda, y esto, al mismo tiempo que aumenta los riesgos, también elimina las ilusiones sobre el funcionamiento real de la política internacional. Es un mundo sin ilusiones.

    Esto tiene consecuencias directas para Brasil. Hoy en día, incluso sectores de la sociedad que tradicionalmente no se interesaban por temas estratégicos o de defensa han comenzado a reflexionar sobre estas cuestiones. El país necesita desarrollar una política de defensa seria, no para enfrentarse a las grandes potencias —nunca tendremos la capacidad de confrontar militarmente a países como Estados Unidos, Rusia o China—, sino para disponer de una capacidad real de disuasión. Es fundamental que cualquier actor externo sepa que una posible agresión implicaría costos y daños relevantes. No es una tarea sencilla, como demuestran los acontecimientos en Venezuela. Aun así, es un esfuerzo necesario.

    Al mismo tiempo, Brasil debe seguir contribuyendo a la construcción de un orden internacional multipolar más equilibrado, capaz de permitir relaciones exteriores basadas en la autonomía y no en alineamientos ideológicos automáticos. Quizás ese sea el camino: combinar la capacidad de disuasión con la acción diplomática en favor de un sistema internacional más abierto y cooperativo. Ahora bien, si me preguntan si hay garantías de éxito, la respuesta honesta es no. No hay certezas. Estamos ante un momento histórico profundamente incierto.

    MS: Usted siempre ha sido una de las principales voces en defensa de la cooperación regional en América Latina y, en particular, en América del Sur. Sin embargo, precisamente en el momento de mayor reconfiguración del orden internacional —en el que la región parece volver a ser objeto de presiones externas, con Brasil afectado por aranceles, Venezuela invadida y su presidente secuestrado, y Cuba nuevamente bajo ataque—, América Latina se presenta profundamente fragmentada: tensiones políticas internas, gobiernos con orientaciones muy distintas y presiones externas crecientes. Teniendo en cuenta que la estrategia internacional de defensa de Brasil se ha concebido durante mucho tiempo en articulación con la cooperación regional —incluidas iniciativas como el Consejo de Defensa Sudamericano—, ¿cómo afecta hoy esta fragmentación al pensamiento estratégico brasileño?

    CA: Hace mucho tiempo que no veo un momento tan poco favorable para América Latina en su conjunto, y especialmente para América del Sur. Aún así, hay que seguir trabajando. No existe una imposibilidad previa de dialogar o cooperar con gobiernos que piensan de manera diferente.

    Por ejemplo, tuvimos una relación de cooperación bastante sólida con el presidente colombiano Álvaro Uribe. Curiosamente, cuando se firmó el Tratado Constitutivo de la Unasur, el único jefe de Estado que no asistió fue el de Uruguay, Tabaré Vázquez, que era políticamente cercano a nosotros; aun así, envió a su vicepresidente. Uribe, por su parte, estuvo presente y no hubo mayores dificultades. Las divergencias surgieron más tarde, sobre todo en relación con la creación del Consejo de Defensa Suramericano, porque Colombia tendía a mezclar los conceptos de defensa externa y seguridad interna, mientras que nuestra visión era distinta. Aun así, se trataba de una divergencia solucionable, y se superó.

    El Consejo acabó creándose y contribuyó incluso a reducir las tensiones en momentos delicados, como en las crisis entre Colombia y Ecuador y entre Colombia y Venezuela. En el marco más amplio de la Unasur, también actuamos en situaciones de crisis interna, como en Bolivia, siempre a petición de las propias autoridades locales, ya que nunca intervendríamos sin una invitación. Por lo tanto, no es imposible dialogar con líderes que tienen visiones diferentes, siempre que haya disposición para conversar. Lo que resulta más difícil es sostener procesos de integración cuando las visiones del mundo divergen profundamente, no solo en términos de política interna, sino también en cuanto a alianzas internacionales y orientaciones estratégicas.

    Aun así, no debemos interrumpir el esfuerzo. Seguiremos haciendo todo lo posible. Como se suele decir, la política es el arte de lo posible, pero no solo de aceptar sus límites. Se trata también de ampliar el espacio de lo posible, acercándolo, en la medida de lo posible, al ideal, sabiendo que ese ideal nunca se alcanzará plenamente.

    HF: ¿Considera usted que el proyecto de integración latinoamericana o sudamericana sigue siendo decisivo para la inserción internacional de Brasil? ¿Cuál es el papel estratégico de la integración regional en un momento geopolítico en el que las áreas de influencia regional parecen recuperar su centralidad, con Estados Unidos, por ejemplo, retomando referencias a la Doctrina Monroe?

    CA: Eso es algo que Brasil no puede aceptar. Tengo la percepción, aunque puedo estar equivocado, de que Estados Unidos trata a Brasil con cierto grado de cautela, debido a su dimensión territorial, demográfica y su potencial económico y energético. Debemos ser plenamente conscientes de este lugar. Brasil no puede adoptar una política exterior marcada, como se ha dicho en el pasado, por el «vira-latismo». Ese no es, ni será, el papel del país.

    Creo que, en relación con los países vecinos, Brasil debe buscar siempre mantener buenas relaciones. El propio presidente lo demostró recientemente, por ejemplo, en su viaje a Panamá: la disposición al diálogo independientemente de las afinidades ideológicas. Evidentemente, hay diferentes niveles de relación. Una cosa es la proximidad personal y otra es la convivencia respetuosa entre Estados, basada en la cordialidad y el reconocimiento mutuo.

    Brasil debe tratar de mantener con sus vecinos algo más que simple cordialidad. Sin embargo, cuando esa disposición no existe por parte del otro, no conviene insistir indefinidamente; hay que permitir que cada país encuentre su propio camino. En general, este distanciamiento también acaba siendo perjudicial para ellos, ya que Brasil representa un mercado importante y un socio natural en la región. Por eso es fundamental tener paciencia. La paciencia es una virtud indispensable en la política internacional, y solo los líderes con visión estratégica, como el presidente Lula, comprenden la importancia de actuar de esta manera.

    Ahora bien, ustedes han mencionado a Cuba, y no quiero omitir este punto. Lo que está sucediendo allí es profundamente trágico. No se trata simplemente de presionar o sustituir a un gobierno. Las sanciones impuestas no recaen solo sobre un régimen, sino sobre un pueblo.

    Al mismo tiempo, no es fácil saber cómo lidiar con una situación como esta. El propio Brasil dispone hoy de pocos instrumentos concretos para ayudar, porque el grado de interdependencia del sistema financiero internacional es tal que prácticamente cualquier transacción acaba pasando por mecanismos sujetos a la jurisdicción estadounidense y, por lo tanto, a sanciones. Lo mismo ocurre con el petróleo, con Petrobras. Esto nos limita enormemente. Aun así, considero que esta cuestión debe ser objeto de una reflexión internacional más amplia, porque no solo concierne a Cuba. El precedente creado puede tener graves consecuencias para toda la región.

    Independientemente de las simpatías o discrepancias políticas que se puedan tener, la trayectoria histórica de Cuba es propia: hubo una revolución, los invasores fueron expulsados. Se pueden discutir, y muchos lo hacen, los errores y limitaciones del sistema político que se consolidó a partir de entonces. Pero no es matando de hambre a un pueblo con sanciones y aislamiento como se va a cambiar la situación política.

    El G77 llegó a debatir la adopción de una resolución sobre el tema, pero este tipo de decisión depende del consenso entre los miembros. Por lo que he visto, uno o dos países de Sudamérica impidieron que se alcanzara ese consenso. Es lamentable, porque la condena de las sanciones unilaterales ha sido, históricamente, uno de los puntos de convergencia duraderos entre los países de la región. Ver cómo se debilita esa unidad es realmente preocupante.

    HF: ¿Sería posible pensar en la creación de un mecanismo regional de apoyo de emergencia, en el que participara México, por ejemplo, para hacer frente a esta situación?

    CA: No sabría decirlo. El propio México se enfrenta a retos importantes. Sentimos una gran admiración por la presidenta Claudia Sheinbaum, pero cada país también tiene que ocuparse de sus propias prioridades internas y, cuando está en juego la propia seguridad, es difícil asumir iniciativas de este tipo.

    De todos modos, recuerdo haber dicho una vez a los parlamentarios estadounidenses que, en cierto sentido, Estados Unidos ya ha perdido la guerra que inició contra Cuba hace más de sesenta años. El régimen no ha sido derrocado. Ahora se trata de destruir al pueblo, porque no hay alternativa allí. La cuestión ya no es simplemente la sustitución de un gobierno por otro, como ocurre en otros contextos políticos de la región.

    En el caso cubano, se trata de una realidad histórica muy específica, en la que las alternativas percibidas son extremadamente limitadas: o la continuidad del sistema actual o el retorno a una situación anterior a la revolución. No voy a utilizar todas las palabras que he oído para describir la época de Batista, una mezcla de casino con cosas peores.

    HF: En los primeros gobiernos de Lula y en el gobierno de Dilma, usted formuló y describió con frecuencia la política exterior brasileña como «altiva y activa». Más recientemente, ha surgido el término «no alineamiento activo». ¿Existe, entre estas dos formulaciones, un cambio de principio o de orientación conceptual, o son solo concepciones distintas para una misma posición internacional? ¿Y cuáles serían las implicaciones políticas de estas diferencias?

    CA: No creo que haya grandes cambios conceptuales entre una formulación y otra. Quizás haya mayor precisión en una que en la otra. Pero debo decir que la expresión «altiva y activa» no nació de una elaboración teórica profunda, sino de una necesidad circunstancial. En 2003, cuando el presidente Lula anunció mi nombramiento, había otros ministros presentes y yo sabía que no podía hacer una exposición larga, tenía que decir algo en cuatro o cinco minutos como máximo. Por lo tanto, traté de sintetizar cuál sería la orientación de la política exterior del nuevo gobierno. Intenté identificar la principal diferencia que tendría en relación con la política exterior llevada a cabo durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso. No se trata de un cambio radical, al menos en el plano conceptual; en la práctica, esto puede discutirse.

    La diferencia fundamental era que Brasil no se subordinaría a agendas definidas externamente —el ALCA es un ejemplo evidente— y, al mismo tiempo, adoptaría una postura más proactiva en la relación con otros países en desarrollo. De ahí surgió la idea de una política exterior a la vez altiva y activa: altiva en el sentido de preservar la autonomía decisoria, y activa en el sentido de ampliar las iniciativas y las asociaciones internacionales.

    Fui embajador durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso y no tengo ninguna queja personal, al contrario, le admiro. Sin embargo, a menudo las instrucciones que recibía apuntaban en esa dirección: actuar con cautela y evitar iniciativas que pudieran generar fricciones innecesarias con Estados Unidos o la Unión Europea. Aunque no se formulaba de manera explícita, esa era, en el fondo, la orientación predominante. La política exterior que comenzamos a aplicar en el gobierno de Lula fue un poco más altiva en ese aspecto. Y más activa, porque si la recomendación anterior era evitar el protagonismo, ahora seguiríamos una política exterior definida por nosotros mismos en la medida de lo posible, siempre con realismo, naturalmente, porque todos saben que existen asimetrías e influencias internacionales, pero sin temor a tomar iniciativas propias.

    Ya en el primer año y medio del gobierno de Lula, fortalecimos el Mercosur, avanzamos en el acuerdo entre el Mercosur y la Comunidad Andina (que más tarde daría origen a la Unasur), ampliamos significativamente la presencia brasileña en África, con numerosas visitas presidenciales, y celebramos la Cumbre Sudamérica-Países Árabes (Aspa).
    Se trataba, por lo tanto, de una política exterior activa, con protagonismo, que no temía involucrarse en temas considerados delicados.

    Por ejemplo, estaba la grave crisis venezolana, marcada incluso por el intento de golpe de Estado en 2002 —que, hay que reconocerlo, también había sido condenado por el Gobierno de Fernando Henrique—, pero en relación con la cual Brasil pasó a desempeñar un papel más directo de mediación y apoyo a la estabilidad regional.

    La expresión «no alineamiento activo» fue acuñada por el chileno Carlos Ominami. Incluso participé en la primera reunión que organizó sobre el tema. En esa ocasión, comenté que estaba muy satisfecho con la elección del término, porque reunía dos tradiciones de la política exterior brasileña: en el pasado, tuvimos una política de no alineamiento automático y, más tarde, formulamos la idea de una diplomacia altiva y activa. En cierto modo, el concepto de no alineamiento activo combina estos dos elementos.

    Aun así, no se trata de una doctrina rígida. A menudo se afirma que Brasil es un país occidental —y, en ciertos aspectos, tal vez lo sea—, pero Brasil también es un país del Sur. En última instancia, nuestra orientación debe guiarse por los intereses nacionales en cada circunstancia concreta. En algunas cuestiones, votaremos junto a Estados Unidos; en otras, podremos converger con China. Esa es, precisamente, la lógica de la no alineación activa.

    HF: En una coyuntura tan contenciosa como la actual, ¿cree usted que todavía hay espacio para una política de no alineación activa?

    CA: El tiempo lo dirá. Brasil sigue por ese camino. En 2024, en el contexto de la guerra en Ucrania, cuando nadie hablaba de diálogo, articulamos con China un documento conjunto en el que se proponía la apertura de un espacio internacional para el diálogo político y el rechazo de una escalada militar. Hoy en día, vemos que incluso los países europeos reconocen que cualquier solución duradera debe tener en cuenta realidades geopolíticas básicas, como el hecho de que Rusia seguirá siendo parte de Europa. Este reconocimiento tardó en llegar. En ese momento, Brasil y China buscaron precisamente estimular esta reflexión. Diría incluso que la iniciativa partió en gran medida de Brasil, al que se le pedía con más frecuencia que desempeñara este papel de interlocutor, aunque encontramos en China una gran receptividad intelectual y política.

    A partir de ese entendimiento, contribuimos a la creación de un Grupo de Amigos de la Paz en las Naciones Unidas, dedicado a promover el diálogo. Por lo tanto, creo que todavía hay espacio para este tipo de acción. Evidentemente, el contexto ha cambiado. Esta iniciativa se produjo antes del regreso de Donald Trump, cuyo gobierno ha prestado poca atención a este tipo de esfuerzo multilateral. Sin embargo, el mundo está experimentando profundas transformaciones, posiblemente comparables solo a los cambios que se produjeron tras las guerras mundiales.

    En este escenario, Brasil trata de mantener su línea de actuación. El fortalecimiento de los Brics, cuyo origen se remonta al primer gobierno de Lula, forma parte de esta estrategia. El banco del Brics sigue activo y seguimos buscando mecanismos de cooperación que amplíen las posibilidades de acción en un mundo cada vez más complejo, muy diferente al que encontré cuando fui ministro de Relaciones Exteriores.

    MS: ¿En qué medida la formulación de una política exterior «altiva y activa» también representó una redefinición de la forma en que Brasil buscaba posicionarse frente a Washington?

    CA: En 2002, por ejemplo, Brasil tomó la iniciativa de crear el llamado Grupo de Países Amigos de Venezuela. Fue una propuesta del presidente Lula que permitió reunir, por un lado, a los países que mantenían una mayor simpatía por el Gobierno venezolano y, por otro, a actores importantes como los propios Estados Unidos. El objetivo era precisamente crear un espacio de mediación capaz de preservar el diálogo en medio de la grave crisis política que atravesaba el país.

    La persona con la que más hablaba sobre este tema era el entonces secretario de Estado estadounidense, Colin Powell. Me preocupaba mucho la necesidad de mantener el diálogo político en Venezuela, sobre todo porque el referéndum revocatorio comenzaba a perfilarse como una posible salida institucional a la crisis. También estaba la cuestión de la presencia de observadores internacionales: en ese momento, la OEA aún gozaba de un grado de credibilidad mayor que el que tendría en la época de Luis Almagro. Queríamos garantizar la legitimidad internacional del proceso.

    En medio de esa gran tensión, intenté convencer al presidente Chávez de la importancia de esas garantías. Al mismo tiempo, supe que Roger Noriega, un asesor estadounidense, haría declaraciones en el Senado de los Estados Unidos que podrían agravar aún más la situación. Por casualidad, yo estaba en Nueva York y llamé directamente a Colin Powell para pedirle que verificara el contenido de la intervención, porque Chávez era extremadamente sensible a cualquier señal externa que pudiera interpretarse como injerencia.

    En un primer momento, Powell no entendió bien la petición y respondió que no tenía control sobre los senadores estadounidenses. Entonces le expliqué que no me refería a los senadores, sino al representante del propio Gobierno que iba a prestar declaración. Lo que sucedió a continuación fue algo bastante inusual en la práctica diplomática. Powell envió previamente el texto de la intervención que se presentaría al Congreso para que pudiéramos examinarlo. En muchos años de diplomacia, rara vez se ve un gesto de este tipo, sobre todo en la relación entre países de peso tan diferente. Esto demuestra el nivel de diálogo y cooperación que existía en ese momento.

    Podría citar varios otros ejemplos. Todavía bajo el gobierno de Bush, Brasil fue invitado a participar en la Conferencia de Anápolis, a pesar de las críticas internas de que estaríamos manteniendo un diálogo excesivo con los países árabes. Estuve cinco veces en Palestina, pero también visité Israel en varias ocasiones, y el presidente Lula fue el primer jefe de Estado brasileño en realizar una visita oficial a Israel.

    En la Conferencia de Anápolis, celebrada en 2007, Brasil fue invitado, junto con India y Sudáfrica —salvo error, los únicos países en desarrollo no predominantemente musulmanes presentes—, lo que reflejaba el reconocimiento internacional del papel equilibrado que el país buscaba desempeñar en el diálogo entre diferentes regiones y actores. Ya durante el gobierno de Barack Obama, me limitaré a los dos años en los que actué como canciller, porque posteriormente asumí el Ministerio de Defensa. Mantuvimos una relación normal; es cierto que surgió el grave episodio del espionaje, pero, en el plano personal, no tuve con Obama el mismo grado de cercanía.

    El episodio principal de ese período fue nuestra cooperación en temas como Haití, aunque limitada, y sobre todo la cuestión iraní. Curiosamente, al observar los acontecimientos actuales, tengo la impresión de que la historia, en cierto modo, se repite, aunque hoy en circunstancias más graves. En ese momento, el propio Gobierno estadounidense solicitó que Brasil intercediera ante Irán. Lo hicimos. El proceso llevó varios meses, como es natural en negociaciones de esta naturaleza, pero al final logramos exactamente los términos que habían sido previamente indicados por Estados Unidos como aceptables. Aun así, posteriormente, Estados Unidos dio marcha atrás y optó por llevar la cuestión a votación en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

    Fue un momento difícil. Aun así, el episodio no comprometió la relación bilateral. Pocos meses después, durante la Asamblea General de las Naciones Unidas, mantuvimos contactos absolutamente normales: estaban presentes Bill Clinton y Hillary Clinton, quienes incluso me invitaron a reuniones en ese contexto. Esto demuestra que, a pesar de las divergencias puntuales, el diálogo bilateral se mantuvo abierto y funcional.

    MS: Ese es el retrato de décadas de protagonismo en la política exterior brasileña. Usted fue ministro de Relaciones Exteriores de Brasil durante los gobiernos de Itamar Franco y Lula da Silva 1 y 2, ministro de Defensa durante el gobierno de Dilma Rousseff y, ahora, es jefe de la Asesoría Especial de la Presidencia en el tercer mandato de Lula. Es decir, ha estado directamente involucrado en la formulación de la política exterior brasileña mientras Bill Clinton, George W. Bush, Barack Obama, Joe Biden y Donald Trump presidían los Estados Unidos. ¿Cuáles han sido los principales cambios en la relación bilateral entre los países en las últimas tres décadas?

    CA: El mayor cambio que veo desde que fui ministro de Relaciones Exteriores por primera vez, en el gobierno de Itamar Franco en Brasil y de Bill Clinton en Estados Unidos, es desde el punto de vista comercial. En la década de 1990, Estados Unidos era el mayor socio comercial de Brasil y representaba alrededor del 25 por ciento de nuestras exportaciones. Hoy en día, esa participación ha caído a alrededor del 12 por ciento. Esto representa un gran cambio.

    Por supuesto, Estados Unidos sigue siendo un socio comercial muy importante, ya que sigue siendo el segundo país más importante si se considera individualmente. Hubo un momento en que Argentina se acercó a esa posición. Pero hoy en día, la distancia entre el segundo lugar y China es muy grande, lo que naturalmente produce una percepción diferente de la relación bilateral. Aun así, Estados Unidos sigue teniendo una enorme influencia cultural. Todo el mundo se alegra cuando una película brasileña gana un premio en Cannes, pero la verdadera conmoción nacional se produce cuando gana un Óscar. Esto revela la persistencia de una hegemonía cultural estadounidense extremadamente fuerte.

    Políticamente, ha habido algunas oscilaciones. En términos estrictamente conceptuales, teniendo en cuenta los gobiernos en los que he servido, en general ha habido una mayor afinidad con las administraciones demócratas de Estados Unidos. En la práctica, sin embargo, mantuvimos una relación muy positiva con el presidente Bush y, a pesar de los desafíos, buscamos preservar una relación pragmática con el presidente Trump.

    MS: ¿Cuál es el papel de los Brics en este contexto? ¿Qué balance hace usted de la actuación reciente del grupo y cuáles son, hoy en día, las posibilidades reales de cooperación entre sus miembros, incluso como bloque, para apoyar determinadas agendas internacionales?

    CA: La existencia de los Brics es extremadamente importante. Como cualquier mecanismo internacional, el grupo tiene imperfecciones: siempre habrá debates sobre qué países deberían o no haber sido incluidos, o sobre el ritmo y la forma de su ampliación. Son cuestiones naturales y variables. Aun así, creo que la decisión de ampliar los Brics fue correcta en principio.

    Hay países relevantes, como Indonesia, entre otros, cuya participación refuerza la representatividad del grupo. Evidentemente, cuanto mayor es el número de miembros, mayor es la diversidad de intereses y, en consecuencia, más compleja se vuelve la toma de decisiones. En cierto modo, ampliar la representatividad tiende a reducir la eficacia operativa inmediata. Aun así, considero que el balance es positivo. El simple hecho de que el grupo exista, se reúna periódicamente y mantenga canales permanentes de diálogo ya constituye un elemento de peso en el escenario internacional. Incluso cuando hay posiciones cautelosas o ausencias puntuales, persiste la percepción de que se trata de una articulación política real, capaz de actuar cuando es necesario.

    Esta valoración, por cierto, no es solo nuestra. Analistas y pensadores políticos de Estados Unidos, Europa y otras regiones reconocen que los Brics se han consolidado como un polo de coordinación relevante.

    MS: ¿La búsqueda de mecanismos alternativos al dólar se ha convertido en una cuestión de seguridad económica y política para los países del Sur Global? ¿Cuál es el papel de los Brics en esto?

    CA: La cuestión de la desdolarización puede estar relacionada con los Brics, pero no se limita a ellos. No soy economista, pero, por lo que sigo, se trata de un proceso que ya se está produciendo gradualmente. Al fin y al cabo, una moneda internacional es, en esencia, una cuestión de confianza. Cuando surge la percepción de que esa moneda puede utilizarse como instrumento político, ya sea para fines propios o para restringir las transacciones entre terceros, los países naturalmente comienzan a buscar alternativas.

    Esto no significa que veremos, de la noche a la mañana, el fin de la centralidad del dólar. No creo en cambios abruptos de esta naturaleza.

    Sin embargo, ya se observa que China está promoviendo el renminbi como moneda de reserva internacional, algo que, en cierta medida, está empezando a ocurrir. El euro también ha desempeñado parcialmente ese papel y, recientemente, ha vuelto a ganar terreno. Además, muchos países han comenzado a aumentar sus reservas de oro, precisamente como forma de diversificación ante una posible erosión de la confianza en las monedas de referencia tradicionales.

    Por lo tanto, se trata de un fenómeno real, aunque gradual. Una desdolarización declarada o repentina sería extremadamente compleja, dada la densidad de las relaciones financieras y comerciales globales. Lo más probable es un proceso progresivo de diversificación.
    Paradójicamente, la propia erosión de las normas internacionales contribuye a este movimiento. No es posible debilitar selectivamente las normas del sistema internacional y, al mismo tiempo, esperar que la confianza en las instituciones, incluidas las monetarias, permanezca intacta. La forma en que se están utilizando las sanciones y los instrumentos financieros tiende inevitablemente a afectar a la percepción de seguridad asociada al dólar.

    Algo similar ocurre en otras áreas de la política internacional. En el conflicto entre Rusia y Ucrania, por ejemplo, sigue el debate sobre los orígenes más amplios de la crisis: ¿qué causó la guerra, la expansión de la Otan, el golpe de 2014 o el progresivo deterioro del entorno de seguridad europeo? Esto demuestra cómo los conflictos complejos rara vez tienen causas únicas y cómo, en última instancia, es necesario buscar una paz posible, aunque imperfecta. En el plano económico, la lógica es similar.

    En el pasado, muchos criticaron la decisión de Brasil de no adherirse al Alca. En ese momento, Estados Unidos y la Unión Europea concentraban cuotas similares de nuestro comercio exterior, alrededor de una cuarta parte cada uno. Si se hubiera implementado el Alca, el grado de dependencia brasileña respecto a Estados Unidos podría ser hoy mucho mayor. Esto significa que medidas como los aumentos arancelarios o las restricciones comerciales producen impactos más limitados de lo que producirían en un escenario de mayor concentración.

    En otras palabras, la estrategia de diversificación, asociada a la idea de multipolaridad, no es solo una formulación política abstracta. Constituye un elemento concreto de resiliencia económica y autonomía estratégica para Brasil.

    HF: En este contexto, ¿se puede entender a los Brics como un espacio de diversificación y coordinación estratégica entre países que buscan un orden internacional más equilibrado?

    CA: Los Brics contribuyen, de hecho, al fortalecimiento de un orden internacional más multipolar. Cuando comparamos foros como el G7 y el G20, esto queda claro. La diferencia no radica solo en la presencia de los países de los Brics, evidentemente, sino en el mayor grado de diversidad que incorpora el G20. El propio presidente Bush se dio cuenta, especialmente en el contexto de la crisis financiera internacional, de que sería necesario ampliar el espacio de coordinación global. El G20 surgió precisamente como una instancia más representativa, capaz de reunir a economías desarrolladas y emergentes en torno a soluciones comunes.

    Es evidente que el G20 podría evolucionar. Sería deseable ampliar la representación africana, por ejemplo. Un país como Egipto, por ejemplo, sin duda debería estar presente. Lo mismo ocurre con Nigeria, el país más poblado de África y una de las naciones con mayor población negra del mundo. Independientemente de las valoraciones que se hagan sobre sus gobiernos o sus niveles de estabilidad, su presencia contribuiría a que el foro fuera más representativo.

    He trabajado durante muchos años en las Naciones Unidas y siempre he defendido, como sigo defendiendo, la reforma del Consejo de Seguridad. Sin embargo, considero más probable que esta transformación se produzca desde fuera hacia dentro, impulsada por la evolución de mecanismos multilaterales más amplios, y no por la voluntad aislada de un actor específico. Es en este contexto donde el G20 cobra especial relevancia y, dentro de él, los países Brics desempeñan un papel importante al ampliar la pluralidad de los debates y contribuir a una gobernanza internacional más equilibrada.

    HF: En la última reunión del Foro Económico Mundial, el presidente Donald Trump volvió a defender una reorganización de la gobernanza global bajo el liderazgo estadounidense y orientada por el principio de la fuerza. La réplica de Mark Carney tuvo repercusión en todo el mundo, al argumentar que el antiguo orden internacional ha llegado a su fin y que el momento actual plantea nuevos dilemas a las llamadas «potencias medias». ¿Cuáles serían hoy las opciones estratégicas para las potencias medias?

    CA: Las potencias medias son aquellas que no tienen bomba atómica…

    Brasil estableció en su propia Constitución que toda actividad nuclear debe destinarse exclusivamente a fines pacíficos. Por lo tanto, la posesión de armas nucleares no forma parte —ni creo que deba formar parte— de nuestro proyecto nacional. Sin embargo, esto no significa renunciar a la capacidad de defensa. Brasil necesita desarrollar medios de disuasión que dificulten la repetición de episodios como el que vimos en Venezuela o como el que está ocurriendo en Cuba, independientemente del origen de la amenaza.

    No se trata de señalar a un país específico, sino de reconocer que la seguridad internacional sigue estando regida, en última instancia, por la percepción de los costes y los riesgos. La idea de un mundo unipolar, que durante un tiempo pareció predominante, ya no se corresponde con la realidad. Incluso Estados Unidos lo sabe. Entre el concepto y la realidad siempre hay una distancia, pero, desde el punto de vista estructural, avanzamos hacia un orden más multipolar. El gran riesgo es que esta multipolaridad se confunda con una lógica de áreas de influencia. Esto es algo que Brasil no puede aceptar. Un país con relaciones económicas diversificadas —alrededor del 35 por ciento del comercio con China y poco más del 12 por ciento con Estados Unidos— no puede encajarse en una esfera de influencia exclusiva.

    Es también por esta razón que evito utilizar categorías como «hemisferio» en sentido político. Brasil no puede reducirse a una única identidad geopolítica. Formamos parte del Sur global, aunque estamos profundamente marcados por múltiples influencias culturales: europeas, africanas, indígenas, árabes, entre otras. La política exterior brasileña debe reflejar esta pluralidad y preservar la autonomía de juicio, evitando reproducir visiones importadas que no se corresponden plenamente con nuestra realidad histórica y social.

    MS: Cuando fue ministro de Defensa, afirmó en varias ocasiones que existe un vínculo indisoluble entre la estrategia nacional de defensa y la estrategia nacional de desarrollo. A finales del año pasado, defendió el aumento de las inversiones en defensa hasta alrededor del 2 por ciento del PIB. ¿Podría explicar lo que significaría esta propuesta en términos militares, económicos y políticos para Brasil?

    CA: Esa es una posición que ya defendía cuando fui ministro de Defensa, aunque en ese momento no se trataba de una política formal del Gobierno, ya que dependía de decisiones institucionales más amplias. Dada la coyuntura internacional actual, me parece natural que Brasil amplíe sus inversiones en defensa.

    Pero es importante dejar claro que este aumento debe orientarse principalmente a la inversión y al mantenimiento de las capacidades adquiridas, y no simplemente a la expansión de los gastos corrientes; hoy en día, una parte muy elevada del presupuesto de defensa brasileño se destina a nóminas y pensiones. No me corresponde a mí definir técnicamente qué programas específicos deberían recibir prioridad; esa es responsabilidad del ministro de Defensa y de los mandos militares. Lo que puedo decir es que Brasil presenta deficiencias importantes en diversas áreas tecnológicas y operativas.

    Cuando mencioné por primera vez el objetivo de inversiones cercanas al 2 por ciento del PIB, solo intentaba establecer un parámetro razonable de comparación internacional. En ese momento, hice un promedio aproximado entre los países de los Brics y otras economías relevantes. Brasil no es un país involucrado en conflictos directos ni enfrenta amenazas militares inmediatas comparables a las de regiones como Oriente Medio o el Indo-Pacífico. Por lo tanto, el 2 por ciento del PIB me parece un nivel equilibrado: suficiente para garantizar la capacidad de disuasión. La lógica es esencialmente defensiva. El submarino de propulsión nuclear es un ejemplo de ello: su principal ventaja no es ofensiva, sino disuasoria: la capacidad de permanecer sumergido y sin ser detectado durante largos periodos de tiempo, lo que dificulta cualquier intento de proyección militar contra el territorio nacional o sus zonas marítimas estratégicas.

    Lo que ocurrió recientemente en Venezuela aún no me queda del todo claro. No sé exactamente dónde se produjeron las fallas, pero es evidente que existieron. Al mismo tiempo, hay que reconocer que ciertas potencias disponen hoy en día de capacidades extremadamente avanzadas en las áreas de la guerra electrónica y cibernética, y es natural que otros grandes actores internacionales estén desarrollando instrumentos similares. La cuestión central pasa a ser: ¿cómo puede defenderse un país como Brasil en este tipo de escenario?

    El objetivo es evitar que Brasil se convierta en un país estructuralmente vulnerable. Y esto cobra aún más relevancia cuando consideramos nuestros recursos estratégicos. Hay datos que indican que Brasil posee la segunda mayor reserva mundial de tierras raras y minerales críticos, insumos esenciales para tecnologías avanzadas, transición energética y sistemas de defensa modernos. Naturalmente, este patrimonio despierta el interés internacional. No se trata de teorías o de imaginación geopolítica: los recursos estratégicos siempre han atraído la atención externa a lo largo de la historia. Por eso, Brasil necesita, en primer lugar, desarrollar una política nacional clara para los minerales críticos, algo que ya se está empezando a debatir en el ámbito gubernamental, pero también necesita disponer de los medios adecuados para proteger estos activos.

    En un posible escenario de tensión internacional entre terceros, en el que el acceso a los minerales estratégicos brasileños cobre relevancia, el país debe ser capaz de defender sus intereses y su soberanía. Este es solo un ejemplo, pero ilustra un punto más amplio: la defensa nacional, el desarrollo tecnológico y la seguridad económica se han convertido en dimensiones inseparables.

    HF: Para terminar, ¿cuál es su valoración de la propuesta del Consejo de Paz promovida por el presidente Trump?

    CA: Prefiero ceñirme a las posiciones ya expresadas por el presidente de la República, que destacó dos puntos centrales, sin entrar en detalles operativos. En primer lugar, no parece adecuado concebir un llamado Consejo de Paz con la pretensión de reformar o sustituir los mecanismos de las Naciones Unidas mediante una iniciativa unilateral, no discutida previamente con la comunidad internacional.

    Una posible iniciativa de esta naturaleza debería, como máximo, tener un alcance claramente delimitado —por ejemplo, restringido a la situación en Gaza y al conflicto de Israel y Palestina— y no adoptar la forma de una reconfiguración más amplia de la gobernanza internacional. En segundo lugar, incluso si se limitara a ese contexto específico, cualquier iniciativa orientada a la paz necesitaría contar con la participación efectiva de representantes políticos legítimos del pueblo palestino. No basta con recurrir únicamente a especialistas o técnicos; es indispensable garantizar la presencia y la autoridad política palestina en el proceso, condición esencial para que cualquier acuerdo tenga legitimidad y posibilidades reales de producir resultados duraderos.

  3. Guerras petroleras

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    El 3 de enero de 2026, el Gobierno de los Estados Unidos lanzó un ataque militar contra Caracas y capturó al presidente venezolano Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores. En una grave violación de la Carta de las Naciones Unidas, ciento cincuenta aviones estadounidenses bombardearon infraestructuras esenciales en todo el norte de Venezuela mientras el ejército asaltaba el complejo de Maduro.

    Quizás el aspecto más sorprendente de la intervención fue lo bien que salió. Tras ella, la exvicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez tomó rápidamente la iniciativa y se embarcó en una histórica reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos del país, allanando el camino para la privatización de su vasta industria petrolera.

    ¿Cómo se explica la caída de Maduro y qué significa para América Latina? Los editores de Phenomenal World, Maya Adereth y Camilo Garzón, debatieron estas cuestiones con el exministro de Energía de Venezuela, Rafael Ramírez. Como miembro más antiguo del gabinete de Chávez y presidente de la empresa petrolera nacional de Venezuela, PDVSA, Ramírez fue responsable de supervisar los logros en materia de desarrollo del país y su creciente influencia mundial. Bajo el mandato de Maduro, ocupó el cargo de representante permanente ante las Naciones Unidas antes de ser destituido de su cargo debido a desacuerdos con el Gobierno. Aquí reflexiona sobre la trayectoria de la economía de recursos de Venezuela, su cambiante orientación geopolítica y el futuro de la causa bolivariana.

    Una entrevista con Rafael Ramírez

    Maya aderEth: Comencemos por su entrada en el Ministerio de Energía de Venezuela. ¿Cuáles eran sus prioridades estratégicas cuando se incorporó al Gobierno de Hugo Chávez en 2000 y cómo afrontó las dramáticas huelgas del sector petrolero de 2002-2003?

    rafael ramirez: Cuando me convertí en presidente de la Compañía Internacional de Gas de Venezuela (ENAGAS), la cuestión del petróleo estaba generando un profundo conflicto interno. PDVSA, la empresa petrolera venezolana, estaba aplicando en ese momento la «apertura petrolera», una política por la que las mejores zonas petroleras se entregaban a empresas privadas, en su mayoría estadounidenses. Los dirigentes de PDVSA esperaban que la nueva legislación legalizara esos contratos.

    Por supuesto, no seguimos ese camino. Como resultado, estalló rápidamente un violento conflicto que culminó con el intento de golpe de Estado de abril de 2002. Mi principal objetivo como presidente de ENAGAS era evitar que el gas venezolano fuera privatizado, entregado a empresas estadounidenses como Enron y extraído del país. Esto era fundamental no solo porque no había ninguna razón técnica para privatizar el sector, sino también porque ese gas era esencial para nuestra propia infraestructura energética y económica.

    Una de las primeras medidas que tomó el presidente Chávez en respuesta al intento de golpe de Estado fue cambiar los ministerios clave. En julio de 2002 fui nombrado ministro de Petróleo con dos objetivos fundamentales: controlar la industria petrolera, que entonces se encontraba en abierto desafío, y aplicar la recién promulgada Ley de Hidrocarburos, que reservaba la extracción de petróleo al Estado.

    En respuesta a estas políticas, la huelga petrolera de 2002 paralizó la producción con la exigencia de que Chávez abandonara el país y dimitiera. Como ministro, me correspondió restablecer el control de la empresa PDVSA y la producción petrolera. En enero de 2003, producíamos 23 mil barriles de petróleo al día. En marzo de ese mismo año, aumentamos la producción a 3 millones de barriles, convirtiéndonos en el cuarto exportador de petróleo más grande del mundo. Logramos estabilizar nuestra producción y mantenerla hasta que Nicolás Maduro llegó al poder.

    Hay que decir que la huelga no fue un acto de sabotaje por parte de los trabajadores. Los trabajadores estuvieron con nosotros todo el tiempo. Fue un sabotaje por parte de la alta dirección, que facilitó un bloqueo naval de nuestras costas y detuvo la producción. Fue un momento traumático en el que perdimos 20 mil trabajadores. Con los 20 mil que se quedaron logramos reactivar la producción y recuperar la plena capacidad operativa. Ese fue mi bautismo de fuego en la industria petrolera y en el Gobierno.

    Camilo Garzon: ¿Qué papel desempeñaron empresas como ExxonMobil y ConocoPhillips en las disputas políticas de la época? ¿Qué pasó con estas empresas después de que usted dejara el ministerio durante la era Maduro?

    RR: Inmediatamente después de tomar el control de PDVSA, que era el principal obstáculo para la Ley de Hidrocarburos, comenzamos a reestructurar el marco legal del sector. Lo primero que hicimos fue pasar de los acuerdos operativos a las empresas conjuntas. Los acuerdos operativos eran un mecanismo mediante el cual las administraciones anteriores habían cedido la gestión de la producción petrolera al sector privado. Revertimos esa situación y les invitamos a crear empresas conjuntas con PDVSA.

    En 2006, propusimos a las grandes empresas internacionales, concretamente a ConocoPhillips, Exxon, Chevron, Total, Equinox, Eni y Repsol, que aceptaran la nueva ley. Conseguimos que 21 de las 33 empresas internacionales aceptaran y se promulgó un decreto de nacionalización firmado por Chávez. En general, fue un proceso satisfactorio que garantizó que la mayoría de las empresas migraran al nuevo régimen y pudiéramos conservarlas como socios.

    Sin embargo, ConocoPhillips y Exxon no aceptaron nuestras condiciones. No estaban dispuestas a trabajar bajo la legislación venezolana, a pesar de las ventajas de las propuestas. Tomamos el control de sus áreas y ellas recurrieron a tribunales de arbitraje internacionales. ExxonMobil demandó a Venezuela por 16 mil millones de dólares ante la Cámara de Comercio Internacional (CCI) en París. Acudimos, nos defendimos y ganamos, y la CCI dictaminó que solo teníamos que pagar 907 millones de dólares. Entonces volvieron a demandarnos por 10 mil millones de dólares, esta vez ante el Tribunal del Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI) en Washington. Nos defendimos de nuevo y volvimos a ganar, pagando finalmente 1600 millones de dólares menos los 900 millones ya abonados.

    Cuando dejé el ministerio en 2015, ConocoPhillips también demandó a Venezuela ante la CCI. Esa vez, el gobierno de Maduro no defendió los casos adecuadamente. Como resultado, perdimos y el CIADI ordenó a Venezuela pagar 2000 millones de dólares. Luego, Conoco nos demandó nuevamente ante el CIADI y, una vez más, se nos condenó a pagar un total de 8.300 millones de dólares. De ese dinero, el gobierno de Maduro no pagó nada a ConocoPhillips y dejó sin pagar gran parte de la deuda con Exxon.

    A partir de entonces, las empresas comenzaron a presentar demandas en el extranjero. ConocoPhillips logró que un tribunal de Delaware confiscara los activos de Citgo, una refinería que teníamos en Estados Unidos, que en 2014 estaba valorada en 14 mil millones de dólares y que acabó siendo embargada. Habría bastado con pagar a las empresas lo que les debíamos, pero ahora se está subastando por 5 mil millones de dólares a Estados Unidos.

    MA: En 2000, los líderes de la OPEP se reunieron por primera vez desde 1975 y relanzaron la organización con el objetivo de promover una visión política común. En 2016, surgió la OPEP+, una organización con más poder político, pero con un propósito político menos definido. ¿Cuál ha sido la posición de Venezuela en los debates internos de la OPEP?

    RR: La cumbre de Caracas en 2000 fue una reunión muy importante, durante la cual Chávez asumió el liderazgo de la OPEP y logró convocar a los Estados miembros a pesar de la reciente invasión de Kuwait por parte de Irak y la guerra entre Irak e Irán. En ese momento había dos grupos importantes dentro de la OPEP. Uno estaba formado por las monarquías del Golfo, como Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Qatar, que estaban más alineadas con Estados Unidos. El otro estaba formado por países como Venezuela, Irán, Argelia y Libia, que defendían con más fuerza la soberanía geopolítica y de los recursos. Con una tasa de producción renovada de 3 millones de barriles, Venezuela ganó una posición importante en las decisiones políticas de la organización.

    El Gobierno venezolano ya había abogado por la creación de una OPEP más amplia que incluyera a Rusia, pero en ese momento Arabia Saudí se opuso por temor a perder su fuerza relativa. Cuando Chávez murió, Maduro descuidó la organización y la producción nacional de petróleo de Venezuela, que cayó a 1,9 millones de barriles en 2017. A partir de ese momento, la producción petrolera de Venezuela seguiría cayendo, agravada por el impacto de las sanciones estadounidenses.

    De ser el cuarto país productor de petróleo del mundo, caímos al puesto 18.

    La pérdida de influencia política en la OPEP era inevitable. Con la intervención militar en Libia, una Venezuela debilitada y las sanciones a Irán, la monarquía saudí ya no temía la participación de Rusia en el marco más amplio de la OPEP. Sin embargo, la invitación de Rusia a la OPEP+ sigue siendo una gran iniciativa, porque alguien tiene que defender los precios del petróleo. Es muy revelador que, cuando el Covid-19 provocó la caída de los precios del petróleo en todo el mundo, fuera el propio Donald Trump quien pidiera a la OPEP que redujera la producción de petróleo y protegiera los precios. Esto por sí solo confirma la importancia de la organización.

    MA: PDVSA abrió su primera oficina en China en 2005. Hoy en día, la Corporación Nacional de Petróleo de China tiene activos de producción en Venezuela, y recientemente se ha informado de que la intervención de Trump ha causado problemas a Venezuela para pagar su deuda con China. ¿Cómo ha evolucionado la relación de Venezuela con China y qué intereses tiene China en la crisis actual?

    RR: Durante cien años, Venezuela fue un satélite de la economía estadounidense. Toda nuestra producción de petróleo se vendía a Estados Unidos, y se vendía con descuentos de hasta el 40 por ciento: 4 dólares por barril cuando el precio era de 11 dólares. Éramos un enclave petrolero para las empresas transnacionales estadounidenses.

    Cuando el gobierno de Chávez estabilizó la industria, buscó diversificar el suministro de petróleo. Comenzó dentro de la propia región, con la creación de Petrocaribe en 2005, un acuerdo de cooperación entre los países insulares pobres. A continuación, Chávez buscó un acuerdo con Argentina y más tarde se expandió al mercado europeo, donde firmamos acuerdos con Portugal, España, Italia y Francia. Durante ese proceso de expansión, establecimos relaciones con China con la idea de ayudar a construir un mundo multipolar. En 2005, Venezuela no vendía ni un solo barril de petróleo a China, por lo que estas relaciones eran absolutamente nuevas.

    La apertura a China implicó cambios logísticos, como encontrar buques cisterna con una capacidad de 2 millones de barriles e invitar formalmente a empresas chinas a producir petróleo venezolano. Las empresas chinas tuvieron acceso a áreas que les permitieron producir hasta 1 millón de barriles de petróleo al día. Cuando dejé el ministerio en 2014, Venezuela vendía 600 barriles de petróleo al día directamente a la Compañía Nacional de Petróleo de China (CNPC). Esto representaba el 24 % del total de las exportaciones, que ascendían a 2,5 millones. La gran ventaja del acuerdo era que, a diferencia de nuestros acuerdos con Estados Unidos, todos los pagos de China se realizaban a precio de mercado. Sin embargo, durante todo este periodo, seguimos enviando 1,2 millones de barriles, casi la mitad de nuestras exportaciones, a Estados Unidos.

    La relación con China también abrió otras áreas de cooperación. El Fondo Conjunto China-Venezuela de 2007 ofrecía financiación interna pagadera en petróleo. Otra parte del acuerdo incluía el suministro de tecnología y equipos. Incluyendo a la India, a la que suministrábamos 400 mil barriles, teníamos un mercado de 1 millón de barriles en Asia con dos de los mayores importadores de petróleo del mundo. Se trataba de una relación beneficiosa para ambas partes.

    Cuando Maduro llegó al poder, estos planes y programas se vinieron abajo.

    Petrocaribe se derrumbó y el petróleo dejó de suministrarse a través de esta alianza. El acuerdo con Argentina se bloqueó tras la llegada al poder del presidente derechista Mauricio Macri. Los acuerdos de suministro con la India dejaron de cumplirse, al igual que los de Europa. Y con China, los suministros se redujeron considerablemente. Maduro también contrajo una enorme deuda con China, estimada en hasta 70 mil millones de dólares en préstamos, aunque no se dispone de cifras oficiales. Por lo tanto, nuestra relación comercial con China se ha debilitado significativamente.

    CG: ¿En qué consistió la intervención de Maduro en PDVSA y qué efectos tuvo en la producción petrolera del país? ¿Cuáles son las principales diferencias entre el chavismo y el madurismo en lo que respecta a la gestión de la industria petrolera?

    RR: Maduro buscó el control directo de todas las instituciones del país.

    Empezó por la economía, tomando el control del Ministerio de Hacienda, el banco central y, por supuesto, PDVSA, donde nombró a personas leales a él. Yo me opuse a eso y por eso me echaron del país.

    A continuación, el Gobierno comenzó a encarcelar a trabajadores de la organización. Más de 150 gerentes y directores fueron enviados a prisión, muchos de los cuales llevan allí más de ocho años. El exministro de Petróleo Nelson Martínez murió allí. Sin duda, fue una intervención violenta, coronada por el nombramiento de un general de la Guardia Nacional, Manuel José Quevedo, quien se hizo cargo de PDVSA y persiguió a más de 30 mil empleados del sector.

    Así pues, lo primero que se perdió como consecuencia del nuevo Gobierno fue la capacidad humana. La administración de Maduro cometió el error de intentar controlar el presupuesto operativo de la empresa, algo que Chávez nunca hizo. Esto dejó a la empresa sin dinero y PDVSA se paralizó. De una producción de 3 millones de barriles en 2013, caímos a 500 mil en 2020, y hoy en día se sitúa en 965 mil.

    Desde que Maduro llegó al poder, hemos perdido casi el 75 por ciento de nuestra capacidad de producción de petróleo. Eso nunca había sucedido en ningún país productor de petróleo del mundo, a menos que estuviera involucrado en una guerra interna. Pero en Venezuela, lo que ocurrió fue una guerra interna del gobierno contra la industria petrolera. Gran parte de la producción actual la sostiene Chevron, que no paga regalías ni impuestos.

    En un país productor de petróleo con un modelo rentista impuesto por las empresas transnacionales, el colapso de la industria petrolera suele significar el colapso del propio país. La economía venezolana se contrajo un 80 por ciento. El salario mínimo pasó de 450 dólares al mes a 2 dólares al mes. Y 8 millones de personas abandonaron el país porque se hizo imposible vivir allí.

    La diferencia fundamental entre Chávez y Maduro es que el primero aprovechó el petróleo en beneficio de la población. Maduro, por su parte, privatizó el petróleo y lo puso en manos de sus operadores políticos. Todos nuestros programas sociales fueron desmantelados. Pasamos de ser un país con un proyecto nacional de desarrollo y redistribución a ser un país diezmado, aislado internacionalmente, sin legitimidad institucional y sin influencia estratégica.

    MA: Durante la década de 1950, Venezuela era el principal destino de las inversiones extranjeras de Estados Unidos y una de sus mayores fuentes de ingresos. ¿Está Trump tratando de restaurar el modelo de los años 50 y, de ser así, debemos entenderlo como un puro control de los recursos, un control de la fijación de precios o algo más?

    RR:Lo primero que hay que decir es que cualquier intervención militar en Venezuela debe ser firmemente rechazada. La capital, Caracas, fue bombardeada por primera vez desde que nos convertimos en república. La nueva política de seguridad nacional de Estados Unidos habla de revivir la Doctrina Monroe. Se trata de una clara regresión de Estados Unidos a la década de 1950: la época en que América Latina estaba dominada por dictaduras militares en el contexto de la Guerra Fría. Hoy es Venezuela. Mañana podría ser Colombia. Después podría ser México, o cualquier otro país.

    El intento de Trump de controlar la industria petrolera es especialmente preocupante para Venezuela, porque volveríamos al período de concesiones. Las empresas transnacionales comenzaron a explotar el petróleo en el país desde 1920 hasta 1976, cuando fue nacionalizado. Durante esos años, Estados Unidos hizo lo que quiso con Venezuela. Se llevó más de 50 mil millones de barriles de petróleo sin pagar regalías ni impuestos. Eso cambió con la nacionalización del petróleo y, más tarde, con Chávez, con la nacionalización de los cinturones petrolíferos del Orinoco.

    La reivindicación de Estados Unidos—que el gobierno interino ha permitido—de que las ganancias de las exportaciones petroleras venezolanas vayan a un fondo administrado por el secretario de Estado estadounidense, es una intervención que no se ha dado en ningún país desde la Segunda Guerra Mundial.

    No tiene base política ni jurídica. Esto no será sostenible a largo plazo, pero para resistirlo de manera eficaz, Venezuela debe tener la capacidad de aumentar la producción.

    CG: La producción petrolera venezolana ya está comprometida con el consumo interno y con contratos bilaterales principalmente con China, Irán, Rusia y Cuba. ¿Cuáles son las perspectivas actuales para cumplir estos contratos bajo la supervisión de Estados Unidos y cómo se está reconfigurando el papel de la OPEP a la luz de esta nueva situación?

    RR: Si Estados Unidos controlara la producción de petróleo en Venezuela, la OPEP se vería enormemente debilitada debido al modelo que representa para los países productores. La nacionalización del petróleo en Venezuela tuvo una importancia internacional: representó una reivindicación para todos los países productores de petróleo que, gracias a su control sobre la producción y las exportaciones, pudieron aplicar las políticas de la OPEP. Si un país tan importante como Venezuela se retira de este modelo, cualquier otro país podría seguir su ejemplo ante una confrontación militar: Libia, Irak o Irán. Esto sería desastroso para la OPEP.

    Varias empresas transnacionales estadounidenses ya han comunicado a la Casa Blanca que no volverán a Venezuela. Las empresas tienen que responder a sus vínculos directos y tomar decisiones que tengan sentido desde el punto de vista práctico. Por lo tanto, a Trump no le resultará fácil conseguir que las empresas inviertan en Venezuela como él desea. El mercado petrolero actual se caracteriza por una producción abundante, y hay muchas oportunidades que Exxon y Chevron pueden aprovechar, siendo Guyana solo un ejemplo. Allí, las empresas tienen garantizada la producción de un millón de barriles de petróleo para 2027, con solo un 1 por ciento de regalías. No están buscando desesperadamente yacimientos petrolíferos.

    Pero, en cualquier caso, Venezuela sigue siendo muy importante por el simple hecho de que podemos certificar las mayores reservas de petróleo del planeta. Estados Unidos tiene unas reservas de 32 mil millones de barriles, que al ritmo actual de consumo durarán siete u ocho años. Esto supone un problema estratégico para ellos, sobre todo porque han descartado las políticas de sustitución energética de la agenda de Biden. Necesitan petróleo.

    Los acuerdos de producción actuales de Venezuela son con China y Rusia, cada uno de los cuales podría producir hasta un millón de barriles. Pero desde la muerte de Chávez han detenido sus inversiones. Los chinos solo producen 100 mil barriles a través de la empresa conjunta Petrosinovensa. Podrían producir un millón, pero no invirtieron con Maduro. Los detalles de los otros acuerdos con Irán y Cuba, que no son de producción sino de suministro, son secretos. Obviamente, Estados Unidos está tratando de socavar estos acuerdos para que el petróleo ya no llegue a Cuba.

    Rusia y China han dicho, aunque muy tímidamente, que sus proyectos en el país siguen vigentes legalmente. Pero creo que todos están esperando y probablemente negociando con los estadounidenses. Ni Rusia ni China van a ir a la guerra para mantener su producción en Venezuela, que ya se encuentra en niveles muy bajos.

    CG: ¿Cuáles cree que deberían ser las directrices de un plan para reconstruir la industria petrolera de Venezuela? ¿Qué esfuerzos son necesarios para garantizar que sus beneficios se utilicen para la reconstrucción económica y no se desvíen fuera del país?

    RR:El problema al que nos enfrentamos con el petróleo no es técnico, sino político. En Venezuela necesitamos volver al Estado de derecho y a un cierto grado de normalidad. Sólo entonces nuestra industria petrolera podrá someterse a algún tipo de reconstrucción, porque el daño que ha sufrido ha sido muy grande. Debemos liberar a todos los presos políticos, llamar a todos los gerentes y trabajadores que abandonaron la empresa por miedo y llegar a un acuerdo nacional para reconstruir la producción petrolera. Necesitamos crear las condiciones políticas y económicas, dentro de los límites de una nación soberana y unificada, que nos permitan centrarnos en esta cuestión.

    El cinturón petrolero del Orinoco es la zona productora de petróleo más nueva del país. La capacidad existe, pero actualmente no se explota. Se debe dar prioridad a esta zona y sus dividendos petroleros deben utilizarse para satisfacer las necesidades humanas, destinándose a salarios y alimentos; y luego podemos pasar a las zonas más problemáticas y antiguas, como el lago Maracaibo. Trump, por supuesto, quiere apoderarse de las ganancias monetarias del petróleo venezolano.

    Pero incluso antes de su intervención, los aliados de Maduro revendían el petróleo a una flota fantasma de compradores que lo recibían con un descuento del 25 por ciento y lo pagaban en criptomonedas. El petróleo debe volver a venderse a precios de mercado y ese dinero debe ir al Banco Central de Venezuela para que pueda inyectarse en la economía nacional, como exige la ley.

    Es necesario un gobierno de unidad nacional para consagrar la reconstrucción de la industria petrolera como una prioridad nacional. Entonces se podrá librar la batalla política sobre qué hacer con estos ingresos, si deben ir a la burguesía nacional o al pueblo. Pero esta conversación sólo podrá tener lugar una vez que hayamos rescatado la gestión del petróleo.

    Aunque Venezuela es un país productor de petróleo, en realidad no depende del consumo interno de petróleo. Casi toda su energía proviene de fuentes hídricas. Pero a corto y medio plazo, a nivel mundial, no existe ninguna tecnología ni fuente de energía capaz de sustituir al petróleo. La mejor prueba de ello fue cuando el Covid paralizó la economía del mundo desarrollado. Cuando intentaron reactivarla, la energía eólica y los coches eléctricos no acudieron al rescate. Lo que los países pidieron fue petróleo, y más que antes. Esto indica que el petróleo, y Venezuela, seguirán desempeñando un papel importante en la demanda energética mundial.

    La transición esencial para Venezuela será salir del modelo rentista petrolero. Hicimos un gran esfuerzo en ese sentido durante el último año de vida del presidente Chávez y preparamos algo llamado Plan de la Patria, con la ayuda del Banco de Desarrollo de China. Cuando Chávez murió, todo esto se estancó. Pero esa es una tarea que las nuevas generaciones de venezolanos, desde ahora y en el futuro, tendrán que completar.

  4. Votar la justicia

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    México experimentó el pasado 1 de junio una inédita elección que podría significar un punto de inflexión en su sistema judicial. Derivada de una reciente Reforma Constitucional aprobada en 2024, la ciudadanía fue convocada a elegir en las urnas 881 cargos del Poder Judicial de la Federación. Se trata de la primera elección de este tipo en la historia del país y redefinirá la composición de los ministros y ministras de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), así como las magistraturas del Tribunal electoral y de circuito, y a los jueces de distrito en todo el país. 

    Hasta ahora, Bolivia había sido el único país en el mundo, como parte de su proceso constituyente de 2009, en el que se estableció el derecho a elegir por medio del voto popular a las autoridades de mayor rango en la estructura judicial a escala nacional.  Mientras que en países como Estados Unidos o Suiza se trata de sistemas de elección judicial limitados a la escala local.

    Por su parte, en gran parte de los países de América Latina, prevalecen intensos debates sobre la politización de la justicia, la demanda por democratizar las estructuras judiciales y los usos instrumentales de la ley para legitimar procesos de persecución política. Se trata de un fenómeno conocido como lawfare, que ha sido clave para explicar la judicialización de conflictos y la persecución de figuras políticas, líderes/as de movimientos sociales o corrientes ideológicas opositoras a los regímenes en turno. Así lo expresan las más diversas experiencias en países como Brasil, Colombia, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Argentina o Guatemala.

    En el caso mexicano, la iniciativa de reforma que habilitó el proceso de sufragio fue promovida por el gobierno federal como una apuesta por la democratización y el combate a la corrupción del sistema judicial. Para ello, formuló una estrategia político jurídica orientada a renovar en su totalidad la estructura del sistema judicial en todos sus niveles, tanto a nivel local como federal. Por su parte, el debate público se ha centrado en las implicaciones de una la latente politización de la justicia, la desprofesionalización de la carrera judicial y sus impactos en la estabilidad político- económica del país y en las agendas de los Derechos Humanos.

    En un contexto de relativa polarización político-ideológica y una significativa desinformación entre la ciudadanía, las campañas se caracterizaron por la ausencia de financiamiento público para promover a los/as candidatos, el desacato de los partidos políticos a la prohibición de intervenir en el proceso electoral y posteriores sanciones.

    El Instituto Nacional Electoral (INE) ha señalado que un promedio del 13 por ciento de la ciudadanía (casi 13 millones de personas) concurrió a las urnas. Una cifra de participación muy baja, y más que diferencial en relación con el 61 por ciento de la participación alcanzada en las últimas elecciones celebradas en México en 2024. En las cuales se eligieron los cargos del poder ejecutivo y legislativo a nivel nacional.

    De cara a la realización de los comicios y tras la publicación de los resultados oficiales el pasado 15 de junio, Pablo Uc conversó para Phenomenal World con José María Soberanes Díez, jurista experimentado por su trayectoria en la Suprema Corte de Justicia y académico experto en materia de reforma constitucional mexicana. Soberanes analiza críticamente el proceso de implementación de la reforma judicial. Así como los antecedentes que hicieron posible esta elección en el marco de la Reforma Constitucional al Poder Judicial de 2024.

    En esta entrevista Soberanes reflexiona sobre el proceso jurídico y político que ha atravesado el país para lograr su implementación, así como sobre algunos de los incipientes escenarios que derivan de la elección. Entre ellos, los vicios del proceso y las posibles consecuencias de una ampliación del poder político del partido en el poder (el Movimiento de Regeneración Nacional, Morena), el cual parece haber formalizado su capacidad de influencia en toda la estructura judicial del país. 

    Una entrevista con José María Soberanes

    PABLO UC: Nos encontramos ante un acontecimiento inédito en México que ha transformado el procedimiento para ocupar los cargos de toda la estructura del poder judicial del país. ¿Cuál fue el contexto político que dio origen a la iniciativa de Reforma al Poder Judicial –aprobada en septiembre de 2024–, y que derivó, precisamente, en los comicios celebrados el pasado 1 de junio?

    josé maría soberanes: Los antecedentes de esta iniciativa vienen de tiempo atrás, principalmente como respuesta a una serie de desencuentros entre el expresidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), y el Poder Judicial. Especialmente con la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN). Se trata de dos expresiones político-ideológicas muy distintas. AMLO se caracterizó por una visión de la política poco institucional—llegó a decir al diablo con las instituciones—. Mientras que la SCJN insistió en los lineamientos institucionales, a través de los cuáles bloqueó de forma sistemática muchos de los proyectos considerados como estratégicos del Ejecutivo Federal.

    Aunque AMLO promovió la idea de reformar las instituciones del poder judicial como parte de un proyecto político centrado en la lucha contra las estructuras de corrupción, en los primeros años se contuvo porque el inicio de su presidencia coincidió con la llegada de Arturo Saldívar al frente de la Suprema Corte de Justicia en 2018. Saldívar sostuvo una afinidad política explícita con el presidente mientras ocupó su cargo. Tan clara ha sido esta, que renunció a su cargo como presidente de la SCJN en 2023, para unirse a su movimiento político. Primero, como parte del equipo de campaña de Claudia Sheinbaum y, posteriormente, como coordinador general de Política y Gobierno en la Presidencia, en donde trabajó estrechamente con el equipo de Sheinbaum, siendo uno de los principales impulsores en el diseño de la reforma judicial que permitió la elección por voto popular de jueces, magistrados y ministros.

    En el año 2021 se llevó a cabo una reforma judicial menor. No obstante, en paralelo el Poder Judicial de la Federación empezó a delinear una serie de resoluciones que molestaron mucho al ex-presidente. Este argumentó que estaban “paralizando” sus grandes proyectos y obras de infraestructura—acusadas de atentar contra el medio ambiente—, así como las reformas en materia electoral impulsadas por el mandatario en el año 2023. Las cuales fueron invalidadas por la SCJN porque no habían seguido el procedimiento legislativo correspondiente. 

    Este clima de enfrentamientos fue creciendo, lo que coincidió con la conclusión anticipada del ministro Arturo Saldívar al frente de la presidencia de la SCJN y la llegada de la Ministra Norma Piña al cargo (2023), quién se convirtió en la primera mujer en presidir dicho órgano y en un blanco de críticas permanentes por parte del Ejecutivo Federal.

    Frente a estas resoluciones contrarias a los intereses del Ejecutivo, el presidente consideró que si su plan A y B para reformar al poder judicial no procedían, entonces vendría un plan C, el cual consistía en cambiar los puestos del poder judicial en su totalidad. Fue así que el presidente envió una iniciativa de reforma constitucional que implicaba cesar todos los cargos del poder judicial para que fueran elegidos a través del voto popular. 

    Aunque parecía algo complicado de lograr si se consideran los requisitos legales para una reforma constitucional en México—que demanda el voto de dos terceras partes del poder Legislativo—, sorprendentemente alcanzó un alto porcentaje de la votación (359 votos a favor), por lo que la Reforma Electoral fue aprobada en menos de 48 horas.

    Esto fue el resultado de un reacomodo político tras las elecciones federales de 2024, ya que el partido oficialista, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), alcanzó una polémica sobrerrepresentación en la Cámara de Diputados, con lo cual obtuvo una mayoría calificada que le permitió una aprobación en menos de 48 horas. Después fue aprobada en la Cámara de Senadores con un cambio súbito en la decisión de un senador de un partido opositor. Y luego por la mayoría las legislaturas de los estados (entidades federativas) en el que se esperaba una discusión más larga. 

    Pero no fue así, se trató de un proceso de aprobación muy rápido. Con lo cual, finalmente, la Reforma al Poder Judicial se publicó el 15 de septiembre del año pasado, día oficialmente inhábil, en el que no se suele publicar el Diario Oficial de la Federación. Eso sí, se publicó con un pequeño matiz, que consiste en una renovación escalonada, por lo que con las elecciones del pasado 2 de junio se renovarán la SCJN y la mitad de los magistrados y jueces. Mientras que la otra mitad lo hará en el año 2027. Este fue el único cambio a la propuesta original. 

    PU: ¿Cómo reaccionaron los actores políticos y la estructura judicial que se oponían a una reforma de estas características, y qué sucedió una vez que fue aprobada y comenzó su implementación?

    JMS: Por un lado, el Poder Judicial anunció su decisión de irse a una huelga indefinida en el mes de agosto, una vez que se confirmó que la Reforma Judicial avanzaría en los nuevos términos. Lo que implicaba la sustitución de todos los cargos de la estructura judicial. Los magistrados y jueces intentaron parar la administración de justicia en México. Existieron presiones por parte del Ejecutivo en relación con la suspensión de su pago. Los únicos que no pararon fueron los ministros de la SCJN y en el marco de ese espacio se presentó una impugnación.  

    Después de la aprobación de la reforma constitucional al Poder Judicial en México por parte de la Cámara de Diputados y Senadores–y posteriormente por los congresos locales–, se generó un intenso debate sobre la posibilidad de impugnar la reforma. Aunque regularmente no se contempla la intervención del Poder Judicial en asuntos relacionados con reformas constitucionales, se plantearon dos posibles recursos de impugnación: a través de la presentación de controversias constitucionales y amparo, o por medio de una acción de inconstitucionalidad.  

    Los partidos políticos de oposición presentaron una acción de inconstitucionalidad a la reforma ante la SCJN; pero había un problema, se trataba de una reforma a la constitución, no de una ley. Nunca se había resuelto, ni se había planteado si la constitución podía ser inconstitucional. La SCJN lo atendió con mucha celeridad a principios de noviembre del año pasado y empezó la discusión del asunto bajo la advertencia, por parte del oficialismo, de que no se atendería la resolución de la SCJN. 

    De tal forma, la impugnación fue sometida a votación: siete ministros de la Corte consideraron procedente la acción de inconstitucionalidad, mientras que cuatro se pronunciaron en contra. Como se requería un mínimo de ocho votos para que prosperara, el proceso concluyó en ese punto y la Reforma prosiguió sin ser modificada. Poco a poco, los juzgados comenzaron a reabrirse.

    Una vez superada esta posibilidad de declarar su inconstitucionalidad, la reforma empezó a operar y comenzó también un proceso de sustitución de los funcionarios del Poder Judicial. Para ello el Senado realizó un proceso de insaculación (sorteo a través de una tómbola) con el que se determinaron cuáles cargos serían renovados mediante elección popular en los comicios del 1 de junio, y cuales permanecerán hasta el año 2027. 

    Fue una cuestión muy penosa, derivada de la suerte, y muchos de los juzgadores ante la situación decidieron renunciar argumentando que su lugar lo habían conseguido por su trayectoria profesional en lugar de hacer campaña. Por lo que cerca de la mitad de los jueces y magistrados (1,683 juzgadores activos en el país) renunciaron a sus cargos, algunos en lo inmediato y otros decidieron aguardar hasta finales de agosto y no participar en el proceso de elección ni realizar campañas para ganar un cargo. Mientras que ocho de los once ministros de la SCJN también renunciaron.

    PU: Una vez aprobada la Reforma, ¿cuáles fueron los siguientes procedimientos jurídicos y políticos que allanaron el escenario de la elección y a qué se enfrentó la ciudadanía convocada a las urnas el 1 de junio, considerando que en la cultura política electoral no se tenían precedentes de este tipo de elección?

    JMS: Una vez que la Reforma fue aprobada y publicada, se procedió a la selección de las candidaturas, las cuales fueron definidas entre octubre de 2024 y el 11 de febrero de 2025. La postulación y selección de las candidaturas quedó en manos de los tres poderes de la Unión (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) que conformaron comités para este registro y sometieron las propuestas a un proceso de evaluación para elegir a quienes cumplían con la idoneidad. Salvo en el caso del comité del Poder Judicial, en todos los casos se debió de haber logrado una selección considerando los requisitos mínimos y su perfil profesional. Con base en esto se integraron las listas y fueron enviadas al Senado en febrero de 2025.

    Una vez que el Instituto Nacional Electoral (INE) recibió las listas, elaboraron unas boletas que son muy distintas a lo que la ciudadanía está acostumbrada cuando vota por los cargos de la Presidencia de la República, por legisladores federales o locales, o por presidencias municipales. En las elecciones mexicanas, las boletas suelen mostrar los logotipos de los partidos políticos, y los votantes marcan con una cruz el partido de su preferencia. En el caso de las boletas para la elección del 1 de junio, no aparecieron partidos sino los nombres de todas las personas candidatas a jueces, magistrados y ministros.

    Cada ciudadano recibió seis boletas con color y tamaño diferenciado según la instancia del Poder Judicial sobre la que se eligieron cargos. Las boletas contaban en la parte superior con los espacios o recuadros para colocar el número del candidato/a elegido; y debajo la lista completa de los nombres de los candidatos/as encabezados por un número, mujeres a la izquierda y hombres a la derecha. Para elegir los Ministros de la SCJN, por ejemplo, se eligieron cinco mujeres y cuatro hombres como principio de equidad de género. No se trataba de marcar con una cruz la elección de cada cargo, sino de colocar los números correspondientes. Por lo que el votante tenía que anotar nueve números de una lista con 61 nombres, para el caso de la SCJN. Nada sencillo el procedimiento para votar. 

    Tampoco se instalaron casillas tradicionales, sino centros de votación, dado el limitado presupuesto otorgado al INE tras un histórico recorte. Y la contabilización de los votos no fue realizada por ciudadanos sino por funcionarios del propio Instituto, ya que no se trata de sumar votos por partido, sino de analizar cada boleta. Si el número de algún candidato se repetía, esta boleta debería de haber sido anulada. Contar todos esos votos prometía ser una tarea compleja. 

    Sumado a ello, la expectativa de concurrencia a las urnas era muy baja, un gran desinterés por participar y poco o nulo conocimiento sobre el perfil de las personas que se postularon. No ha sido un clamor popular la elección de jueces, por lo que no hay altas expectativas de participación.

    PU: ¿Qué herramientas ofreció el INE a la ciudadanía para enterarse del proceso electoral y los candidatos, y cuál es tu lectura sobre el desenvolvimiento de las campañas que se realizaron en un corto periodo –entre el 30 de marzo y el 28 de mayo- por parte de las personas que se presentaron como candidatas?

    JMS: El Instituto Nacional Electoral lo que hizo en este sentido, fue montar una plataforma y colocar los currículum vitae enviados por cada candidato/a, para que fuera la ciudadanía la que se acercara a conocer, analizar y seleccionar su mejor opción. Pero para un ciudadano común, esto le implica un tiempo desmesurado ya que se trata de cientos de currículum, lo que significa un proceso muy difícil para un ciudadano común. 

    En relación con el financiamiento, cada candidato ha destinado los fondos necesarios para su estrategia de campaña, es decir, no se permitió un financiamiento público para estos. Aunque el INE sí estableció un tope único de gastos personales de campaña por lo que hubo una fiscalización que intentó limitar o regular ese gasto, y a la vez significó una asimetría muy amplia entre una candidatura y otra. En todo caso, las estrategias públicas que pudimos ver se expresaron en la creación de videos, el uso de plataformas como Tik Tok… aunque con un alcance mínimo en el que más que exponer su filosofía judicial o proyecto jurídico, se limitan a ser simpáticos o contar chistes. Por lo cual, se ha tenido un espacio muy limitado en las campañas para los fines reales de un juez cuya función no es la simpatía con la ciudadanía, sino su capacidad para ejercer con profesionalismo el cargo. 

    PU: ¿Cuáles consideras que han sido los principales riesgos de esta elección ante el preponderante papel del partido hegemónico en el gobierno–Morena–y la incidencia de grupos de interés, como el crimen organizado?

    JMS: Los partidos políticos son la única instancia con una estructura electoral capaz de movilizar a grandes cantidades de votantes durante una jornada electoral. Incluso antes de la elección se mencionó y documentó en varios medios  y redes sociales que se habían distribuidos listas (conocidas como “acordeones”) que diseñaron los partidos políticos para que los electores las copiaran el día de la elección. Aunque no tengo certeza al respecto, lo considero verosímil, ya que así funciona la maquinaria partidista electoral, y no creo que estos comicios sean la excepción. 

    En relación con el crimen organizado, aunque no me consta nada, me parece lógico que sí hayan estado más interesados en incidir en esta elección, que la ciudadanía común. De hecho es un sector muy interesado, ya que para quien incurre en actividades ilícitas muy probablemente se vea enfrentado a las instancias judiciales, de las que depende que se resuelva su inocencia o presunta responsabilidad. Por lo que la posible financiación o apoyo del crimen organizado o grupos de interés privado a ciertos candidatos podría generar condicionamientos y amedrentar la imparcialidad de los jueces. Los cuales, a diferencia de quien ha llegado por sus propios méritos, en los casos en que haya recibido apoyo financiero, podría condicionar su desempeño e integridad ética. Por ello creo que sí se va a debilitar la independencia judicial.

    PU: Una vez instituido el nuevo poder judicial tras esta elección, ¿qué rol tendrá un órgano como el Tribunal de Disciplina Judicial y el Órgano de Administración Judicial que sustituyen al Consejo de la Judicatura Federal?

    JMS: Hasta ahora, teníamos un órgano que se llamaba el Consejo de la Judicatura Federal, el cual se encargaba de dos cosas: la administración en un sentido básico de gestión y operación, y de la disciplina del poder judicial. Ahora tendremos dos instancias separadas para cada función. La vigilancia sobre los juzgadores es importante para poder observar actos de corrupción y con el Tribunal de Disciplina cualquier persona o autoridad podrá denunciar a funcionarios del Poder Judicial. 

    Pero aquí el riesgo es que este Tribunal pueda estar condicionando o sancionando a jueces o magistrados por decidir o votar en contra de proyectos o intereses políticos del Poder Ejecutivo. El Tribunal de Disciplina Judicial podría sancionar a quienes dicten alguna sentencia que incomode al gobierno en turno, o en contra de las iniciativas del partido Morena. 

    Entonces las sanciones, que pueden ir desde una suspensión hasta el despido, pueden condicionar la imparcialidad de jueces y magistrados, y puede remontar a toda la estructura judicial. Incluso hasta la más alta jerarquía, ya que puede sancionar a los integrantes de la SCJN. El Tribunal estará compuesto por cinco integrantes que también fueron elegidos en las urnas el pasado 1 de junio. Es una de las instancias menos discutidas, dada la importancia de la SCJN, pero ahora es algo que vamos a cuestionar: si el Alto Tribunal de la República es la Suprema Corte o si va a ser el Tribunal de Disciplina Judicial.

    PU: Una de las dimensiones más críticas en el escenario político contemporáneo en México y muchos países de nuestra región, son las agendas migratoria, de seguridad, comercio y, por supuesto, la que corresponde a los Derechos Humanos. ¿Cuáles consideras que podrían ser los posibles impactos de la reestructuración del poder judicial en estas materias?

    JMS: Considero muy preocupante lo que puede significar para los Derechos Humanos en el país, ya que la principal garantía con la que cuenta una víctima es el amparo, que recae en el Poder Judicial, responsable de proteger tales derechos. Si los encargados de esta garantía se ven mermados ante los escenarios de pérdida de imparcialidad y la politización de sus agendas para la impartición de justicia, como antes hemos señalado, existe un riesgo muy importante para garantizar el respeto a los Derechos Humanos.

    Por ejemplo, en un estudio realizado sobre la experiencia en Bolivia, que también posee un sistema de elección popular de su estructura judicial, se analizaron las sentencias, antes y después del cambio de régimen judicial. Se descubrieron dos tendencias generales: primero, las sentencias se habían vuelto más punitivas, es decir, el número de condenas había aumentado; y segundo, las sentencias eran más estatalistas, orientadas a darle la razón al Estado en un conflicto contra particulares. Esa referencia en Bolivia podría replicarse en México. 

    Será muy difícil que para una violación de Derechos Humanos se pueda conceder un amparo. Por ello, este es el tema que considero más importante en el debate sobre la Reforma al Poder Judicial, la pérdida de capacidad de la ciudadanía común para defenderse de arbitrariedades por parte de la autoridad pública. Más allá de una perspectiva conservadora, la defensa particular a alguna autoridad judicial o de una oposición a transformaciones que mejoren el sistema judicial contra la corrupción, este es el tema que he denunciado y que más me preocupa.

    PU: A mediados del mes de junio se anunciaron los resultados oficiales de la elección por parte del INE. ¿Cuál es tu balance inicial al respecto y los principales retos que consideras que enfrentará la nueva estructura judicial que tomará el cargo en septiembre de 2025?

    JMS: Primero me referiré a la complejidad del proceso y lo que significó ir a votar a través de una cifra: hubo más votos nulos (10.8% del total de sufragios emitidos) que los alcanzados por el candidato que alcanzó más votos en la elección (4.9%): Hugo Aguilar Ortiz—quien va a ser el próximo presidente de la SCJN—, y la segunda candidata más votada (4.7% del total de los sufragios), Lenia Batres Guadarrama. Es decir, 10 millones de boletas fueron anuladas, lo que supera ampliamente el récord anterior de 5.4% alcanzado en las elecciones federales del país en 2009. 

    Por su parte, la concurrencia general de la ciudadanía fue bajísima (entre 12.57% y 13.32% del total de la lista nominal de electores), totalmente desproporcionada no sólo en relación con la elección presidencial—porque siempre hay más votación en esta—, sino que también está muy lejos de la elección intermedia. Más del 85% de las personas decidió no ir a votar.

    Eso refleja, claro, una parte de la elección. Lo que sería interesante conocer son las razones por las que esto ocurrió. Existen diversas interpretaciones en los medios de comunicación, cada una lo hace a su manera. Pero las razones de fondo son las que interesan y resulta importante realizar este análisis, aquí es donde viene el debate.

    En relación con las controversias sobre el perfil de los candidatos, cabe recordar que esa no fue una responsabilidad del INE, sino de los comités de los tres poderes de la Unión. Creo que esto es algo que debería cambiarse. En algunos estados del país la están haciendo, en lugar de tres instancias de evaluación, una sola, que dependa del Instituto Electoral del Estado, para lograr una evaluación seria y rigurosa.

    Por su parte, las impugnaciones a los cargos ya elegidos manifiestan diversas inconsistencias, incluso existe un caso en el que el candidato elegido como juez de distrito (en el estado de Veracruz), está en prisión preventiva. El INE no podía hacer mucho, porque llegaron las listas integradas para elaborar las boletas. Pero hay perfiles que no deberían estar allí, definitivamente, tanto por la falta de preparación y de experiencia, hasta por el hecho de que un juez elegido que está en la cárcel no debería de haber logrado su registro. 

    El otro gran tema en las inconsistencias se refiere al uso de acordeones, las listas otorgadas por los partidos políticos para que los ciudadanos votaran por su grupo de candidatos/as. Esto merma la democracia, si existe una estructura partidaria que dice por quién se debe votar, entonces no existe un voto libre y secreto, no hay una condición mínima, indispensable, para que pueda existir.

    Cuando los acordeones que dio el partido en el poder, Morena, coinciden absolutamente con los resultados, lo que se expresa es una “formalización” de una selección previa. Pareciera que los resultados ya se sabían de antemano, con candidatos asociados al partido político que gobierna y que fue el que impulsó y aprobó la reforma. Entonces, esto no fue una elección ciudadana, fue una elección partidista, y eso es preocupante.

    Ante esto, el escenario judicial inmediato, hasta ahora, lo percibo frívolo, en el sentido de que no se han planteado agendas de transformación de fondo, más allá de las formas, como el hecho de deshabilitar el uso obligatorio de togas por parte de los magistrados de la SCJN, por trajes tradicionales indígenas, como expresión de inclusión pluricultural. Algo importante que los nuevos miembros de la SCJN sí tienen que definir apenas comiencen a sesionar, es el valor que tendrán todos los precedentes jurídicos, lo que ha dicho la SCJN en los últimos cien años. O si se recurrirá a una jurisprudencia que omita los precedentes y se inicie de cero por considerar que se tratan de criterios de una clase social favorecida que deben de desecharse.

    Esto significa iniciar de la nada, lo que podría dejar sin un norte jurídico al país. Por ello, las primeras sentencias definirán el valor que los magistrados/as otorguen a ese precedente jurisdiccional y en parte, el proceder futuro de esta importante instancia del Poder Judicial.

  5. Un país ingobernable

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    El abandono gradual del pensamiento cepalino en Brasil desde la década de 1980 y la adopción de las recomendaciones del Consenso de Washington en la década de 1990 condujeron a lo que Luiz Carlos Bresser-Pereira diagnosticó como un período de cuasi estancamiento, marcado por una severa desindustrialización que, con excepciones puntuales, persiste hasta hoy. En respuesta, desde principios de la década de 2000, Bresser-Pereira se ha dedicado a elaborar la teoría del nuevo desarrollismo, haciendo hincapié en la necesidad de neutralizar la «tendencia a la insuficiencia de la demanda» mediante la administración «de la política fiscal y la política monetaria» para permitir «una expansión continua del nivel de producción y ventas» y ha destacado la importancia de construir políticas que reviertan la «tendencia a la sobrevaloración cíclica y crónica del tipo de cambio», para «garantizar el acceso de las empresas que utilizan tecnología de vanguardia a la demanda existente», tanto nacional como internacional.1Luiz Carlos Bresser-Pereira, “Em busca do desenvolvimento perdido”, FGV Editora, 2018, p. 25-26. Para el nuevo desarrollismo, el tipo de cambio es la principal variable de la gestión macroeconómica. Las estrategias de crecimiento «con ahorro externo» y los ciclos de enfermedad holandesa perjudican la competitividad de la industria nacional y desincentivan las inversiones, obstaculizando la sofisticación productiva. Por ello, las políticas fiscales, monetarias e industriales deben ir acompañadas de una política cambiaria.

    En la mañana del 26 de junio, Hugo Fanton y Maria Fernanda Sikorski, editores de Phenomenal World, conversaron con Bresser-Pereira sobre la coyuntura política y económica del tercer gobierno de Lula a la luz del nuevo desarrollismo. A sus 91 años, Bresser-Pereira es uno de los intelectuales más importantes de la historia contemporánea de Brasil. Profesor de la Fundación Getúlio Vargas desde 1959, es economista, politólogo, administrador de empresas y abogado. Fue ministro de Hacienda (1987) en el gobierno de José Sarney y ministro de Administración Federal y Reforma del Estado (1995-1998) y de Ciencia y Tecnología (1999) en el gobierno de Fernando Henrique Cardoso. Desde que dejó la administración pública, se dedica exclusivamente a la vida académica. La entrevista, realizada antes de la amenaza de la subida del 50 por ciento de los aranceles sobre las exportaciones de Brasil a Estados Unidos, analiza las consecuencias de la posición semicolonial de Brasil en el mercado mundial y los obstáculos para el cambio estructural de la economía nacional.

    Entrevista con Luiz Carlos Bresser-Pereira

    hugo Fanton: Ayer, el Congreso Nacional derogó el decreto presidencial que aumentaba las tasas del Impuesto sobre Operaciones Financieras (IOF). Aprovechando este contexto, ¿podríamos comenzar con su análisis de la relación entre los poderes Ejecutivo y Legislativo a lo largo del tercer mandato presidencial de Lula?

    Bresser-Pereira: Desde 2015, cuando el Congreso aprobó una enmienda a la Constitución que hizo obligatorias las enmiendas parlamentarias, Brasil se ha convertido en un país ingobernable, o al menos casi. El poder legislativo federal adopta un sistema electoral absurdo: proporcional, en lugar de mayoritario o distrital, pero con listas abiertas. Esto da lugar a una enorme multiplicación de partidos e implica la elección de un parlamento muy conservador, porque el sistema proporcional de lista abierta hace que las elecciones sean muy caras. Creado por la Constitución de 1988, este modelo solo se ha vuelto gobernable gracias al llamado «presidencialismo de coalición»2El término, acuñado por el politólogo Sérgio Abranches, se refiere a la forma en que el presidente de la República en Brasil forma mayorías parlamentarias. En un sistema caracterizado por un multipartidismo extremo (en las elecciones de 2022 fueron elegidos 23 partidos para la Cámara de Diputados), el apoyo del poder legislativo al gobierno depende de acuerdos (a menudo espurios) y alianzas entre partidos de posiciones heterogéneas en el espectro político.

    En la mayoría de los países desarrollados, el partido que gana las elecciones al Ejecutivo cuenta con una mayoría en el Congreso, si no absoluta, al menos sustancial, lo que le permite, con algunas alianzas, ser capaz de implementar su proyecto político. Debido al sistema de listas abiertas, esto no ocurre de forma tan natural en Brasil. El presidencialismo de coalición fue la solución: el presidente no tenía mayoría en el Congreso, pero podía comprar a los diputados, literalmente. El Gobierno solo liberaba fondos de enmiendas parlamentarias si contaba con el apoyo del Congreso. Era un absurdo que se solucionaba con otro, pero el equilibrio era razonable: se podía gobernar. A partir de 2015, sin embargo, los parlamentarios se hicieron cada vez más «independientes»» del presidente, y se hizo extremadamente difícil gobernar el país.3Dilma Rousseff comenzó su segundo mandato presidencial en enero de 2015 ya bajo presión. El mes de diciembre de ese año estuvo marcado por la ruptura definitiva con el Gobierno por parte de la mayoría de la Cámara de Diputados, presidida por Eduardo Cunha, que inició el proceso de destitución contra Dilma. Paralelamente, también en 2015, el Congreso aprobó la primera Enmienda Constitucional (n.º 86/2015) que convertía las enmiendas parlamentarias en obligatorias; la década siguiente estaría marcada por innumerables medidas destinadas a aumentar la injerencia del poder legislativo en el presupuesto público. Sérgio Abranches aborda este problema de gobernabilidad en una entrevista reciente concedida a Valor Econômico. Afirma que Brasil tiene un Congreso disfuncional, que solo se ocupa de sus propios intereses y no se preocupa en absoluto por el interés público. La mayoría de los diputados y senadores trabajan simplemente para defender sus propias prerrogativas y garantizar su reelección.

    ¿Qué ocurrió en el caso del IOF? El Congreso derogó el decreto presidencial que imponía un aumento de los impuestos. El Gobierno necesita aumentar los impuestos porque el gasto fiscal es muy elevado y, en gran parte, obligatorio. Y seguirá siendo obligatorio, a menos que se adopte una «solución» muy simple: acabar con el bienestar social en el país, acabar con el Sistema Único de Salud (SUS), reducir a la mitad el gasto en educación, dejando, por supuesto, que los rentistas sigan recibiendo intereses reales del 8 o el 9 por ciento anual (lo que supone actualmente alrededor del 9 por ciento o el 10 por ciento del PIB). La falta de apoyo del Legislativo es un problema en sí mismo, pero, además, el volumen de las enmiendas es inmenso y afecta a la capacidad del Gobierno federal para orientar el gasto fiscal y realizar inversiones públicas en mayor cantidad y calidad. Es necesario encontrar una solución a esto porque, en la actualidad, el Gobierno se ve prácticamente imposibilitado para implementar su proyecto político.

    Maria Sikorski: Es un Congreso que defiende la austeridad, porque impone al Gobierno la adopción de una regla fiscal de superávit, pero no ve ningún problema en las enmiendas…

    BP: El Congreso no está a favor de la austeridad. Eso es palabrería. Los economistas ortodoxos sí lo están, pero el Congreso, aunque habla en nombre de la ortodoxia, no sigue en absoluto sus recomendaciones, porque no quiere aumentar los impuestos ni reducir el gasto.

    MS: La teoría del nuevo desarrollismo defiende una forma de ajuste fiscal que permita equilibrar las cuentas públicas sin perjudicar el gasto social y la inversión. En esta línea, en el libro «En busca del desarrollo perdido«, usted defiende un modelo de regla fiscal que adopte un objetivo para el resultado nominal (y no primario), es decir, que incluya el pago de intereses en la cuenta, junto con un objetivo para la inversión pública. Ante esto, ¿cuál es su evaluación del marco fiscal implementado por el Gobierno en 2023, que adopta objetivos de resultado primario y tiene un sesgo superavitario, determinando que la tasa de crecimiento del gasto sea siempre menor que la de los ingresos?

    BP: El techo de gastos anteriormente vigente era absurdo, un país civilizado no haría eso. Ahora bien, cuando se propuso el nuevo marco fiscal para sustituir el techo, durante las negociaciones con el Congreso, había más en juego que simplemente establecer los criterios para obtener un resultado fiscal acordado: el Gobierno también tenía que garantizar la viabilidad del aumento del gasto social prometido por la campaña de Lula. Haddad fue increíblemente hábil al conseguir, ante un parlamento nada cooperativo, garantizar ambas cosas.

    Dicho esto, un objetivo de superávit primario más elevado debe alcanzarse tanto mediante la reducción del gasto como mediante el aumento de los impuestos. El Estado brasileño tiene una responsabilidad constitucional en materia de gasto en salud y educación, y un compromiso creciente con el gasto en asistencia social, no solo porque la población está envejeciendo, sino porque el volumen de las transferencias de renta ha crecido mucho desde la pandemia, lo que ha hecho que programas como el Bolsa Família dejen de ser tan baratos como lo eran inicialmente. Mientras tanto, la carga tributaria brasileña apenas ha variado: desde la década de 2000, ronda el 32 por ciento. Por lo tanto, es evidente que debe aumentar. Se argumenta que la carga tributaria de Brasil es muy elevada, pero eso no es cierto. En el caso de países que nunca han tenido la responsabilidad del bienestar social, podría serlo. Pero nosotros lo tenemos, modestamente, pero lo tenemos: el Sistema Único de Salud es el mayor logro de la democracia brasileña.

    Además, la inversión pública también debe tener espacio en el presupuesto. Históricamente, los intentos de resolver el problema de las inversiones en infraestructura mediante concesiones, asociaciones público-privadas y privatizaciones han fracasado. La privatización de sectores monopolísticos, como es el caso de la infraestructura en general, no tiene ningún sentido. Resulta que, sin aumentar los impuestos, mantener el gasto social y retomar la inversión pública es imposible, pero nadie puede tocar ese tema. Fernando Haddad se esfuerza, pero ayer, por ejemplo, el Congreso anuló una revisión de la carga tributaria que él intentó hacer. Brasil necesita una solución al problema fiscal que haga viable la inversión pública.

    HF: Paralelamente a las disputas fiscales, los enfrentamientos relacionados con la política monetaria también marcan el gobierno. El propio Lula ha criticado repetidamente el elevado nivel (y, durante una parte considerable del actual mandato, creciente) de la tasa básica de interés. ¿Cuál es su lectura sobre la actuación del Banco Central (BC)?

    BP: El otro día le pedí a un asistente de investigación que hiciera un cuadro comparativo, desde 1990, de la evolución de la tasa de interés real en los países de la OCDE, en los grandes países en desarrollo —China, Rusia, India e Indonesia— y en Brasil. Lamentablemente, no tengo los números ahora, pero la figura era más o menos así:

    Dibujo realizado por el entrevistado. En el eje vertical, los intereses reales. En el horizontal, los años. De abajo hacia arriba, las líneas representan: países de la OCDE, grandes países en desarrollo y Brasil.

    El Banco Central opera en este contexto desde hace décadas. La pregunta, entonces, es: ¿por qué los intereses son altos en Brasil?

    Nakano y yo fuimos los primeros en hablar seriamente sobre este tema en Brasil, allá por 2002, cuando publicamos un artículo en el que mostrábamos que nuestra tasa de interés real era muy superior a la tasa internacional sumada al riesgo país y argumentábamos que, dado que la apertura financiera dificultaba la depreciación de la moneda nacional, ese diferencial de intereses existía para atraer capital extranjero. Ese fue, en la práctica, el momento en que rompí con los economistas de Fernando Henrique Cardoso, todos ellos, excepto André Lara Resende, perfectamente neoliberales. Desde entonces, mi explicación de los altos intereses siempre ha tenido dos factores: la necesidad de atraer capitales y el poder político del sistema financiero-rentista brasileño.

    Recientemente, sin embargo, publiqué un análisis en Valor Econômico añadiendo otra idea (que merece, por cierto, una investigación más seria): además de los factores políticos y económicos, la tasa de interés en Brasil es alta porque se ha convertido en algo habitual. Identifico dos hechos históricos esenciales para la creación de esta costumbre. El más importante, en mi opinión, ocurrió en 1964, con el golpe militar.

    Los militares recuperaron el sistema de libretas de ahorro y establecieron que estas inversiones se remunerarían con un tipo de interés real —no nominal— del 6 por ciento anual. Hoy en día, muchos capitalistas del Norte global se conforman con un 3 por ciento. Unos intereses reales del 6 por ciento anual eran absolutamente incompatibles con la naturaleza de las libretas de ahorro, pero nadie cuestionó la decisión. Desde la década de 1930 existía una ley contra la usura (vigente hasta hoy) que penalizaba el cobro de intereses reales superiores al 12 por ciento anual. Al parecer, pagar la mitad de eso por un producto de renta fija con riesgo prácticamente nulo parecía estupendo.

    El segundo hecho histórico se remonta a la redemocratización. El texto de la Constitución de 1988 establecía un límite máximo para los intereses reales del 12 por ciento anual, reforzando el criterio de la ley contra la usura. La adopción de un techo constitucional para los intereses fue obra de mi querido amigo Fernando Gasparian, que luchó mucho por ello durante la constituyente. El Congreso acabó aprobando el techo, pero con ese valor anual del 12 por ciento. Esto ya ilustra lo complicada que era la cuestión: si, por un lado, había un límite, por otro, ¡el límite era altísimo!

    Pero, aunque el límite era alto, la cuestión no pasó desapercibida. El mercado financiero protestó, los economistas dijeron que no era compatible con la realidad macroeconómica del país y, al cabo de un tiempo, el artículo acabó siendo derogado de la Constitución. A partir de ese enfrentamiento, los altos tipos de interés se consolidaron como un hecho natural. Por eso digo que es una cuestión de costumbre: en Brasil, unos tipos de interés reales del 4 por ciento o del 6 por ciento son absolutamente habituales. El resultado es una gigantesca captura del patrimonio público: recursos que podrían destinarse a la inversión productiva se desvían hacia el mercado financiero.

    Hay dos capturas fundamentales del patrimonio público brasileño. La de los intereses es, con mucho, la más importante. La otra es el resultado de los privilegios de la burocracia pública. Cuando fui ministro de Fernando Henrique y llevé a cabo la reforma administrativa, intenté limitar este segundo problema. En aquella época, inventé la historia de utilizar el salario de los ministros del Tribunal Supremo Federal, sin ningún tipo de complemento, como techo para la remuneración en la función pública. Logramos aplicar esto durante algún tiempo, pero los extras pronto volvieron a aparecer, esta vez, por supuesto, debidamente «legalizados» por el Supremo. Pero, en cualquier caso, los privilegios de la alta burocracia son calderilla comparados con los intereses.

    MS: Aprovechando el tema de la política monetaria: ¿y el objetivo de inflación vigente hoy en día? ¿Debería ser más alto?

    BP: Sin duda, debería ser más alta. La inflación no es buena, pero una inflación del 5 es más que normal en un país como Brasil. La economía es capaz de ajustarse a ese nivel, lo que permitiría incluso adaptaciones razonables en los precios relativos. Esto facilitaría el trabajo del Banco Central.

    Me han preguntado cuál es mi opinión sobre la actuación del Banco Central. Aunque esta última subida de los tipos de interés ha sido un poco brusca, creo que Galípolo ha hecho más o menos lo que tenía que hacer, porque la inflación estaba aumentando. Como hemos comentado, el trabajo del Banco Central está rodeado de condicionantes que determinan una especie de «suelo» para los tipos de interés brasileños. Este piso también tiene otra consecuencia. Hay países que combaten la inflación aumentando los tipos de interés reales del 0 o del 1 al 3 por ciento, por ejemplo. Aunque se trata de un aumento considerable, son solo dos o tres puntos porcentuales. En Brasil, para combatir la inflación, se aumenta el tipo de interés real en cuatro o cinco puntos porcentuales.

    MS: ¿Por qué es débil la transmisión de la política monetaria?

    BP: Sí. Pero ¿por qué es débil? Se pueden hacer todos los estudios econométricos que se quiera, esto es consecuencia de los factores que establecen la base de los tipos de interés reales. En lugar de hablar de mecanismos de transmisión, suelo plantear la cuestión en términos más sencillos: una cosa es salir del 1 por ciento y otra muy distinta es salir del 5 por ciento.

    MS: En 2023 y 2024, el crecimiento medio anual de Brasil fue del 3,3 por ciento, con un crecimiento medio per cápita del 2,9 por ciento. Es una cifra muy superior a la registrada en el periodo 2015-2022, en el que el PIB se estancó casi por completo, con un crecimiento medio anual del 0,2 por ciento. ¿Cómo interpreta usted esta recuperación?

    BP: Desde 1999, cuando dejé el gobierno de Fernando Henrique, vengo hablando del casi estancamiento de la economía brasileña. Pero el crecimiento per cápita que usted señala no puede calificarse de casi estancamiento. Esto ha sorprendido a los economistas en general: las proyecciones económicas han fallado mucho en los últimos tres años, porque es una cuestión realmente difícil de explicar.

    En relación con períodos anteriores, lo nuevo en este intervalo que usted menciona, a partir de 2015, es que llevamos diez años sin la enfermedad holandesa, porque el precio de las materias primas exportadas por Brasil no es alto y, por lo tanto, no ha provocado una apreciación del tipo de cambio lo suficientemente significativa como para hacer inviable la competitividad de la industria nacional. Desde la década de 1990, Brasil ha tenido dos ciclos de enfermedad holandesa: el primero (que comenzó en la última década del siglo pasado) terminó a mediados de la primera década de este siglo, y el segundo terminó en 2015. Desde entonces, el ciclo se ha detenido y el tipo de cambio se encuentra en un nivel razonable para la industria, que, aunque no avanza, tampoco se contrae. Si no me equivoco, la participación de la industria en el PIB se ha estancado en torno al 11 por ciento.

    Dicho esto, en relación con el crecimiento de 2023 y 2024, la única explicación que se me ocurre ahora es que el aumento del gasto fiscal generó un aumento de la demanda. En el gobierno de Bolsonaro, debido a la pandemia, hubo un aumento sustancial del gasto público. En el actual gobierno de Lula, para cumplir con las propuestas de campaña, hubo otro. Estos son factores del lado de la demanda que dan un mayor estímulo a la economía.

    El problema es que, si este análisis es correcto, esto puede fomentar una perspectiva populista de la economía: aunque los resultados a corto plazo sean positivos, una eventual mala gestión de las cuentas públicas puede acabar no solo revirtiendo estos efectos, sino también perjudicando la viabilidad de un proyecto de desarrollo a largo plazo4Los ciclos históricos de populismo económico en Brasil, tanto de izquierda como de derecha, han sido analizados por Bresser-Pereira en diversos momentos de su producción intelectual. El libro Populismo econômico: ortodoxia, desenvolvimentismo e populismo na América Latina (Populismo económico: ortodoxia, desarrollismo y populismo en América Latina), organizado por el entrevistado y publicado en 1991, es una obra seminal que puede consultarse (<)a href='https://www.bresserpereira.org.br/books/populismo-economico/000-populismo-economico.pdf'(>)aquí(<)/a(>). El presupuesto debe hacer frente a gastos como los que acabamos de mencionar, pero no solo eso. Al principio hablamos de la importancia de un déficit nominal pequeño —en lugar de un superávit primario grande— para el desarrollo, porque el resultado primario, aunque tiene cierta lógica en lo que respecta a la imposición de límites al crecimiento de la deuda pública, también tiene el elemento ideológico de ocultar los intereses. Defiendo la adopción del resultado nominal como criterio porque es esencial, evidentemente, que paguemos menos intereses. Pero también es importante que haya espacio fiscal para la inversión pública.

    HF: Aprovechando el tema de la enfermedad holandesa, ¿podría hablar más sobre la relación entre la política cambiaria y el desarrollo en Brasil?

    BP: Entre 1950 y 1980, Brasil creció de manera extraordinaria. Después de Japón, fue el país que más creció en el mundo. ¿Y qué pasó con el tipo de cambio a partir de los años 50? Se controló. Las tarifas fueron uno de los principales mecanismos. Desde la ley de tarifas de 1958, empezamos a adoptar barreras arancelarias bastante altas, que funcionaban como instrumento de depreciación de la moneda. Antes de eso, adoptábamos mecanismos de control de las importaciones, subastas de divisas y sistemas de control del tipo de cambio.

    De todas las variables que influyen en el desarrollo económico, en mi opinión, el tipo de cambio es una de las más importantes. La más importante es la tasa de beneficio: sin beneficio no hay capitalismo. Tiene que haber una tasa de beneficio razonable para que haya inversión. El tipo de interés es importante, por supuesto, pero, como hemos comentado, el Banco Central opera dentro de un marco determinado. En resumen, el Gobierno necesita una política cambiaria.

    Hay dos causas principales para una apreciación cambiaria por encima del límite saludable para la industria nacional. Una de ellas es la enfermedad holandesa, que tiene carácter cíclico. La segunda, también fundamental para la teoría del nuevo desarrollismo, es el déficit en cuenta corriente. Cuando hay déficit en cuenta corriente, se produce necesariamente una apreciación correspondiente del tipo de cambio, simplemente porque, en términos líquidos, entra más capital del que sale.

    El déficit en la balanza por cuenta corriente debe cerrarse de alguna manera. Mediante la reducción de las reservas, es posible cerrarlo sin una entrada de capital. Pero, suponiendo que el Gobierno no pretenda tocar las reservas, el país debe adoptar una política orientada a reducir a cero el déficit en la balanza por cuenta corriente. Si la balanza por cuenta corriente es consumo, el déficit en la balanza por cuenta corriente es consumo extra. En otras palabras, el país está consumiendo más de lo que produce. Reducir el déficit a cero implica, por lo tanto, apretarse el cinturón. Esto significa reducir los salarios. Es algo que solo se puede hacer al comienzo de un gobierno, nunca al final.

    Resulta que, en Brasil y en América Latina en general, existe la creencia religiosa de que el déficit en la cuenta corriente es bueno, porque es crecimiento con ahorro externo. Al comienzo del gobierno de Fernando Henrique, la estrategia de desarrollo que se adoptaría era una gran cuestión. La respuesta fue muy simple: crecimiento con ahorro externo. Uno de los pilares fundamentales del nuevo desarrollo, sin embargo, es exponer que no hay crecimiento sostenible con ahorro externo, porque eso aprecia el tipo de cambio y mina la competitividad de la industria nacional.

    Recientemente publiqué un nuevo libro, titulado «Proyecto nacional contra el casi estancamiento» (2025), en el que defiendo dos cosas. En primer lugar, que el Ministerio de Hacienda debe reconocer que Brasil es susceptible al problema de la enfermedad holandesa —por mucho que no se manifieste ahora— y, por lo tanto, si se produce un nuevo ciclo de aumento de los precios de las materias primas, debe hacer todo lo posible para evitar que la industria se vea perjudicada. Segundo, que el Ministerio de Hacienda debe contar, al menos, con un pequeño departamento dedicado a la política cambiaria, es decir, que el ministerio debe preocuparse por tener un grado razonable de control sobre el tipo de cambio.

    He defendido esto desde el comienzo del tercer mandato de Lula, pero no se ha hecho nada. La principal justificación es que el Gobierno ya se enfrenta a tantos problemas con el «mercado» que una política cambiaria podría convertirse en una fuente más de conflicto. Pero hay un error en este cálculo político: conquistar el mercado financiero es imposible. El Gobierno acaba de aprender una lección en este sentido.

    MS: En este contexto, ¿cómo analiza la reanudación de la política industrial por parte del actual Gobierno, representada por programas como la Nueva Industria Brasil y el nuevo PAC? ¿Puede interpretarse como un primer paso hacia la adopción de un proyecto nacional de desarrollo en un sentido más amplio?

    BP: La política industrial solo es barata si se trata de aranceles. La política industrial más importante que se ha registrado en toda la historia del capitalismo se llama arancel aduanero. Todos los países desarrollados, empezando por Inglaterra, se desarrollaron adoptando aranceles aduaneros elevados. Pero en Brasil y en América Latina, el lavado de cerebro llevado a cabo por el liberalismo económico fue tan brutal que hizo que los economistas lo olvidaran. Siguen argumentando a favor de la política industrial, pero no incluyen los aranceles en su marco. Es ridículo. Sin aranceles, la política industrial se convierte en un simple subsidio. Los aranceles no son caros: son un impuesto que se crea. No hay que hacer como Trump, claro, pero es un instrumento que Brasil puede utilizar.

    Apoyo al Gobierno, pero no puedo decir que esté tratando de encabezar un proyecto de desarrollo. Brasil sigue dominado por el liberalismo económico. Los propios Estados Unidos ya han abandonado este tipo de ideología, Europa va más o menos por el mismo camino, pero nosotros seguimos presos de ella.

    Brasil no tiene una política de desarrollo desde hace mucho tiempo. Los militares tenían una. Getúlio Vargas tuvo una. Pero desde la década de 1980 —con alguna excepción en los primeros mandatos de Lula, porque hubo un gran esfuerzo por ampliar la política social, aunque eso no constituía exactamente una estrategia de desarrollo— no tenemos una política de desarrollo.

    HF: ¿Las condiciones históricas actuales impiden la reanudación de un régimen de crecimiento como el que existió hasta la década de 1980?

    BP: No creo que lo haga inviable, pero estoy convencido de que Brasil solo saldrá de esta situación, que en mi opinión sigue siendo de casi estancamiento, cuando abandone el liberalismo. Aunque en los últimos tres años se ha producido cierto crecimiento, lo cierto es que no existe nada parecido a un verdadero proyecto de desarrollo, simplemente porque no existe un proyecto de desarrollo liberal: el proyecto liberal es no hacer nada. Nuestra apertura comercial y financiera fue un desastre. Además, hay una cuestión de economía política: el Gobierno pasa por elecciones, se enfrenta al Congreso… Para que un proyecto de desarrollo sea viable, la sociedad en su conjunto tiene que estar unida en torno a él.

    MS: Cuando Lula fue elegido, el presidente de los Estados Unidos era Joe Biden, que pretendía convertir al país en «una economía moderna impulsada por la oferta«, en palabras de Janet Yellen.

    BP: Desarrollista, claramente. 

    MS: Exacto. Pero dos años después, a mitad del mandato presidencial de Lula, asumió Trump. ¿Ve usted alguna ruptura en la dinámica de inserción externa de Brasil entre los mandatos de Biden y Trump?

    BP: l período reciente ha registrado un giro político en Estados Unidos. Si en la década de 1980 hubo un giro neoliberal, entre 2017 y 2022 hubo un giro desarrollista, fundamentalmente como consecuencia del éxito de China. En mi opinión, ese es el factor más importante a tener en cuenta. No veo una gran ruptura entre Biden y Trump. Se puede decir que el giro desarrollista se extiende hasta hoy, pero, en el caso de Trump, prefiero caracterizar la política como intervencionista. Es un gobierno caótico —tanto es así que se ha ganado el apodo de TACO (Trump Always Chickens Out, Trump siempre se acobarda)—, que constantemente da marcha atrás en sus decisiones.

    HF: ¿Este giro desarrollista en Estados Unidos altera las condiciones para la formulación de políticas públicas en Brasil?

    BP: Es de esperar que, como de costumbre, al cabo de ocho o diez años, Brasil se dé cuenta de que el liberalismo económico no funciona. Lula y Haddad lo saben muy bien, pero es importante que el Congreso, que hoy se asocia con el rentismo, entienda esta cuestión, y también es necesario que los empresarios aprendan. Entonces, quién sabe, tal vez se den las condiciones para elaborar un proyecto de desarrollo, pero llevará tiempo.

    La reacción de Brasil siempre llega con mucho retraso. Esto se debe a que somos una colonia. Hasta 1822, Brasil fue un país colonial. Luego, hasta 1930, fue semicolonial. Se convirtió en un país independiente a partir de la década de 1930, pero esa condición solo duró hasta 1990, cuando Brasil, que antes se sometía a Inglaterra y Francia, se sometió a Estados Unidos. Fue un retorno a la condición semicolonial.

    Desde los años noventa, el neoliberalismo ha sido el instrumento fundamental del imperialismo para impedir el desarrollo de Brasil. Hubo un último intento desarrollista en el gobierno de Sarney (1985-1990). Yo, que fui ministro de Hacienda durante poco más de siete meses, en cierta medida acabé siendo derrotado, fíjese, por los propios desarrollistas. Sarney ya no quería hacer ajustes fiscales y yo vi que no tenía posibilidades de permanecer en el Gobierno, así que me fui. Y entonces, en un año y medio y a lo grande, Maílson [da Nóbrega] llevó a Brasil a la hiperinflación. En el último mes del Gobierno de Sarney, la inflación fue del 82 por ciento.

    Pero, volviendo al tema, la razón por la que la reacción de Brasil siempre llega tarde es porque es un país semicolonial y, por lo tanto, tiene una cultura económica sumisa, que asume valores ajenos, en este caso, los valores neoliberales. Para un país sumiso, deshacerse de esos valores es un proceso lento y difícil, mientras que el país que somete, al ser metrópoli, lo consigue más rápidamente.

    HF: ¿Cómo pueden las contribuciones del nuevo desarrollismo cambiar el rumbo de Brasil?

    BP: He formulado una respuesta detallada a esta pregunta en el apéndice del libro «El nuevo desarrollismo«, publicado el año pasado. Allí comienzo el análisis en la década de 1970, porque entiendo que fue la última década en la que Brasil creció de manera satisfactoria. Se puede decir que en los primeros gobiernos de Lula el país creció de manera razonablemente satisfactoria, pero el boom de las materias primas fue muy violento. En mi opinión, dos cuestiones fundamentales separan las condiciones económicas actuales de las que impulsaron el crecimiento hasta la década de 1970.

    La primera es que la inversión pública cayó mucho, porque el ahorro público cayó mucho. En la década de 1970, había alrededor de un 4 por ciento de ahorro público. A principios de la década de 1980, el país registraba un 2 por ciento de ahorro público negativo. Es decir, solo en ese período, hubo una caída de seis puntos porcentuales. Es una locura. Los impactos de esto en el crecimiento brasileño fueron muy grandes. El ahorro público es relevante porque si el Estado no tiene capacidad de ahorrar, no puede invertir. El Estado necesita invertir en infraestructura, en los sectores monopolísticos. No defiendo la estatización de forma genérica, sino que el Estado debe invertir en los sectores monopolísticos.

    La segunda es la dinámica del tipo de cambio. Hubo mucha privatización en ese período, lo que contribuyó a la reducción de la inversión pública y, en teoría, debería haber estimulado al sector privado a aumentar su tasa de inversión. Pero la inversión pública cayó y la del sector privado se mantuvo igual, no aumentó nada. Esto se debe al tipo de cambio. El tipo de cambio se apreció tanto que, en varios momentos, hizo inviable la inversión privada. Si para el sector público la variable clave es la cuestión fiscal, para el sector privado es el tipo de cambio. Por eso es necesario contar con una política cambiaria que contemple tanto el déficit en cuenta corriente como los posibles ciclos de enfermedad holandesa.

    En resumen, en términos macroeconómicos, además de todo lo que todo el mundo ya sabe que hay que hacer, el nuevo desarrollismo defiende la adopción de una política cambiaria decente, que mantenga el tipo de cambio razonablemente competitivo para la industria, y un volumen de inversión pública sustancialmente mayor. Además, desde el punto de vista de la economía política, un proyecto nacional de desarrollo —en Brasil, en América Latina o en cualquier país subdesarrollado del mundo— debe ser necesariamente antiimperialista, porque debe combatir el liberalismo económico. Furtado y Prebisch eran antiimperialistas. Formaban parte de la CEPAL, un organismo de la ONU, por lo que adoptaban términos como «centro» y «periferia», pero su lucha era contra el liberalismo económico, es decir, contra el imperio.

    Verá, yo creo que el mercado es mejor que el Estado para coordinar el sistema económico de empresas competitivas. Pero hay que entender que eso no es suficiente, que el Estado debe intervenir moderadamente en la economía para elaborar y dirigir un proyecto de superación del subdesarrollo. Y eso implica adoptar una política antiimperialista. La política de sustitución de importaciones en Brasil era antiimperialista. Sin embargo, desde que dejamos de ser independientes, el principal instrumento del imperialismo para frenar nuestro desarrollo ha sido el liberalismo económico.

    HF: ¿Hay que afrontar la cuestión de la dependencia?

    BP: Después de dejar el gobierno de Fernando Henrique, decidí releer Dependencia y desarrollo en América Latina. Solo entonces descubrí realmente qué era esa «dependencia asociada». Poco después, publiqué un artículo titulado «Del ISEB y la CEPAL a la teoría de la dependencia», trabajo que inauguró mi crítica a la teoría de la dependencia.

    El hecho histórico que trastornó a Fernando Henrique, como ya lo había trastornado a Hélio Jaguaribe, fue el siguiente: en la época de la sustitución de importaciones, los antiimperialistas —o nacionalistas— brasileños decían que Estados Unidos —el «centro»— estaba en contra de la industrialización de Brasil. Sin embargo, a partir de la década de 1950, las grandes empresas estadounidenses comenzaron a invertir en Brasil, seguidas luego por las europeas y japonesas. ¿Cómo se explicaba entonces que el centro estuviera en contra de la industrialización de la periferia? Jaguaribe intentó dar una respuesta y, diez años después, Fernando Henrique concluyó el razonamiento: si el papel del imperialismo es impedir la industrialización de los países subdesarrollados, el hecho de que las empresas del «centro» invirtieran en Brasil solo podía significar que no había imperialismo, porque esas empresas estaban ayudando al país a industrializarse.

    Es un razonamiento lineal, nada dialéctico, nada inteligente. El gran error de esta explicación es ignorar que una cosa son las empresas estadounidenses y otra es el Estado. Las empresas necesitan beneficios y los buscan donde pueden. Como he comentado anteriormente, Brasil y otros países de América Latina, cuando adoptaron la política de industrialización mediante la sustitución de importaciones, aumentaron considerablemente los aranceles aduaneros. Esto hizo que las empresas extranjeras perdieran mercado. La única forma de recuperar una parte de ese mercado era invertir en la industria de esos países. Pero había, hasta cierto punto, una contradicción entre los intereses privados y los intereses del Estado estadounidense. Y quien no estaba (y no está) interesado en la industrialización y el desarrollo de Brasil era el Estado. Para mí, ese es el punto ciego de la teoría de la dependencia de Fernando Henrique. Años más tarde, en la práctica, también quedó claro que crecer con ahorro externo no funciona.



  6. Características chinas

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    Para Estados Unidos y sus aliados, el ascenso de China desde su rol como centro de manufactura de bajo costo hasta convertirse en la principal potencia industrial y en tecnología avanzada del mundo representa un desafío fundamental para el orden internacional establecido después de la Segunda Guerra Mundial. La competencia cada vez más intensa por las cadenas de suministro de tecnologías críticas y sectores estratégicos refleja luchas más amplias por definir la dinámica de poder en un panorama global en transformación. Pero para muchos países del Sur Global, China es tanto un importador que moldea sus economías como un modelo potencial de desarrollo soberano.

    Para explorar estas cuestiones, Maria Sikorski, editora de Phenomenal World, conversó con Xiaoyang Tang, director y profesor del Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad de Tsinghua en Pekín y experto del China Forum. Su conversación abordó la trayectoria del desarrollo de China, las complejidades de sus relaciones entre el Estado y las empresas y su influencia en la proyección económica exterior, su papel en la gobernanza global y sus respuestas a los recientes cambios geopolíticos y geoeconómicos.

    Una entrevista con Xiaoyang Tang

    Maria Sikorski: Algunos observadores externos han caracterizado el desarrollo chino en contraste con el llamado “Consenso de Washington”. Sin embargo, en sus escritos, incluido su libro de 2021, usted cuestiona la idea de un único “Consenso de Beijing” al introducir el concepto de pragmatismo coevolutivo. ¿Qué nos dice este concepto sobre la propia historia de desarrollo de China y sobre su enfoque hacia otras naciones en desarrollo?

    xiaoyang tang: El Consenso de Washington adoptó una lógica estricta de mecanismos causales e intentó generalizarlos: estipula variables estáticas que deberían conducir a resultados específicos. Identifica una relación de causa y efecto entre factores como el libre mercado y el crecimiento económico.

    La experiencia china sugiere que analizar el desarrollo económico bajo esta lógica es excesivamente simplista, y que la cultura, las instituciones económicas existentes e históricas, el estilo del sistema educativo, la forma de gobierno, entre otros, deben avanzar de manera conjunta en el proceso de modernización de un país.

    Considero que el concepto de pragmatismo coevolutivo explica mejor esta relación multidimensional e interactiva. La forma de gobierno no es un factor determinante del crecimiento económico; está correlacionada con él. Para que la economía crezca, la forma de gobierno debe adecuarse a las condiciones económicas del momento, y debe adaptarse a medida que la economía evoluciona. En este tipo de relación multidimensional, no existe un modelo fijo ni para el gobierno ni para la estructura económica que garantice el desarrollo. En cambio, se adopta una visión pragmática que ajusta diferentes factores dentro de un sistema más amplio para lograr una mejor articulación entre ellos en cada etapa del desarrollo. A diferencia de las prescripciones del Consenso de Washington, la búsqueda de la combinación adecuada de variables será dinámica, variando según el contexto nacional y el momento histórico.

    Eso es lo que China ha venido haciendo durante los últimos cuarenta o cincuenta años. El experimentalismo y el cambio gradual le han permitido encontrar la combinación adecuada en cada periodo histórico.

    MS: ¿Cómo influye la historia de China en su enfoque hacia el desarrollo y las finanzas internacionales? ¿Qué guía los proyectos de infraestructura chinos en el exterior y la cooperación económica a través del comercio y la inversión extranjera directa?

    xt: Cuando se habla de desarrollo y financiamiento internacional, la construcción de infraestructura, el comercio y la inversión, todas estas cuestiones convergen en la cuestión central de la modernización. Los países que no forman parte de Occidente fueron y siguen siendo impulsados a seguir el camino occidental, debido al enorme impacto que tuvo la modernización occidental sobre la capacidad productiva, un proceso ante el cual ningún país pudo mantenerse al margen.

    China aprendió esta lección a lo largo de más de un siglo. Con las reformas de mercado de 1978, comprendió que, para modernizarse, era necesario fomentar la productividad económica operando en el mercado global y poniendo un nuevo énfasis en la infraestructura y la tecnología. Los enfoques chinos en materia de comercio, inversión y construcción de infraestructura están estrechamente ligados a este proceso de modernización: para aumentar la productividad a través del mercado mundial, es indispensable contar con suficiente infraestructura que permita el flujo de mercancías, mano de obra e información. Este intercambio posibilita la ampliación de la producción y de la economía, lo que impulsa la industrialización y, a su vez, estimula una mayor expansión del mercado. Esta lógica es la que guía el enfoque chino hacia su proyección económica internacional.

    MS: Su trabajo se ha centrado en los asuntos chinos en África. ¿Podría explicar cómo esta visión amplia del desarrollo económico chino ha influido en sus actividades en el continente africano? ¿Hasta qué punto el involucramiento de China ha logrado impulsar el desarrollo industrial y la transformación estructural en África, en lugar de simplemente exportar su exceso de capacidad productiva o garantizarse el acceso a materias primas?

    xt: Mi investigación sobre las relaciones sinoafricanas comenzó con la observación directa de asociaciones económicas en el terreno. A comienzos del siglo XXI, la cooperación económica entre China y África creció tanto que atrajo la atención mundial de responsables políticos, actores económicos e investigadores, y yo fui uno de los primeros en tener la oportunidad de hacer trabajo de campo en la región. Viajé por primera vez a África en 2007 y llevo casi veinte años trabajando en este tema.

    Como el continente más subdesarrollado del mundo, África tiene un potencial considerable, pero enfrenta numerosos desafíos. Muchas potencias coloniales y antiguas superpotencias, como Estados Unidos y la Unión Soviética, trabajaron en África con diversos enfoques en sus relaciones bilaterales, pero hicieron poco para facilitar el desarrollo africano.

    China es en la actualidad el principal socio comercial de África, mientras que India ocupa el segundo lugar. Esta dinámica forma parte de un fenómeno más amplio de cooperación Sur-Sur, vinculado a la estructura económica global emergente. En el presente siglo, las economías desarrolladas como Europa y Estados Unidos comparten muy pocos, si es que realmente alguno, intereses sustanciales con África. Su involucramiento en el continente se limita, en gran medida, a ofrecer cierta ayuda a cambio de petróleo y otros recursos naturales.

    Cuando China comenzó a trabajar con los países africanos, si bien los recursos naturales eran una parte importante de la cooperación, no eran el único componente. (Por ejemplo, la inversión china en el sector minero, aunque significativa, sigue siendo menos de la mitad de la realizada por sus contrapartes occidentales). Los lazos diplomáticos establecidos durante la época de la descolonización fueron fundamentales. Estos vínculos históricos, junto con el incipiente proceso de industrialización en África, abren nuevas posibilidades para el crecimiento chino. El creciente impulso de los gobiernos occidentales por desvincularse del comercio con China, junto con la saturación de sus propios mercados internos, obliga a China a buscar nuevas oportunidades de crecimiento. Si los países africanos logran industrializarse, pueden convertirse en socios económicos poderosos.

    China invierte en infraestructura, apoya la creación de fábricas locales para desarrollar industrias de procesamiento en sectores como la agricultura y la minería, promueve el fortalecimiento de capacidades y la educación, y comparte las lecciones extraídas de su propia experiencia de desarrollo. En Zambia y Malawi, por ejemplo, China-Africa Cotton Co., además de cultivar algodón, ha establecido fábricas textiles y plantas de extracción de oleaginosas 1Xiaoyang Tang (2021) Adaptation, innovation, and industrialization: the impact of Chinese investments on skill development in the Zambian and Malawian cotton sectors, Journal of Chinese Economic and Business Studies, 19:4, 295-313. DOI: 10.1080/14765284.2021.1943734 Hace una década, China Nonferrous Metals Corporation ya estaba desarrollando una zona industrial de procesamiento de minerales en la región de Chambishi, en Zambia, con el objetivo de aumentar el valor de las exportaciones de cobre en bruto. 2Deborah Bräutigam, Xiaoyang Tang. “Going Global in Groups”: Structural Transformation and China’s Special Economic Zones Overseas/ World Development, Vol. 63, pp. 78-91, 2014.

    MS: ¿Cómo se compara la experiencia africana con la de otras regiones del mundo donde China lleva a cabo actividades económicas y diplomáticas? En el caso de América Latina, China es un socio comercial importante, pero su rápido desarrollo económico también se ha asociado con la “reprimarización” de las economías locales, orientadas a abastecer productos primarios como soya, carne y minerales en bruto, entre otros.

    xt: América Latina es bastante diferente de África. La región solía tener niveles industriales mucho más avanzados que China, pero ha experimentado un proceso de desindustrialización en las últimas décadas, el cual ya estaba en marcha incluso antes del ascenso chino.

    La desindustrialización de América Latina fue impulsada por la adopción de políticas neoliberales en los años 80 y 90, cuando los países abandonaron los antiguos enfoques estructuralistas del desarrollo. Estos patrones son muy distintos a los de muchos países africanos, que nunca han tenido niveles avanzados de actividad industrial.

    Las estructuras sociopolíticas también son muy diferentes, al igual que la mecanización, la productividad y las relaciones laborales en sectores primarios como la minería y la agricultura. El caso latinoamericano no se parece en nada al proceso de industrialización desde cero que está ocurriendo en muchos países africanos. En América Latina, en muchos casos, ya existe una estructura moderna, y ahora, debido a ciertos cambios en las políticas, se busca reactivar la industrialización.

    Yo diría que la participación de China en América Latina se ha acelerado en la última década porque la industrialización china ha alcanzado un nivel comparable al de América Latina, superando a la región en algunos sectores, aunque no en todos, por ejemplo, el sector de fabricación de aviones de Brasil está por delante del chino.

    Esto significa que ambos socios pueden encontrar más oportunidades para colaborar. El sector de vehículos eléctricos es un ejemplo claro: China tiene grandes capacidades productivas y América Latina cuenta con enormes mercados. La inversión china en la región, con la construcción de plantas de vehículos eléctricos, puede contribuir a reactivar la industria en América Latina. Hace diez años, esto no era factible, ya que la industria automotriz china aún se encontraba en una etapa muy incipiente.

    Ahora que China ha alcanzado un nivel avanzado, puede permitirse invertir en proyectos como el ferrocarril que conecta Brasil con Perú y el puerto de Chancay. Estas inversiones permiten a América Latina aumentar sus exportaciones a Asia y reducir su dependencia del Canal de Panamá y del mercado estadounidense. Pienso que estas son las nuevas tendencias para China y América Latina. Con niveles industriales más similares, ambas regiones pueden ahora encontrar nuevas complementariedades.

    MS: Al hablar de las relaciones sinoafricanas y sino-latinoamericanas, usted ha señalado que la cooperación económica constituye el núcleo central. ¿Cómo se coordinan o en qué difieren las instituciones estatales chinas y las empresas en sus enfoques de proyección exterior? ¿Cómo entienden e interpretan los empresarios y los funcionarios del Partido el papel de China en los asuntos globales?

    xt: Los actores chinos no pueden dividirse simplemente entre públicos y privados. En China, hay mucha competencia, incluso dentro del llamado sector público. Empresas estatales como Sinopec y ChinaOil compiten entre sí; provincias enteras compiten entre sí. Mientras tanto, el llamado sector privado no es tan privado. Huawei es un ejemplo evidente. Es una empresa de propiedad privada que incluso trata de distanciarse del gobierno chino debido a problemas legales y de reputación en el extranjero. Sin embargo, Estados Unidos y otros gobiernos occidentales aún consideran su tecnología crítica como un factor relevante en la economía china, y eso influye en cómo opera la empresa a nivel mundial.

    No solo Huawei, sino también Alibaba, Tencent, incluso BYD: todas son empresas de propiedad privada, pero componentes fundamentales del sistema económico chino. Por lo tanto, cuando estas empresas invierten en el extranjero, por ejemplo, ciertamente están representando la imagen de China y contribuyendo a su política.

    Tomemos como ejemplo la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI, Belt and Road Initiative), que tiene una estrategia bastante flexible y amplia. Cuando empresas chinas invierten en lugares como Brasil y Colombia, eso puede considerarse parte de la BRI. Así de complejo y diverso es el sistema chino.

    Al mismo tiempo, para un observador externo, la actividad china puede parecer unificada, ya que todos estos actores comparten una visión similar del desarrollo. Cuando el gobierno busca promover la cooperación internacional, recurre tanto a empresas estatales como privadas para llevar a cabo sus proyectos. Al participar en ellos, estas empresas pasan a formar parte de la política exterior china.

    China es una unidad con muchas complejidades y diversidades; no se divide simplemente en sectores público y privado.

    MS: ¿De qué maneras China está trabajando simultáneamente dentro del orden internacional existente y tratando de reformarlo? Tanto en lo que respecta a la gobernanza global y sus instituciones, como en las prácticas comerciales y de inversión.

    xt: China colabora con una amplia gama de instituciones internacionales, ya sean parte del orden internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial o entidades orientadas a reformar la gobernanza global. Continúa participando en el sistema de las Naciones Unidas para fortalecer el multilateralismo, la paz y la seguridad. Es un accionista principal en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y en el Banco Mundial, aunque China no está satisfecha con estas instituciones, ya que promueven de manera evidente una visión dominada por Washington. Sigue siendo miembro de la Organización Mundial del Comercio (OMC)a pesar de los conflictos comerciales y la campaña de Estados Unidos en los últimos años para debilitar su autoridad. Aun así, China está explorando formas de trabajar con Europa y otros países para, con suerte, reinstaurar el orden comercial, aunque con el actual presidente de Estados Unidos existen motivos para ser pesimistas respecto a los resultados en los próximos cuatro años.

    El objetivo de China es hacer que todo el entorno internacional sea más favorable al desarrollo económico, no solo para un pequeño grupo de países avanzados, sino para todos. Coherente con este enfoque pragmático coevolutivo, China participa en esfuerzos por ampliar el horizonte de la gobernanza global, uniéndose a los BRICS, estableciendo el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura y apoyando a la Organización de Cooperación de Shanghái. Para alcanzar el objetivo del desarrollo económico, se necesita que diferentes variables trabajen juntas, razón por la cual China no tiene un plan único y directo para preservar o reformar el orden global existente. En su lugar, el pragmatismo la lleva a actuar dentro de las instituciones existentes mientras experimenta con nuevas. El experimentalismo y el gradualismo también orientan este enfoque hacia la gobernanza global.

    MS: ¿Cómo caracterizaría usted la evolución de la política exterior de China, particularmente hacia el Sur Global, a la luz de los dramáticos conflictos geopolíticos y comerciales? ¿Cuáles son los puntos de inflexión o las lecciones aprendidas que darán forma a la próxima fase del compromiso exterior de China?

    xt: Durante los últimos veinte años, China le ha dado mucha importancia a la colaboración con los países del Sur Global. En 2024, alrededor del 34 por ciento de las exportaciones chinas se dirigieron a los países BRICS+, África, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) y las naciones de Asia Central, lo que superó el porcentaje de exportaciones hacia Estados Unidos, Europa y Japón, que en conjunto representaron un 32  por ciento.

    En gran medida, los mercados de exportación del “resto del mundo”, que fomentan la cooperación Sur-Sur, pueden ahora satisfacer los principales intereses de China. Los países del Sur Global comparten visiones, historias comunes y una actitud más igualitaria y amistosa al asociarse. Por eso, China encuentra mucho más fácil continuar trabajando con ellos. Las relaciones Sur-Sur también tienen mucho más potencial que las relaciones Norte-Sur.

    En la actualidad, Estados Unidos y Europa enfrentan sus propios problemas: sus economías atraviesan desafíos y su estabilidad política está en entredicho. Si bien en el Sur Global persisten numerosas regiones con altos niveles de riesgo, varios países han demostrado estabilidad y una disposición clara a acoger la inversión extranjera china con miras al desarrollo común. Dado este escenario, la política exterior china continuará relacionándose con el Sur Global no solo en términos económicos, sino también fomentando la confianza mutua y promoviendo los intercambios culturales.

    MS: ¿Cómo entiende usted las respuestas de China a las restricciones comerciales impuestas por Estados Unidos, a la luz de su estrategia de desarrollo?

    xt: Durante el primer mandato de Trump, la respuesta de China a los aranceles que Estados Unidos impuso en ese periodo se centró en diversificar sus socios comerciales. Pero en su segundo mandato, la situación es diferente. Trump ya no está enfocando sus medidas únicamente en China, al menos por ahora. En su lugar, está impulsando una guerra arancelaria a gran escala contra todo tipo de socios económicos de Estados Unidos, con el fin de instrumentalizar el caos y negociar nuevos acuerdos comerciales bilaterales.

    La estrategia de Trump parte de la idea de que el orden existente puede ser alterado y que es posible ejercer presión sobre cada país para que acepte nuevas condiciones, aprovechando el tamaño del mercado estadounidense.

    Mientras tanto, China quiere usar su propio caso para mostrarle al mundo que no debe ser coaccionado por Trump. China no teme la guerra comercial, pero tampoco está cerca de darle la espalda a Estados Unidos. Si Estados Unidos. quiere pelear, China tomará medidas. Pero si desea negociar, China está abierta, siempre que sea una negociación en igualdad de condiciones y con respeto mutuo.

    El mensaje que China quiere enviar a todos los demás países, desde los europeos hasta el Sur Global, es el siguiente: la mayoría de nosotros se beneficia del mercado global y depende de él para seguir creciendo.

    El orden comercial internacional es lo que nos permite promover la productividad económica y el bienestar. Por eso, mantendremos nuestro compromiso con la cooperación internacional. Entendemos que el orden global necesita ajustes, pero deben hacerse con respeto mutuo, no con una actitud condescendiente y unilateral.

    China quiere que sus acciones ilustren esto ante el mundo. Y eso es lo que se ha visto en las negociaciones de Ginebra entre el viceprimer ministro chino y la secretaria del Tesoro de Estados Unidos.

    Tradución al español de: María Isabel Tamayo


  7. Cerrando la frontera extractiva

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    Hoy en día, más de la mitad de los ingresos por exportaciones de Colombia provienen del carbón y los combustibles fósiles. La industria emplea a unas 100 mil personas, de las cuales una cuarta parte está sindicalizada a través de la Unión Sindical Obrera (USO). En este contexto, la promesa del presidente colombiano Gustavo Petro ha atraído la atención mundial debido a su ambicioso compromiso de poner fin a la producción nacional de combustibles fósiles. Esto no solo requerirá sustituir los ingresos generados por la industria, sino también garantizar la financiación de las infraestructuras y la producción de energía verde. Esto último resulta especialmente difícil para un país sometido a estrictas normas fiscales que obligan a mantener el equilibrio presupuestario. La transición también plantea un enorme reto político: más allá de la movilización de las principales asociaciones empresariales del país, los planes de Petro ya han encontrado resistencia entre sus aliados de la USO, que han expresado su preocupación por la preservación de los medios de vida de los trabajadores.

    La gestión de este complejo esfuerzo recae en el Ministerio de Minas y Energía. El exministro de esa cartera, Andrés Camacho, habló para PW. Camacho es un activista de toda la vida, desde el movimiento estudiantil por la educación pública a principios de la década de 2000 hasta el Movimiento por la Paz de las décadas siguientes. Desde julio de 2023 hasta febrero de 2025, Camacho contribuyó al desarrollo de la agenda de transición energética del gobierno de Petro.

    En la entrevista, el exministro Camacho reflexiona sobre los planes de descarbonización de Colombia, los avances logrados hasta ahora y los principales obstáculos a los que se han enfrentado estos esfuerzos. Discute la prohibición de nuevos contratos para la exploración de petróleo y gas; del esfuerzo en curso (pero hasta la fecha infructuoso) para crear una «regla fiscal verde» que permita una mayor flexibilidad en la financiación de las energías renovables, así como plantea las bases sociales necesarias para gestionar con éxito la transición y dar a las comunidades un papel en los procesos de producción, comercialización y toma de decisiones relacionados con las energías renovables. Según Camacho, estos movimientos son fundamentales para facilitar la unidad regional más allá de las fronteras de los Estados-nación.

    El exministro de Minas y Energía habló con Gabriel Hertland, profesor asociado de Estudios Latinoamericanos, en la Universidad de Albany, SUNY; con Lala Peñaranda, Coordinadora para América Latina de Sindicatos por la Democracia Energética (TUED) y con Julián Gómez-Delgado, doctorando en sociología en la New School for Social Research. 

    Entrevista con Andrés Camacho

    GABRIEL HERTLAND: ¿Podría explicarnos la visión que tenía como Ministro para la transición energética en Colombia?

    ANDRÉS cAMACHO: La cancha que nosotros delineamos, donde empezamos a trabajar, es cerrar la frontera extractiva. Nosotros no estamos prohibiendo la explotación ni la exploración de hidrocarburos en Colombia. Lo que estamos haciendo es no aumentarla. Es por esa razón que decidimos no entregar contratos adicionales de los existentes en explotación y exploración de hidrocarburos.

    En este momento, hay cerca de 308 contratos, pero vigentes son 300 contratos de exploración y explotación. Esto equivale a 16 millones de hectáreas entregadas para este propósito. Nuestro objetivo ha sido no aumentar la frontera extractiva. Con el espacio que se tiene debe ser suficiente para cumplir la tarea de la transición energética y las metas de descarbonización. En Colombia los sectores críticos han señalado a nuestro gobierno de que no queremos seguir explotando petróleo. Pero no es así, lo que estamos haciendo es explorar y explotar con lo que existe actualmente sin aumentar la frontera extractiva.

    Nuestra comprensión del punto de partida para la transición energética para Colombia es que nosotros no somos un país petrolero, como sí lo es Venezuela. Somos un país que depende del petróleo, pero no tenemos los grandes yacimientos que tienen otros países, y eso hace que nuestra economía sea muy dependiente de los hidrocarburos. Entonces, nuestra idea es que no podemos seguir aumentando esa dependencia sin tener grandes yacimientos. Por ejemplo, nuestro país tiene petróleo pesado, y en el mercado internacional las condiciones de mercado para ese tipo de petróleo son más difíciles. Eso nos pone en unas condiciones de competencia complejas.

    Estas ideas las teníamos en el programa de gobierno, y cuando llegamos al ministerio tratamos de convertir eso en una hoja de ruta. Fue así como construimos esa hoja de ruta con datos, ciencia e ingeniería, para medir cómo se puede hacer la transición en Colombia sin poner en riesgo la seguridad ni la soberanía energética del país.

    Por lo general, los gobiernos contratan consultorías para que haga estos estudios y construya las hojas de ruta. Nosotros quisimos hacer un ejercicio soberano de recuperar capacidades del Estado. Entonces organizamos un equipo de transición energética en el ministerio con profesionales colombianos y personas que tuvieran todas las condiciones técnicas para formularlo. Esa hoja de ruta incluye el análisis de todo: de hidrocarburos, de petróleo, de gas, de carbón, de energía eléctrica y un análisis tanto de la oferta como la demanda. Define las medidas en el mediano y largo plazo que tendríamos que adoptar para llegar a la meta, que es la descarbonización de nuestra economía.

    Ese es un documento que está publicado en el ministerio y se llama “Los escenarios de la transición energética para Colombia”. Es un documento importante que no todos los países lo tienen y que hicimos pensando en las dimensiones ambientales y sociales de la transición energética que garantizarían que esta también sea justa.

    Y este es el último punto. Una transición energética tiene que ser, en un país como Colombia, una transición justa. Esto implica varios elementos: justicia climática, ambiental, energética y social. En un país que tiene enormes desigualdades, la transición debería ayudar no sólo a superar la dependencia de los hidrocarburos y a bajar los gases de efecto invernadero, sino también ayudarnos a superar la pobreza energética. A partir de eso empezamos a construir las políticas y los programas que hoy están en desarrollo en nuestro gobierno.

    gH: ¿Nos puede hablar de los logros que han tenido en el desarrollo de esa hoja de ruta?

    ac: Uno de los principales logros es desarrollar el mayor potencial renovable del país. Colombia es un país privilegiado porque está en la zona ecuatorial y tiene abundante acceso a agua, sol y viento. Entonces, nos pusimos una meta que es el plan para instalar 6 gigavatios de energías renovables en el país. Esa meta está en desarrollo, pero hoy tenemos 2 gigas instalados que están entregando energía, especialmente solar, a la red.

    Cuando nosotros llegamos había apenas 0.2 gigavatios de energía renovable. Es decir, que en estos dos años y medio multiplicamos por 10 la capacidad de energía solar en el país. Eso se logró con proyectos que venían atrasados y que nos dimos a la tarea de ponerlos en funcionamiento. Este año (2025) la idea es incorporar otra giga más para llegar a tres de la meta. El próximo año la gran apuesta es que entren los primeros proyectos eólicos en funcionamiento. Si entraran los seis gigavatios proyectados, la matriz energética del país sería un 85 por ciento limpia. 1Actualmente, la matriz energética del país es considerada mayoritariamente limpia. Para 2023, la capacidad instalada de generación era de 17.771 MW de energía, alrededor del 70 por ciento de esta se produce a partir de tecnología hidráulica (11.942 MW)

    El otro gran logro, especialmente en el componente de justicia, ha sido nuestro programa de comunidades energéticas, que son grupos de usuarios que gestionan, administran y usan eficientemente la energía de fuentes renovables, como la solar y la eólica. Cuando llegamos al gobierno, muchos sectores decían que implementar esas comunidades iba a ser imposible. Pero precisamente lideramos ese programa porque nos permite llevar a comunidades vulnerables la energía más económica que tenemos, que es la solar. Con soluciones solares resolvemos problemas de acceso y de pobreza energética en muchos territorios del país.  

    Eso nos llevó a que hoy tengamos un programa que es inédito para Latinoamérica. El programa de comunidades energéticas en Colombia es el más exitoso del continente. Cuando sacamos el registro de las comunidades que querían recibir apoyos del gobierno para hacer su propia generación solar, recibimos más de 14 mil postulaciones. Ya tenemos las comunidades identificadas, y están operando 300 comunidades energéticas que se han construido. Están en construcción mil más. 

    La mayoría de esas comunidades energéticas están en territorios que han sido víctimas del conflicto armado. El programa ha demostrado varias cosas. La transición energética puede servir para superar la pobreza, pero también para desarrollar un plan de electrificación rural, pues actualmente el desarrollo de ese sistema está muy centralizado y todavía hay un 16 por ciento del país sin interconexión eléctrica, sin acceso. 

    Por otra parte, hemos avanzado en la entrada de nuevas fuentes de energía. Por ejemplo, geotermia: tenemos en desarrollo tres proyectos de geotermia con Ecopetrol, que es la empresa estatal petrolera. También está el proyecto para la incursión en energía eólica costa afuera: tenemos en este momento una subasta  para aprovechar la energía del viento costa afuera. Y está el hidrógeno. Construimos todo el ecosistema y el marco jurídico para que Colombia empiece a desarrollar hidrógeno. De hecho, Ecopetrol va a construir la planta más grande de producción de hidrógeno verde del continente: unas 800 toneladas al año. También está lo que nosotros llamamos la gestión de los hidrocarburos, y es garantizar estabilidad. No hemos tenido ni un solo segundo de desabastecimiento de gas, aún en las condiciones difíciles de la declinación de la producción de gas en Colombia. Hoy tenemos un reto con los costos del gas en Colombia. Hay una gran discusión en el país sobre esto, y hemos logrado, incluso con la gestión de Ecopetrol, mantener las reservas del país, demostrando que con los mismos contratos podemos hacer eficiencia en hidrocarburos.

    gH: Colombia es un país periférico que no tiene acceso a crédito a niveles suficientes y tiene una regla fiscal estrecha que le impide tener posibilidades de financiamiento. También hay restricciones como que Ecopetrol no puede generar energía renovable a gran escala. ¿Puede explicar un poco esos retos financieros?

    ac: Precisamente ese es el tema de la dependencia económica que tenemos con los hidrocarburos. Alrededor del 50 por ciento de los ingresos del país por exportaciones vienen del carbón y del petróleo. Eso implica que debemos desarrollar una transición económica a la par con la transición energética. ¿Cómo reemplazamos esas divisas? ¿Cómo reemplazamos esos ingresos del petróleo y el carbón? 

    En esa dirección, un gran logro que tenemos es que el turismo supera los ingresos de carbón en el país. Eso es un logro muy importante, porque demuestra que el país sí puede ir avanzando hacia medidas de descarbonización, haciendo más énfasis en que Colombia es un país de biodiversidad por encima de uno petrolero o carbonero. También estamos construyendo un marco fiscal verde, que precisamente apunta a responder a la pregunta sobre cómo descarbonizar la economía superando esa dependencia de recursos.  

    Pero el espacio fiscal que tenemos es restringido. Por eso el presidente Petro plantea una discusión mundial acerca de las herramientas que pueden tener países como los nuestros para hacer la transición. Colombia tiene una meta bastante grande y necesitamos apoyo internacional que puede venir de cambiar deuda por acción climática. Eso abriría un espacio fiscal para que países como el nuestro tengan condiciones distintas de préstamos. Lamentablemente, eso es una discusión con el capital internacional, que no es sencilla. 

    Si existieran estas reglas para generar unas opciones de préstamo verde para los países que están haciendo transición energética, nosotros podríamos hacer aún más de lo que ya estamos haciendo. Pero eso es una discusión global de intereses que se escapa de nuestras manos. Por lo pronto, lo seguimos haciendo con los recursos que tenemos disponibles. 

    gH: Y el reto sobre Ecopetrol y las prohibiciones en la generación de energía renovable.

    ac: Ecopetrol, por leyes del pasado y en la manera como se concibió el país económicamente, ha sido un escenario de la implementación del modelo neoliberal en Colombia. Entonces, en su momento se dividió en diferentes ramas la posibilidad del sector energético, por lo que Ecopetrol tiene prohibido generar energía eléctrica.

    Es una restricción que existe por ley, frente a la cual hemos liderado una discusión en el Congreso para cambiarla. La idea es que Ecopetrol pueda hacerlo este año si la ley se aprueba. Lo que sí hemos podido hacer es sacar un decreto de autogeneración, en donde Ecopetrol puede generar su propia energía. Entonces, hoy se han inaugurado cerca de 5 parques solares de Ecopetrol que nos van a ayudar a hacer una parte inicial de todo esto: Ecopetrol tiene que ser la primera empresa que haga la transición.

    Ecopetrol es la empresa más grande del país y la empresa que más recursos le entrega (11 por ciento del presupuesto nacional). Entonces, si logramos hacer la transición de Ecopetrol, eso se va a traducir en un impacto positivo sobre el país.

    Ya hoy se está produciendo energía solar en muchas de las refinerías. Se inauguró un parque solar en la refinería de Cartagena, un parque solar en la refinería de Barrancabermeja y otros en diferentes campos de producción que ya están entregados. Lo que estamos haciendo es la transición energética primero dentro de Ecopetrol, mientras resolvemos esa restricción, y luego llevar la posibilidad de generación de energía de Ecopetrol al resto del país.

    gH: Ustedes están intentando hacer esta transición energética bajo las reglas de la democracia representativa, con enormes dificultades por los sectores que se oponen. ¿Qué diría sobre las posibilidades y límites de ser un gobierno de izquierda en una democracia como la colombiana?

    ac: La realidad es que nosotros estamos planteando una manera de abordar la transición energética inédita, incluso en la misma izquierda latinoamericana. Diferentes posiciones tienen Brasil, Venezuela y Ecuador. Todo el resto de países, incluso donde hay gobiernos progresistas, tienen una posición de mantener los hidrocarburos, de continuar esta explotación y no ir cerrando la frontera extractiva. 

    Eso nos pone en una situación todavía más retadora, porque no sólo estamos llevando la contraria frente a lo que en el mundo quieren hacer, sino que incluso al interior de la misma izquierda latinoamericana hay una discusión de cómo abordar el reto de la transición energética. Nuestra única manera de demostrar que es posible es mostrando que el país no ha quedado en bancarrota, que Ecopetrol sigue siendo la empresa más importante del país: que sigue dando dividendos y que la propuesta de transición que hemos desarrollado es posible, sostenible y que podría incluso ser más ambiciosa.

    lala peñaranda: Muchos países neoliberales que han impulsado la transición energética lo han hecho por vía de un mercado, con actores privados, en una apuesta que favorece a unas élites. Algo que diferencia el ejercicio que hicieron cuando cuando usted estaba de ministro es que reposicionaron el papel de la clase trabajadora y pusieron en el centro el protagonismo de los sindicatos y los movimientos sociales.

    ac: Sí, porque cuando entramos al Ministerio nos preguntamos eso: cómo crear un movimiento capaz de defender estas conquistas de la transición energética justa. Por eso nos dimos a la tarea de identificar cuáles son los sujetos sociales de la transición energética. Nosotros estamos haciendo muchos cambios en Colombia. Por ejemplo, la reforma agraria. La reforma agraria tiene un sujeto de cambio, que es el campesinado. Pero nos preguntamos: ¿y quién defiende la transición energética? Primero, el movimiento de usuarios, los ciudadanos que se ven afectados por los servicios públicos de mala calidad, o por la no existencia de servicios públicos. Nos dimos a la tarea de ayudar a organizar un movimiento de usuarios y usuarias de energía.

    Con ese proceso consolidamos un movimiento nacional que se llama el MODEN, que es el movimiento nacional constituyente por la democracia energética. Ese movimiento empieza a posicionar la participación en asuntos de la transición justa.

    Hay otras instancias ya organizadas, por ejemplo los sindicatos, que no han tenido maneras de organización alrededor de estos temas. Es decir, ayudamos a crear un instrumento que es este movimiento por la democracia energética, pero también el movimiento que ya se está creando a nivel nacional de comunidades energéticas, en donde todas estas organizaciones que han podido gestionar directamente su energía pueden participar, opinar y ser sujetos de este cambio.

    Otro tema que no puede quedar de lado: la minería. En Colombia hay un modelo minero que privilegió a las multinacionales y a los grandes grupos económicos, pero que dejó por fuera a los pequeños mineros tradicionales. Nos dimos también la tarea de ayudar a organizar a los trabajadores, las trabajadoras mineras, y ahí han venido surgiendo esfuerzos de organización de pequeños mineros. Esas fuerzas sociales, dentro del sector minero energético son para nosotros lo que podríamos llamar como ese movimiento de transformación democrática para la transición. Parte de lo que hicimos desde el ministerio fue ayudar a que esas expresiones se pudieran desarrollar, y así garantizar participación.

    JULIÁN GÓMEZ-DELGADO: A través de su experiencia en el Ministerio, ¿que aprendió sobre el Estado? ¿Entiende el Estado diferente a como lo entendía antes?

    ac: Lo primero fue estrellarnos con la realidad de una frase que a uno le enseñan en su militancia política y es que una cosa es gobernar y otra cosa es el poder. La realidad es que nosotros estamos ejerciendo el gobierno, pero el poder económico en muchos de estos sectores lo mantienen conglomerados económicos de gremios, de empresas, producto del neoliberalismo que entregó toda la capacidad del Estado justamente a lo privado. Nosotros llegamos a asumir un gobierno de cambio con un Estado que ha sido reducido, donde la capacidad estatal se ha llevado su misma expresión, con lo cual hacer el cambio que hemos propuesto ha sido más difícil.

    Ahí también hemos logrado dar un paso para recuperar capacidades del Estado. Por ejemplo, la hoja de ruta que mencioné sobre transición energética redactada directamente por el mismo gobierno y no depender de las consultoras. Entonces, ¿qué experiencia me queda? ¿Qué es lo que me queda como lección? Que todavía hace falta mucho por transformar. Ejercer el gobierno todavía no es suficiente para hacer las transformaciones que requerimos. Por eso este es un proceso que debe tener una mayor continuidad, pues no podemos, en 4 años, transformar lo que está detrás del aparataje de quienes realmente tienen el poder de todos estos sectores. Esto es de largo aliento. No es algo que se pueda hacer en 4 años.

    De aquí en adelante creo que se abre una agenda de trabajo que no estaba en la órbita de la izquierda y de las fuerzas progresistas. Por lo general, los temas en los que la izquierda ha abordado en nuestro país han sido la salud, temas laborales, las pensiones. Pero ahora esta agenda climática y de transición se vuelve central. Ahora que ya estoy fuera, salgo a trabajar en eso: a continuar esta agenda desde los movimientos sociales.

    gH: ¿Nos puede explicar cómo participan los usuarios, los ciudadanos, los trabajadores en las decisiones de energía? ¿Qué diría usted a las personas que dicen que en estos temas son los criterios técnicos los que tienen la última palabra?

    ac: En Colombia ese fue un prejuicio que enfrentamos constantemente. Nos han intentado juzgar de que somos poco técnicos, y que somos activistas. Lo que creo es que precisamente es más activismo lo que se necesita. Que la gente esté activa, que tenga opinión. De lo contrario, la transición energética se convierte en una transición desde el escritorio en el ministerio. Para nosotros la participación es fundamental. El año pasado hicimos 50 asambleas de energía y minería donde le preguntamos a la gente de las diferentes regiones: cómo está viendo la transición, cuáles son sus necesidades, les explicamos lo que estamos haciendo. No puede haber una transición justa si restringimos la democracia.

    Por ejemplo, en la formación para la creación de una comunidad energética, la gente tiene una escuela de formación en energía. Con pueblos indígenas no vamos a hacer un diseño de ingenieros desde el centro del país, cuando hay usos y costumbres de los pueblos indígenas en la manera en la que quieren que se construyan las cosas. Ahí se incorporan los saberes y las formas de ver la transición de los territorios.

    gH: ¿Cuáles deben ser los enfoques de la izquierda al abordar los retos de la transición energética en este momento? ¿Debe enfocarse en ganar representación en el Congreso? ¿Fortalecer el movimiento sindical? ¿Intentar hacer algo a nivel internacional?

    ac: Lo más importante en este momento es fortalecer la organización social alrededor de la transición energética. Solo si logramos mantener esa organización social podremos defender lo que se ha alcanzado hasta el momento, pero también proyectar la transición hacia el rumbo que hemos trazado. Luego podemos llevar esta agenda al Congreso, pero desde la base de un movimiento por la democracia energética. 

    Estamos organizando los comités de democracia energética en todo el país, y en esos comités participa cualquier persona, pero especialmente queremos llegarle a personas no organizadas, gente que vive en territorios donde no hay un sindicato y que su necesidad es la energía. La idea es contarles de qué se trata la transición y por qué es importante para ellos. 

    Lo que hay que cuidar y priorizar en este momento son (1) las comunidades energéticas, incrementarlas en lo que queda de gobierno. (2) Desarrollar las líneas de transmisión, porque ya la capacidad de generación de energía está, pero la línea de transmisión en la Guajira, que se llama línea Colectora, es el habilitante para que entre la energía que hace falta para completar las metas de transición energética. Y (3) en hidrocarburos el gran reto que tenemos es el gas. Reducir y mejorar la gestión del gas. Para mí, esas son las tres prioridades en las que este último año se debería trabajar: profundizar comunidades energéticas,  avanzar en la línea de transmisión de Colectora para los grandes proyectos de generación, y la gestión del gas para garantizar precios eficientes y no tener problemas de desabastecimiento.

    LP: ¿Qué gestiones se deberían hacer en cooperación internacional? ¿Hacia qué aliados relacionarnos para avanzar en la transición justa?

    ac: Hay una tarea que es el tema de la cooperación entre pueblos más que entre países. Los gobiernos siempre van a estar al vaivén de un debate político, pero hay que ir avanzando en un movimiento latinoamericano que empieza a pensar estas cosas. 

    Por ejemplo, ya estamos en coordinación con comunidades energéticas en Brasil, con comunidades interesadas en servicios públicos en Argentina, y hay que empezar a organizar un movimiento latinoamericano de temas energéticos.

    Queremos que la experiencia que tenemos en Colombia sirva a otros países del continente para ir encontrando las claves de cómo, desde los movimientos sociales, empujamos la agenda de los gobiernos. Luego hay otros retos de lo que debería ser la integración energética latinoamericana, que son líneas de transmisión entre nuestros países para poder empezar a compartir la energía.

    gH: Una pregunta de muchos en este momento es la estrategia del Presidente Petro con los cambios de gabinete, entre los cuales usted salió de su cargo. ¿Qué lectura hace de estos cambios en la dirección del gobierno Petro?

    ac: Yo tengo una opinión muy personal de lo que significan los cambios que el Presidente ha hecho. El Presidente le está dando la oportunidad a nuevos liderazgos para hacer parte del gobierno. 

    Yo hago parte de una nueva generación progresista en Colombia y si no hubiera sido porque el Presidente nos dio la posibilidad de participar, de gobernar, no hubiéramos estado ahí. Creo que parte de la rotación que hay tiene que ver con la posibilidad de que más gente pueda probar el ejercicio de gobernar. 

    De otra parte, hay una estrategia que el Presidente está desarrollando de reconfiguración del gobierno para enfrentar el 2026 porque ya estamos terminando el mandato y él tiene que garantizar que nuestro proyecto político puede continuar en 2026. Eso implica reestructurar el gabinete para que eso pueda ocurrir, y eso ha implicado traer a otras fuerzas políticas que no estaban. También sacar alguna gente para que haga una tarea. Uno de esos soy yo. Yo hablé con el Presidente y él me preguntó qué quería hacer. Y yo le dije, quiero salir a trabajar esta causa de la transición energética, a consolidar el movimiento social. Porque esto siempre nos pasa a nuestros gobiernos lo mismo: si todos vamos al gobierno, las fuerzas sociales quedan a veces sin liderazgos o con liderazgos restringidos, entonces también hay que salir del gobierno para completar una tarea que hay que hacer afuera.

  8. Salvar el planeta, ¿para quién?

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    El Polo Industrial de Camaçari, en el estado de Bahía, despertó la atención mundial tras el anuncio de la empresa BYD, en 2023, de que instalaría allí su mayor fábrica fuera de China. Inaugurado en 1978, el Polo fue el primer complejo petroquímico planificado de Brasil, una pieza central del proyecto de desarrollo de la industria nacional que se extendió hasta finales de la década de 1980. Históricamente, contribuyó al desarrollo económico, del mercado laboral y a la cualificación de los profesionales licenciados en Bahía. Sin embargo, a partir de la década de 1990, tras la apertura comercial de Brasil y las adversidades generadas por el contexto externo, atravesó algunas crisis de competitividad y significativos cambios estructurales.

    En el Polo de Camaçari siempre operaron industrias complementarias a la cadena petroquímica, pero hubo una expansión de sus actividades tras la llegada de la industria automovilística —con la instalación de la empresa norteamericana Ford en los años 2000. Tras dos décadas de actividad, la empresa cerró su planta en este centro, que vive ahora una nueva expansión sectorial: está atrayendo inversiones de fabricantes de vehículos eléctricos y empresas de energías renovables, sobre todo de origen chino. De forma emblemática, la nueva fábrica de BYD se levanta precisamente en la antigua planta de Ford.

    A lo largo de los años, el polo petroquímico se ha transformado en un centro industrial en sentido más amplio y ahora se proyecta como un centro industrial verde. Para analizar el papel del Polo de Camaçari en el proyecto de reindustrialización verde de Brasil desde la perspectiva de la clase trabajadora, Maria Sikorski, editora de Phenomenal World, habló con Alfredo Santos, secretario general de la Central Única de Trabajadores de Bahía (CUT Bahía) y coordinador para la prensa del Sindicato de Trabajadores de los sectores Químico, Petroquímico, Plásticos, Fertilizantes y Terminales Químicas (Sindiquímica) en este mismo estado.

    Una entrevista con Alfredo Santos

    Maria Sikorski: ¿Podría empezar contándonos un poco la historia del Polo de Camaçari y su relación con las diferentes etapas de la política industrial brasileña? 

    Alfredo santos: El Polo de Camaçari se construyó entre mediados de los años setenta y principios de los ochenta. Surgió como un modelo tripartito: su composición accionarial incluía capital privado nacional y multinacional y capital estatal brasileño. Había una planta de fabricación de materias primas controlada por una empresa pública, Copene (posteriormente privatizada), responsable por fomentar las industrias de segunda generación. Esa planta petroquímica constituía la base de la cadena productiva de nafta, etileno, propileno, etc. Conviene destacar la importancia de este modelo tripartito porque ejemplifica que la industrialización en Brasil solo se produjo gracias a una fuerte participación del Estado, ya sea de forma directa, como en el caso del Polo Petroquímico de Camaçari, o a través del financiamiento del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES). Incluso las empresas privadas, tanto en la época en que se creó el Polo como ahora con las empresas chinas que se han instalado recientemente, contaron con el financiamiento del BNDES. Por tanto, quien financia la industrialización es el Estado brasileño. 

    El Polo Industrial de Camaçari siguió en expansión a lo largo de las décadas de 1980 y 1990. Sin embargo, desde la apertura comercial durante el gobierno de Collor (1990-1992) y, de forma más acentuada, durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso (1995-2002), se enfrentó a una crisis de productividad y competitividad internacional y sufrió recortes de inversión y cierres de fábricas. A principios de los años noventa, este complejo industrial empleaba a más de 30.000 trabajadores directos. A finales de la década, la cifra había descendido a poco más de 10.000.

    A partir de 2003, durante el primer gobierno de Lula (2003-2010), el Estado brasileño volvió a invertir en la industrialización, pero ahora de forma indirecta: Petrobras se convirtió en un importante inversor en los llamados “big players” de Brasil. Una de las empresas resultantes de ese proceso es Braskem —de la que Petrobras tiene actualmente el 47 por ciento de las acciones. En ese momento, hubo una cierta recuperación de la competitividad internacional, pero, por otro lado, se observó un proceso de monopolización de las plantas de fabricación de materias primas y la cadena de resinas termoplásticas en todo el país, lo que llevó al cierre de varias empresas que no podían competir con los grandes “players” —y que acabaron convirtiéndose en proveedores de sus propios competidores.

    Actualmente, el sector petroquímico brasileño se enfrenta a una crisis gigantesca. Hoy, el Polo de Camaçari no está en condiciones de competir a escala internacional. Un ejemplo es el del sector de los fertilizantes: en Brasil, se importa el 85 por ciento de los fertilizantes utilizados por el agronegocio. La cadena de termoplásticos importa cerca de la mitad de los insumos que utiliza. Esta entrada de productos importados en las cadenas petroquímicas se produce por dos razones. El coste interno de las cadenas es muy elevado en comparación con cadenas más modernas que utilizan gas en lugar de nafta. Las industrias estadounidense, árabe e india exportan un producto a un precio inferior a nuestro coste de producción nacional, debido a la escasa actualización tecnológica de nuestras plantas y a factores ambientales: Estados Unidos, por ejemplo, utiliza gas de fracking, que tiene un coste de producción mucho menor, pero es extremadamente dañino desde el punto de vista ecológico. Brasil no produce gas de fracking e incluso impone restricciones ambientales a su uso. Además, el precio del gas brasileño es muy alto: hasta cinco veces superior al estadounidense. Esto socava la competitividad internacional de nuestra industria petroquímica. Si no hay una política industrial en el país destinada a preservar el mercado interior, la tendencia es que todas esas industrias quiebren.

    MS: Se considera, nacional e internacionalmente, que Bahía es una pieza esencial del proyecto de reindustrialización verde de Brasil y la transición energética mundial. Es el estado de la federación que más produce energía renovable de origen solar y eólico del país y viene atrayendo muchas inversiones extranjeras, sobre todo chinas, en estas cadenas productivas. 

    Cuando se anunció que en el polo se fabricarían autos eléctricos de BYD y que se instalarían otras empresas chinas del sector de energías renovables, se empezó a decir que Camaçari podría convertirse en un referente de la reindustrialización verde en Brasil. Por ejemplo, cuando BYD anunció la instalación de su fábrica en la antigua planta de Ford, prometió traer al polo etapas de alto valor añadido de la cadena productiva de vehículos eléctricos, incluidas las relativas a investigación y desarrollo, además de crear miles de puestos de trabajo. La CEO de BYD para las Américas, Stella Li, declaró que el objetivo era convertir Camaçari en un “Silicon Valley brasileño”.

    Frente a la crisis del sector petroquímico, ¿es posible que la entrada de esas otras cadenas en Camaçari suponga una reactivación de su papel en el desarrollo nacional? 

    AS: La instalación de la planta de Ford, en 2001, dio inicio a la cadena automovilística en el Polo de Camaçari. Después de 20 años, Ford cerró sus operaciones y, recientemente, empresas chinas como BYD han empezado a invertir en esta cadena. Otras empresas chinas de energías renovables, como Sinoma y Goldwind, también están instaladas allí. Pero, si bien hay una promesa de que la planta de BYD funcionará realmente como una fábrica, por el momento esas empresas sólo operan como ensambladoras, prácticamente maquiladoras.

    Para atraer las operaciones de BYD a Bahía se propusieron algunas ayudas estatales. El gobierno de Bahía, por ejemplo, determinó la exención del impuesto vehicular a los autos eléctricos a partir de 2024. Se ofrecieron subvenciones estatales para que la empresa china se instalara en la antigua planta de Ford, además del financiamiento del BNDES. De momento, BYD solo ensambla sus autos en Camaçari. Hay una promesa de que esto cambiará en el futuro, pero por ahora, las etapas de mayor valor añadido de su cadena no están en Bahía.

    El centro petroquímico tiene un gran potencial para producir baterías, pero de momento las baterías de los autos eléctricos no se fabrican allí. Hay potencial para el procesamiento del litio y para la producción de piezas en la industria del plástico. Se podrían fabricar los vehículos allí, pero hasta ahora la promesa de BYD no se concretó.

    La cuestión es: ¿qué contrapartida se podría exigir a esas empresas? Este es el papel del Estado brasileño en la reindustrialización. Si las fábricas funcionan como meras ensambladoras, ¿qué ganamos con esto? Ahora bien, si el Estado exigiera que, en un determinado periodo, BYD se beneficiara del litio existente en territorio nacional y fabricara las baterías en Brasil, que utilizara industrias locales para fabricar piezas, es decir, que realmente trajera otras partes de su cadena productiva a Brasil, tendríamos otro escenario.

    En el pasado, hubo un debate similar en la industria petroquímica. La política nacional respecto a los productos de la cadena productiva de petróleo —que se abandonó tras el golpe de 2016— determinaba que las industrias que prestaran servicios a Petrobras deberían fabricar una parte de su maquinaria en Brasil. La industria naval del país renació durante ese periodo y, cuando dejó de exigirse un porcentaje de piezas producidas localmente, se produjo otra crisis.

    Sin subvenciones o ayuda, la industria brasileña no podrá competir con las industrias extranjeras. No hay industrialización sin participación del Estado. Sin exigir contrapartida a las inversiones [a empresas] extranjeras, ya sean estadounidenses, chinas o de cualquier otro país, el proyecto de industrialización de Brasil se limitará a desempeñar un único papel en la política industrial de otros países. Ninguna empresa decide expandir sus operaciones en otro país de forma altruista. Lo hace por interés propio. Y las inversiones, independiente de su origen, siempre son algo positivo. El tema es qué podemos exigir a los inversores para satisfacer también nuestros intereses nacionales.

    Durante muchos años, la industrialización brasileña fue muy dependiente de Estados Unidos. Si simplemente cambiamos el imperialismo estadounidense por el chino, vamos a tener el mismo resultado. No podemos limitarnos a satisfacer los intereses de los que vienen a invertir. A los inversores extranjeros les interesa garantizar sus beneficios. ¿Qué gana el país al subvencionar los beneficios ajenos?

    MS: ¿Qué opina el movimiento sindical de Bahía del papel que juega el programa Nueva Industria Brasil (NIB) en la promoción del interés nacional en este proyecto de reindustrialización verde del país?

    AS: Hasta ahora, Nueva Industria Brasil es un plan que todavía está en el papel. Es difícil analizarlo sin pensar su impacto real a través de datos, y todavía no se ha demostrado a qué vino. Pero hay algo que es necesario tener en cuenta cuando se habla de industrialización verde: ¿quién pagará el precio?

    En el movimiento sindical decimos un poco en broma “bueno, el etanol es un combustible más limpio que la gasolina, pero prefiero trabajar en Petrobras que en una fábrica de producción de etanol”. Reducir el coste de la fuerza laboral no es lo que debería hacer económicamente viable la industria verde. Y lo que observamos es que en los sectores supuestamente más sostenibles de la industria actual están los puestos más precarios. Si el biodiésel tiene un coste de producción superior al del diésel, ¿cómo hacer para que esa alternativa verde llegue a las gasolineras por el mismo precio? ¿Precarizando la mano de obra en la cadena productiva del biodiésel? Imposible. 

    Esta es una contradicción que no existe sólo en Brasil, sino en todo el mundo: las industrias sucias, las más antiguas, son las que ofrecen las mejores condiciones de trabajo, incluso desde el punto de vista de la salud de los trabajadores. Basta con comparar las condiciones de trabajo en una refinería de caña de azúcar o para los recolectores en una planta de reciclaje de aluminio. Algunos dirán que los recolectores de residuos no forman parte de la industria del reciclaje, pero lo cierto es que ésta sólo existe en Brasil gracias a ellos. Brasil es el país que más aluminio recicla, no porque tiene un gran proyecto de logística inversa, sino porque hay un montón de miserables que se dedican a recolectar latas para sobrevivir y que, al hacerlo, fomentan una cadena productiva que es extremadamente rentable.

    Los autos eléctricos son otro ejemplo: debido a la tecnología que se utiliza, el sector genera menos puestos de trabajo que la industria de los autos de combustión. Es una ingeniería mucho más sencilla: el vehículo eléctrico tiene carrocería, batería y motor, mientras que el de combustión tiene cárter de aceite, correa, filtro, culata, pistón, biela. Es decir, se necesitan varias fábricas más para suministrar los productos y piezas que necesita esta industria.

    Las críticas del movimiento sindical a las cadenas de energía renovable siguen esta misma línea. Actualmente, Bahía es el estado que más produce energía limpia en Brasil y básicamente “exporta viento” a las regiones Sur y Sudeste sin ninguna contrapartida para las comunidades donde se instalan los parques eólicos —que tienen un enorme impacto social y ambiental—, o los paneles solares.

    Al mismo tiempo, las partes de la cadena productiva que generan más puestos de trabajo, como las fábricas de turbinas, paneles fotovoltaicos y piezas de recambio, no están aquí. Nos quedamos con la peor parte de toda la cadena: la de mayor impacto y menor rentabilidad. Se trata de una reproducción, entre regiones de Brasil, de la misma dinámica global que se observa entre países del centro y de la periferia del capitalismo. ¿Acaso el papel del Nordeste en la industrialización brasileña se reducirá a generar energía y créditos de carbono que se consumirán en el Sur y el Sudeste? El Nordeste es la región de Brasil que más energía solar produce, pero no cuenta con ninguna fábrica de paneles fotovoltaicos. 

    En el mismo sentido, creo que el NIB debería incluir un debate geopolítico sobre los objetivos de industrialización verde de Brasil. ¿Vamos a pagar la transición energética de los países que históricamente más contaminan? ¿Será nuestro papel generar energía limpia y créditos de carbono para el consumo de los países del Norte global? Una vez más, será la parte más débil del eslabón la que pagará la transición energética. 

    Hasta ahora, al parecer, las partes que tienen menos valor añadido, de menor complejidad y que generan menos puestos de trabajo en las cadenas productivas verdes son las que se quedan en Brasil u otros países periféricos. Se renueva el papel de los países periféricos en la división internacional del trabajo: los empleos más precarios permanecen aquí y los más tecnológicos y bien remunerados en el centro del capitalismo. Así que, desde el NIB, sería necesario crear un diálogo sobre ese interés chino en instalarse en Brasil. Para exigir, por ejemplo, alguna contrapartida a la subvención estatal que nos permita revertir esa situación de subordinación en la división internacional del trabajo.

    Por supuesto, estamos a favor de promover la industria verde, pero sostenemos que debería ir acompañada de ayudas estatales. El Estado, y no los trabajadores, debe pagar la transición. Si la viabilidad económica del biodiésel viene de la precariedad de la fuerza laboral, entonces el Estado está imponiendo a los trabajadores que paguen la transición energética. Nosotros, en cambio, estamos a favor de una transición energética realmente justa.

    MS: Entonces, ¿cómo se podrían resumir las reivindicaciones del sindicalismo para la reindustrialización verde de Brasil?

    AS: La reivindicación del movimiento sindical para la reindustrialización verde es que no se pierda de vista que los trabajadores son una parte fundamental de este proceso. Tanto la cantidad como la calidad, la remuneración y otras condiciones de los puestos de trabajo creados por la industrialización verde deben ser iguales o mejores que las observadas en los procesos de industrialización anteriores. No se puede seguir utilizando, de ninguna manera, la precariedad laboral como mecanismo para hacer económicamente viable la industria verde. La transición energética tiene que ocurrir, el planeta no puede esperar, pero hay que tener en cuenta que los trabajadores también forman parte del planeta. Si sacrificamos a los trabajadores, ¿a quién salvaremos con la transición?  

  9. El trabajo y la Frontera

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    En América del Norte, pocos lugares simbolizan la intensidad de la transformación económica experimentada durante la era neoliberal como la frontera entre Estados Unidos y México. A medida que la integración económica internacional redefinió los proyectos desarrollistas nacionales de la posguerra, México siguió el ejemplo de gran parte del mundo “en vías de desarrollo”, al recurrir cada vez más a los mercados de exportación como motor del crecimiento económico, en lugar del gasto en consumo interno. Frente a una demanda global limitada a un pequeño número de países de alto consumo, la manufactura se convirtió en una industria hipercompetitiva. Los gobiernos que antes promovieron la negociación colectiva y la redistribución interna, recurrieron a la represión salarial y a la reducción de impuestos para obtener una participación cada vez menor de los productos finales.

    La maquila se ha convertido en el símbolo de esta transformación. Pero junto con estos cambios en la producción moderna y el comercio transfronterizo, el crecimiento de la manufactura en México ha sido semillero de algunas de las organizaciones laborales más combativas en la defensa de los derechos laborales del continente. Desde 2019, cuando el gobierno mexicano fortaleció sus leyes de negociación colectiva, la organización obrera se ha extendido por todo el continente.

    Jeffrey Hermanson, líder sindical cuya carrera inició en el Sindicato Internacional de Trabajadores de la Confección (ILGWU) a finales de la década de 1970, fue testigo directo de estos acontecimientos. Tras la migración de la industria textil derivada de la aprobación del TLCAN, Hermanson trabajó en México como representante del Centro de Solidaridad de la AFL-CIO de 2000 a 2003 y posteriormente se desempeñó como director de estrategias globales en Workers United-SEIU. Ha vivido principalmente en México desde 2019, cuando el Centro de Solidaridad lo nombró Director de Organización en México, cargo del que se jubiló en 2022.1Hermanson trabajó para el ILGWU entre 1977 y 1997, y se desempeñó como Director de Organización después de 1990, tras su fusión con el Sindicato Amalgamado de Trabajadores de la Confección y el Textil (ACTWU) en 1995. Entre 1997 y 2000, colaboró ​​con la Hermandad Unida de Carpinteros y, en 2006, se convirtió en director de organización y subdirector ejecutivo del Gremio de Escritores de América, Oeste, donde coordinó la huelga de escritores de 2007-2008. En 2003 fundó y dirigió el departamento de Fortalecimiento Sindical Global del Centro de Solidaridad, colaborando con sindicatos de todo el mundo. Phenomenal World conversó con Hermanson sobre la evolución de la manufactura norteamericana y la creación de una nueva clase trabajadora en las industrias exportadoras de América Latina. La siguiente entrevista ha sido editada para fines de una mayor brevedad y claridad.

    Una entrevista con Jeff Hermanson

    Andrew elrod: Qué es una maquiladora hoy, después del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN)?

    Jeff hermanson: La palabra maquila alude a la idea de ‘fábrica’, especialmente en el sentido de un proceso intensivo en mano de obra. A partir de los años ochenta, productos sin terminar eran enviados desde Estados Unidos a México para su ensamblaje, y luego regresaban al norte. Al principio, esos bienes no podían ser vendidos en México. Hoy en día, una maquiladora es, en esencia, un régimen fiscal especial. Aunque existen parques industriales por todo el país, no es necesario estar dentro de uno para operar bajo este esquema. Las maquiladoras fomentan la inversión extranjera directa mediante una menor carga tributaria y la posibilidad de negociar con las autoridades locales el acceso a terrenos y servicios esenciales, siendo el agua uno de los más importantes.

    La maquiladora se consolidó principalmente en la frontera durante los primeros años del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), con grandes fábricas bien capitalizadas, que atrajeron a trabajadores de todo el país. Muchos de ellos se asentaron en comunidades pobres. Visité una zona franca, también conocida como parque industrial, unos años después de que el tratado entrara en vigor y observé condiciones realmente precarias. Los salarios eran tan bajos que no alcanzaban para acceder a una vida digna. Las casas estaban construidas con tarimas de madera. Había una canción llamada “Casas de cartón” que hablaba de personas que vivían en chozas hechas de cartón en México. La electricidad se obtenía con conexiones caseras a las líneas eléctricas aéreas, y los cables corrían por el suelo para alimentar estas viviendas. Las calles de tierra se convertían en lodo cuando llovía. Este era un típico barrio obrero a finales de los años noventa. 

    Antes de 2018 y del gobierno de Morena, era bien sabido que a estas compañías se les otorgaba tierra de forma gratuita como una concesión fiscal. Durante diez años, no pagaban ningún tipo de impuesto, ni por la tierra, ni por los edificios. También recibían tratos preferenciales en cuanto al uso de energía y agua. Con la llegada de Morena al gobierno nacional, las concesiones a las maquiladoras fueron revisadas para igualar la tasa de impuestos con la de otras empresas, en lugar de seguir otorgando ventajas injustas a firmas de inversión extranjera. Cada vez más, se les ha exigido a las maquiladoras cumplir con los mismos requisitos regulatorios que cualquier otra empresa. Sin embargo, aún existe un trato preferencial hacia grandes corporaciones. Nestlé, por ejemplo, acaba de anunciar una inversión de 400 millones de dólares en Chiapas y recibirá condiciones favorables para el uso del agua. Aquí, en mi comunidad local, hay una maquiladora que fabrica sudaderas y buzos para Fanatics y Columbia Sportswear, y cuenta con un contrato especial para el uso del agua. En una zona donde el agua es un recurso escaso y costoso, obtienen un precio relativamente bajo, a pesar de que utilizan grandes cantidades para teñir y lavar las prendas.

    AE: La frase runaway shop, o «fábrica que se fuga», se utilizaba comúnmente en los años cincuenta y sesenta, mucho antes de que comenzara a hablarse de “desindustrialización”. ¿Cómo ha evolucionado este concepto con el auge de las maquiladoras, el TLCAN y lo que hoy llamamos neoliberalismo?

    JH: Durante los años cincuenta y sesenta, los empleadores comenzaron a “fugarse” del noreste y el medio oeste de Estados Unidos hacia el sur del país y Puerto Rico, regiones con mucha menor sindicalización y salarios más bajos. En la industria de la confección, donde comencé a organizarme con el Sindicato Internacional de Trabajadoras del Vestido (ILGWU o ILG, International Ladies’ Garment Workers’ Union), el núcleo de la industria en Estados Unidos estaba en ciudades como Nueva York, Filadelfia, Chicago y, en menor medida, algunas partes de Canadá. Pero en los años cincuenta, todo empezó a desplazarse hacia el sur.

    En 1965, el Congreso aprobó el Ítem 807, que forma parte del Arancel Aduanero de los Estados Unidos. Esto permitió a los fabricantes de prendas cortar las piezas en Estados Unidos, enviarlas a la República Dominicana y otros lugares del Caribe para ser ensambladas, y luego reexportarlas a Estados Unidos libres de aranceles. A finales de la década de 1980, la República Dominicana se había convertido en un centro de zonas francas que empleaban a un par de cientos de miles de trabajadores dedicados a la confección de ropa para el mercado estadounidense.

    La producción de medias y otra ropa íntima ya se había trasladado al sur de Estados Unidos, en una primera fuga desde el noreste. En las décadas de 1970 y 1980, estas empresas establecieron sus fábricas en Puerto Rico. De allí, el salto hacia Centroamérica fue breve. Esta fue la siguiente fase, liderada por la industria de la ropa íntima: Maidenform, Fruit of the Loom y Hanes fueron las tres grandes. Los fabricantes de ropa interior se trasladaron principalmente a Honduras y El Salvador. Estas empresas eran más intensivas en capital, el tejido, el corte y la confección estaban integrados en grandes instalaciones propiedad de los mismos fabricantes, trasladando sus operaciones completas y convirtiendo a Honduras en el núcleo geográfico de la industria.

    Otras ramas de la industria de la confección siguieron el mismo patrón en la frontera sur con México. Antes del TLCAN existía un sistema de plantas gemelas: una fábrica de corte en un lado de la frontera y una de confección en el otro. Los jeans de Calvin Klein, por ejemplo, se cortaban en El Paso, Texas, en un taller sindicalizado, y se enviaban a Durango y Coahuila, en México, para ser ensamblados y luego reimportados bajo el Ítem 807. Con el TLCAN, desapareció la necesidad de realizar el corte en Estados Unidos.

    AE: ¿Cuándo empezaste a trabajar con ILG?

    JH: Empecé a trabajar con ILG en 1977, al inicio del proceso de deslocalización. Organizamos una huelga en 1979 contra una empresa de ropa deportiva en la ciudad de Nueva York, y uno de los trabajadores, un cortador dominicano, me contó que las piezas cortadas estaban siendo enviadas a la República Dominicana. Para él, eso era algo nuevo y estaba sorprendido. Ese fue el comienzo de la deslocalización, que creció a pasos agigantados durante los años ochenta.

    El sindicato tenía un lema: “seguir el trabajo”. Y seguimos el trabajo, saliendo de la ciudad de Nueva York hacia Pensilvania y más allá. Pero cuando fuimos al sur, se volvió mucho más difícil debido a las divisiones raciales en la fuerza laboral y al uso que los empleadores hacían de esas divisiones para derrotar los esfuerzos de sindicalización. Organizamos a Kelwood en Misisipi, una gran empresa propiedad de Sears que empleaba a miles de trabajadores. Seguimos a Calvin Klein hasta El Paso, Texas, y organizamos la fábrica allí. Tuvimos varios otros éxitos en el sur, pero fue más difícil que en el noreste.

    En 1990, la República Dominicana aprobó un nuevo código laboral bajo la presión de la Federación Americana del Trabajo y el Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO, American Federation of Labor and Congress of Industrial Organizations). Los sindicatos dominicanos vinieron a Estados Unidos y pidieron ayuda para organizar a los trabajadores en las zonas francas que su gobierno había establecido específicamente para este tipo de trabajo. En ese momento, ya había más de 100 mil trabajadores dominicanos en esas zonas francas produciendo, básicamente, ropa para el mercado estadounidense. Fuimos a la República Dominicana, capacitamos a unos veinte organizadores y ayudamos al sindicato dominicano a organizar diez u once fábricas con más de 10 mil trabajadores. Se construyó un sindicato fuerte de la confección que aún existe. Todas estas fábricas producían para marcas estadounidenses. Pero con el TLCAN, básicamente perdimos el control de la industria. Todo el proceso, y no solo la costura, pasó a realizarse en una maquiladora. No pudimos seguir el trabajo hacia México en ese momento.

    AE: Mencionaste un cambio en el código arancelario de Estados Unidos para permitir este tipo de negocios. ¿Qué cambios hubo en las leyes de los otros países?

    JH: Desde los años cuarenta hasta los setenta, México siguió un modelo de sustitución de importaciones que enfatizaba la producción local y el fortalecimiento de los productores nacionales. Algunas de estas empresas, incluso, eran propiedad del Estado. En la industria automotriz, por ejemplo, camiones, autobuses y equipos agrícolas eran fabricados por compañías estatales. Sin embargo, este modelo comenzó a agotarse hacia finales de los setenta y principios de los ochenta. En ese contexto, surgió una crisis de deuda externa y el neoliberalismo se impuso como la nueva ideología en materia de inversión y comercio internacional, el llamado «Consenso de Washington», impulsado por figuras como Thatcher y Reagan. Este cambio exigió reformas legislativas en países como Honduras y otras naciones centroamericanas, donde la industria de la ropa íntima ya había trasladado parte de su producción, así como también en Estados Unidos. La Iniciativa de la Cuenca del Caribe, por ejemplo, permitió que estas industrias invirtieran internacionalmente como respuesta a las crecientes presiones competitivas dentro de Estados Unidos.

    En México, esto significó la venta de las empresas estatales, la privatización de la producción en general y la eliminación de la mayor cantidad posible de barreras comerciales. La maquiladora fue el primer paso en ese proceso. Inicialmente, un régimen comercial muy estricto impedía que las maquiladoras compitieran con las empresas locales. Sin embargo, cuando se levantaron esas restricciones, muchas se vieron obligadas a cerrar.

    La historia varía de industria a industria. La automotriz, por ejemplo, tiene una larga tradición en México. Ford ha estado presente en el país durante cien años y ha desarrollado un mercado interno para sus productos. En el sector textil y de confección, aún existen empresas locales que producen exclusivamente para el mercado mexicano. Incluso en la industria del acero y la manufactura pesada, una parte del mercado sigue siendo realmente nacional. Dado el contexto histórico del modelo económico mexicano, muchos se opusieron al relajamiento de las regulaciones sobre importaciones y exportaciones. Sin embargo, eran una minoría, y las presiones políticas fueron tales que las regulaciones se flexibilizaron progresivamente.

    AE: ¿Cuándo fue la primera vez que fuiste a México?

    JH: La primera vez que fui a México fue en 1994, cuando se aprobó el TLCAN. Antes de la firma de este acuerdo, la industria textil y de confección nacional era bastante fuerte en México. Producían prendas en fábricas modernas de gran tamaño y tenían un acuerdo laboral a nivel industrial para el sector textil. Estaba sindicalizada y era próspera, y los contratos sindicales eran bastante buenos.

    Eso ha sido completamente socavado por la competencia de las prendas fabricadas en las maquiladoras. Pero aún más, hoy en día la industria mexicana de la confección se ha visto debilitada por la competencia de las prendas producidas en China. La industria nacional ha sido diezmada y enfrenta un grave declive.

    AE: ¿Cuál es la legislación laboral en México en lo que respecta a la organización sindical? En Estados Unidos, por ejemplo, los sindicatos del sector privado deben ser certificados por una agencia federal, la Junta Nacional de Relaciones Laborales (NLRB, por sus siglas en inglés), para gozar de protecciones legales. Los trabajadores tienen derecho a organizarse incluso sin un sindicato certificado, pero estos derechos también son garantizados por la NLRB. En Brasil, existía una larga tradición de asignar jurisdicciones sindicales por ley, y los representantes sindicales eran financiados a través de un impuesto laboral especial, una especie de “cuota sindical” recaudada por el Estado. ¿Cuál es el régimen laboral mexicano?

    JH: Desde mediados de la década de 1930 hasta la de 1990, México tuvo un régimen de relaciones laborales “corporativista”: el gobierno fomentó la organización de los trabajadores en grandes sindicatos industriales nacionales y en una gran confederación  que se convirtió en un pilar de apoyo del partido de Estado: el Partido Revolucionario Institucional (PRI). La Confederación de Trabajadores de México (CTM)se formó durante ese período, a finales de los años treinta, al igual que ocurrió en Estados Unidos en la época de la Ley Wagner y el crecimiento del Congreso de Organizaciones Industriales (CIO, Congress of Industrial Organizations), que luego se fusionó con la Federación Estadounidense del Trabajo y Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO, American Federation of Labor and Congress of Industrial Organizations). Fue un momento en el que millones de trabajadores se organizaron bajo una legislación laboral bastante favorable.

    Los sindicatos de la CTM representaban principalmente a trabajadores de sectores que eran empresas estatales o cuasiestatales, como la industria de la energía eléctrica, la industria petrolera (que fue nacionalizada en 1938), telecomunicaciones, acero, minería. Todas estas grandes industrias nacionales básicas. A su vez, esos sindicatos respaldaban al partido político, otorgando privilegios al segmento organizado de la fuerza laboral industrial. Este enfoque, que consiste en incorporar los sindicatos a la estructura política del Estado para que se conviertan en “sindicatos oficiales”, se conoce como corporativismo.

    AE: Eso suena muy parecido a lo que ocurrió en Estados Unidos y en otros países con partidos políticos alineados con el movimiento obrero a mediados del siglo pasado: el gobierno apoyaba a grandes sindicatos industriales con un acuerdo político, implícito o explícito, de que esos trabajadores sindicalizados respaldarían al gobierno. En esos términos, para mí, esa es la historia de Franklin Roosevelt y el CIO. ¿Cuál es la importancia de entender esto como “corporativismo”, como un régimen distinto al de Estados Unidos?

    JH: La diferencia más importante es que, en Estados Unidos, el CIO organizaba trabajadores de empresas privadas, de industrias de propiedad privada. En México, muchas de las industrias eran controladas por el Estado, ya sea porque eran propiedad estatal o estaban operadas por el Estado, como el petróleo, la electricidad y las telecomunicaciones, y sus trabajadores eran empleados del sector público. Los maestros, por ejemplo, que todavía conforman el sindicato más grande de México. En Estados Unidos, la relación de los sindicatos con la estructura política y con el Estado no era la misma: los sindicatos no estaban incorporados ni se convirtieron en “sindicatos oficiales”.

    También cabe señalar que los activistas sindicales que lideraron la formación de estos sindicatos eran comunistas, anarquistas y socialistas. Pero el gobierno no era un gobierno socialista, aunque sí nacionalizó industrias. Por lo tanto, existía un control político muy estricto sobre la organización de las industrias y de los sindicatos. La certificación legal era determinada, y las disputas se resolvían, a través de las Juntas de Conciliación y Arbitraje, que tenían una estructura tripartita: el gobierno, los empleadores y los sindicatos designaban a sus integrantes. Una condición para afiliarse al sindicato era ser también miembro del PRI. Cuando había elecciones, el sindicato organizaba autobuses para llevar a los trabajadores a las urnas, o a manifestaciones en favor de los candidatos. Era un movimiento sindical corporativista fuertemente controlado (incorporado a la estructura política). En Estados Unidos no existe nada parecido a eso. 

    AE: Excepto durante la década de 1930. “Franklin Roosevelt quiere que te unas a un sindicato y al CIO” fue una parte importante de la campaña electoral de 1936. Esa relación se intensificó durante la Segunda Guerra Mundial, en las elecciones de 1940 y 1944.

    JH: Durante la guerra, el capitalismo en Estados Unidos se acercó a una estructura corporativista. Existía la Junta Nacional de Trabajo de Guerra (War Labor Board) y sus juntas sectoriales para la fijación de salarios. Eso es muy cierto. Hay similitudes entre el enfoque del gobierno de Cárdenas en México y el del gobierno de Roosevelt en Estados Unidos. El Partido Demócrata sí quería controlar el movimiento sindical. Al principio, no lo lograron del todo. Lograron llevar a David Dubinsky y a John L. Lewis a la Casa Blanca, pero John L. Lewis no se dejaba controlar. “No se puede sacar carbón con bayonetas”, como él decía. Pero con el inicio de la Guerra Fría, el gobierno estadounidense y los empleadores usaron el anticomunismo para aprobar la Ley Taft-Hartley, que debilitó al movimiento sindical. En lugar de controlar a los sindicatos incorporándolos a la estructura política, en Estados Unidos se optó por controlarlos debilitándolos y sometiéndolos a la regulación.

    En México, el período del llamado “Milagro Mexicano” (1940-1970) fue testigo del crecimiento de un sector organizado estrecho y privilegiado de la clase trabajadora dentro de los sindicatos corporativistas. Estos trabajadores comenzaron a convertirse en clase media. Pero nunca representaron más que un pequeño porcentaje de la fuerza laboral total, que incluía a millones de personas pobres del campo. La posición privilegiada de los trabajadores sindicalizados comenzó a desmoronarse por varias razones. En los años sesenta, hubo varias rebeliones de trabajadores contra el estricto control de los sindicatos, la mayoría de las cuales fueron reprimidas por los propios líderes sindicales con la ayuda del gobierno del PRI.

    En octubre de 1968, el ejército mexicano, actuando por orden del presidente Gustavo Díaz Ordaz, masacró a cientos de estudiantes que protestaban en la Ciudad de México. Hubo levantamientos en zonas rurales del sur de México y en ciertas zonas urbanas del norte, donde comenzaron a formarse grupos guerrilleros. También hubo una rebelión de trabajadores disidentes en la planta de Ford en Cuautitlán, en la zona industrial alrededor de la Ciudad de México, que el sindicato oficial de la CTM, en colusión con la gerencia de Ford, sofocó violentamente con 300 golpeadores. Los acontecimientos internacionales, como lo ocurrido en Francia en 1968 y los movimientos por los derechos civiles y contra la guerra en Estados Unidos, intensificaron la paranoia del gobierno. Había una sensación general de que la revolución estaba en el aire. El gobierno mexicano trató esto como una amenaza real.

    Otro factor fue la creciente corrupción en todos los niveles del gobierno, del PRI y de la dirigencia sindical. Carlos Hank González, uno de los políticos más famosos de México, solía decir: “Un político pobre es un pobre político.” Era una corrupción rampante. “El que respira, aspira”, era otro de sus dichos. La corrupción se volvió realmente vergonzosa.

    Esta combinación entre la corrupción, cada vez más abierta, y la represión coincidió con el agotamiento del llamado milagro mexicano a finales de los años sesenta. La dirigencia sindical no actuó en contra de ello; por el contrario, se sumó a la corrupción. Empezaron a sobrevivir gracias a sus vínculos con los empleadores y el gobierno, y no por su relación con los trabajadores. Por supuesto, también surgieron algunos sindicatos independientes de izquierda en los años setenta, que comenzaron a organizarse en el cinturón industrial de la Ciudad de México.

    AE: El TLCAN se firmó en 1993. ¿Cuál fue la motivación para hacerlo, dado que ya existía un alto grado de integración?

    JH: Siempre he pensado que, en Estados Unidos, el apoyo de los empleadores al TLCAN fue una estrategia para evitar los sindicatos. Desde que Reagan aplastó la huelga de la Organización Profesional de Controladores de Tráfico Aéreo (PATCO, por sus siglas en inglés) en 1981, los empleadores continuaron su ofensiva contra el movimiento sindical, y para mediados de los años noventa decidieron que podían usar a México como una reserva de bajos salarios. En el verano de 1996, mi sindicato, UNITE 2En 1995, las convenciones de delegados tanto del Sindicato Internacional de Trabajadoras de la Confección (ILGWU, (<)em(>)International Ladies Garment Workers Union(<)/em(>)) como del Sindicato de Trabajadores del Ramo de la Confección y Textil (ACTWU, (<)em(>)Amalgamated Clothing and Textile Workers Union(<)/em(>)) votaron a favor de fusionarse, formando el Sindicato de Trabajadores de la Confección, la Industria y el Textil (UNITE, (<)em(>)Union of Needletrades, Industrial and Textile Employees(<)/em(>)). En el momento de la fusión, el nuevo sindicato contaba con 250.000 afiliados. lanzó una gran huelga contra Guess Jeans en Los Ángeles, donde había 3 mil trabajadores en varias decenas de pequeños talleres de explotación. La huelga detuvo la producción en el área de Los Ángeles, así que Guess simplemente recogió todo y trasladó su producción a México.

    Presentamos cargos por prácticas laborales injustas ante la NLRB, que inicialmente estuvo de acuerdo con nosotros en que el traslado era ilegal e indicó que emitiría una queja.3 En enero de 1997, Maurice Marciano, presidente y director ejecutivo de Guess, dijo al (<)a href='https://www.wsj.com/articles/SB85320163935160000'(>)(<)em(>)Wall Street Journal(<)/em(>)(<)/a(>) que el sindicato y las investigaciones de la NLRB en respuesta a sus denuncias fueron “un factor” en la decisión de la empresa de trasladar el trabajo de confección de Estados Unidos a México. En a bril de 1997, la Oficina del Asesor Jurídico de la NLRB emitió un memorando de asesoría favorable para la Región 21, que incluye a Los Ángeles. Cf. Justin McBride, “Guess Again: Revisiting the Last Major US Apparel Union Campaign at 25,” Journal of Labor and Society, mayo de 2021. Pero no lo hicieron, y finalmente concluyeron que Guess había estado planeando ese traslado desde antes, y por lo tanto no era una respuesta a la huelga.4 En noviembre de 1998, la Oficina del Asesor Jurídico de la NLRB desestimó de forma definitiva la denuncia de UNITE, alegando que la decisión de 1996 de trasladar la confección a México se basó en razones económicas y no estuvo relacionada con la actividad sindical. El fallo sorprendió a la industria: Women’s Wear Daily tituló erróneamente su artículo “Guess: NLRB Dictamina Ilegal el Traslado a México” antes de publicar una corrección tres días después. Dan Petrocelli, abogado de Guess, quien anteriormente había alegado que los talleres clandestinos de Los Ángeles habían sido montados por el sindicato, dijo a Women’s Wear Daily que el fallo “confirma que las empresas tienen derecho a aprovechar plenamente las políticas y leyes establecidas en el TLCAN. Que a los sindicatos no les guste no significa que sea ilegal”. Si bien podría ser cierto que Guess había explorado esa posibilidad, yo realmente creo que la decisión de la Junta fue una decisión política tomada por la administración Clinton. El TLCAN tenía tres años: no podían sancionar a una empresa por mudarse a México para evitar al sindicato, porque eso habría restringido la implementación del tratado. Guess Jeans era un importante donante de la campaña de Clinton. Perdimos esa huelga: los empleos se fueron a talleres de explotación en México y Guess Jeans prosperó.

    La complejidad de la cadena de suministro previa al TLCAN, al menos en la industria de la confección, también fue un factor que motivó a las empresas a apoyar el acuerdo. La naturaleza de la industria estaba cambiando. Los “productores de paquete completo” comenzaban a encargarse de todo el proceso de producción. Incluso algunas partes del proceso de diseño estaban siendo realizadas por grandes contratistas en Asia y en América Latina. Este fue un desarrollo que ocurrió principalmente en México durante los años noventa. Empresas como Calvin Klein se convirtieron en firmas de diseño y mercadeo, sin emplear a ningún trabajador de producción.

    Ese proceso ha continuado hasta la actualidad, facilitado por el TLCAN. Hoy en día, marcas como Calvin Klein y Tommy Hilfiger se han reducido a simples nombres comerciales. No cuentan con empleados en sus procesos de producción. Las etiquetas son propiedad de PVH, una empresa que gestiona diversas marcas y subcontrata la producción a nivel global. De este modo, pueden aprovechar la mano de obra más barata disponible, a la vez que evitan cualquier amenaza de sindicalización.

    AE: ¿Cómo ha cambiado la organización laboral en México con la integración regional antes y después del TLCAN?

    JH: En el oeste, en Tijuana y Mexicali, había sindicatos amarillos y sindicatos corruptos controlados por mafias que llegaban a acuerdos con los empleadores incluso antes de que se establecieran los negocios. En Juárez, que está frente a El Paso, no había sindicatos en absoluto y los trabajadores se organizaban arriesgando sus vidas. En el extremo este de la frontera, en Matamoros, en el estado de Tamaulipas, existía un sindicato que creció desde el lugar de trabajo. Era un sindicato tradicional del CTM, el Sindicato de Jornaleros y Obreros Industriales y de la Industria Maquiladora (SJOIIM), que representaba alrededor de 150 a 200 fábricas en Matamoros. Pero su líder, un hombre llamado Agapito González, estaba decidido a obtener un buen trato de los empleadores. Durante la década de 1980, negoció contratos que lograron salarios significativamente más altos que en otras regiones maquiladoras. También contenían cláusulas que establecían que los salarios estaban anexados al salario mínimo, de modo que los aumentos del salario mínimo elevarían todos los salarios bajo el contrato. Era algo único en el sector maquilador.

    Gonzalez falleció y, su sucesor, Juan Villafuerte, enfrentó algunas rebeliones por parte de los trabajadores, dado que sentían que él estaba menos comprometido con la lucha por sus intereses. En enero de 2019, el nuevo gobierno de Morena duplicó el salario mínimo en la frontera. De acuerdo con los términos específicos del contrato de Gonzalez, esto habría implicado duplicar los salarios de los trabajadores que ya ganaban por encima del nuevo salario mínimo, pero la dirigencia sindical se negó a hacer cumplir estos términos. Esto llevó a una huelga no autorizada de 45 mil trabajadores en 48 maquiladoras en Matamoros, un evento importante justo después de que Morena asumiera el poder. Los empleadores inmediatamente lograron que el gobernador solicitara la intervención federal para detener la huelga, como normalmente habrían esperado. Sin embargo, el Subsecretario de Trabajo, Alfredo Domínguez Maruffo, les dijo a los empleadores que el gobierno no intervendría. Les recomendó que negociaran. Los trabajadores presentaron demandas de un aumento inmediato de 20 por ciento en los salarios y un bono único de 1.600 dólares, equivalente a 32 mil pesos mexicanos—llamándose a sí mismos el “Movimiento 20/32”—y presionaron al SJOIIM para que negociara esos términos. Después de semanas de negociaciones en cada fábrica, se cumplieron las demandas de los trabajadores, y se logró una victoria. De esa lucha surgió el Sindicato Independiente de Trabajadores de Industrias y Servicios, Movimiento 20/32 (SNITIS); el cual se ha encargado de organizar varias fábricas grandes, incluyendo Panasonic Automotive en Reynosa y Tridonex en Matamoros.

    AE: ¿Qué significa ser un sindicato independiente en México? En los Estados Unidos, un sindicato puede no estar afiliado a la AFL-CIO, pero aún puede tener elecciones para su junta directiva y puede tener derechos en los tribunales.

    JH: En México, un sindicato independiente es un sindicato organizado por fuera de la relación corporativa de los “sindicatos oficiales”, como CTM, CROC, CROM, SNTE, entre otros que compartían la estructura política del PRI 5 La Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM) es la confederación más antigua, de la cual se separó la Confederación de Trabajadores de México (CTM) durante la década de 1930, pero que continúa existiendo. La Confederación Revolucionaria de Obreros y Campesinos (CROC) fue fundada en la década de 1950. El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), formado en 1949, representa a los docentes y estuvo aliado con el Partido Revolucionario Institucional (PRI) hasta 2005, cuando creó su propio partido político, el Partido Nueva Alianza. En las décadas de 1960 y 1970, como decíamos, los radicales políticos comenzaron la formación de sindicatos independientes mediante la acción directa, y tuvieron un éxito mínimo. Pero los sindicatos afiliados a las confederaciones y partidos políticos existentes, primero al PRI y luego al Partido de Acción Nacional (PAN), utilizaron su posición en las juntas laborales para negarse a registrar sindicatos no afiliados a la CTM u otros sindicatos corporativistas.

    Los sindicatos independientes más exitosos están en el sector privado. Dos de los primeros sindicatos independientes exitosos fueron el Sindicato de Volkswagen en Puebla y el Sindicato de Nissan en Morelos. Ambos son sindicatos que negocian a nivel de la empresa. Para obtener el reconocimiento, tuvieron que echar a un sindicato de trabajadores automotrices que era afiliado a la CTM y parte de la estructura política corporativista. ¿Cómo lo lograron? A través de la acción directa, mediante esas huelgas espontáneas, que eran actividades ilegales que el Estado intentó pero no logró reprimir.

    AE: ¿Iban por contratos?

    JH: Sí. Una vez que Volkswagen se dio cuenta de que no podían operar sin reconocer al sindicato independiente, acordaron llegar a un acuerdo. Esto sucedió en varios sectores, incluyendo algunas empresas estatales. Los trabajadores de Dina, un fabricante de camiones en Hidalgo, también formaron un sindicato independiente a través de la acción directa. Esta fue la única manera, porque no podías usar el proceso legal para obtener el reconocimiento, y tenías que forzar al empleador a que pidiera al gobierno el reconocimiento del sindicato.

    Esta situación continuó durante los noventa. Cuando llegué aquí en el 2000 para representar al Centro de Solidaridad de la AFL-CIO, comenzamos a apoyar a un grupo de aproximadamente mil trabajadores mexicanos en una fábrica subcontratada de Nike aquí en Puebla. El dueño coreano que producía sudaderas para Nike había reconocido a uno de estos sindicatos corporativistas antes de que la planta siquiera abriera. Los trabajadores estaban enojados por tener que pagar cuotas a un sindicato corporativista, afiliado a la Confederación Revolucionaria de Obreros y Campesinos (CROC) estatal, con el que no tenían contacto, que nunca hizo nada por ellos. Los trabajadores formaron un sindicato independiente y llevaron a cabo una huelga de nueve meses en esta maquiladora. Debido a que era una fábrica de Nike y producía bajo licencia de la Universidad de Wisconsin y otras universidades, hubo presión desde Estados Unidos, de los grupos de activistas estudiantiles como United Students Against Sweatshops, para que sus universidades cancelaran sus licencias con Nike. Nike me llamó y me pidió ayuda para resolver el conflicto.

    AE: ¿Cuántos meses después de iniciada la huelga ocurrió eso?

    JH: Casi al comienzo de la huelga. La filial estatal de la CROC logró que el gobierno estatal enviara a la policía antidisturbios para golpear a los trabajadores que se habían instalado en el patio de la fábrica, así que los trabajadores se fueron a sus casas y dejaron de ir al trabajo. La gente simplemente se quedó en casa, así fue como se desarrolló la huelga. Tanto Nike como la maquiladora estaban desesperados.

    La empresa, tanto Nike como el contratista local, me veían como un aliado en su lucha por sobrevivir, y los ayudé a encontrar una solución. Pero primero la empresa tuvo que pagarle al sindicato establecido para que se retirara, con un monto de 50 mil dólares, y luego tuvo que pagarle al gobierno. Y, por supuesto, el sindicato y el gobierno estaban vinculados: cuando la empresa coreana quiso invertir en el estado de Puebla, fue el propio gobernador quien lo presentó con el sindicato de la CROC.“La mafia del poder” fue como López Obrador la llamó, y tenía razón. El problema de la corrupción se fue agravando cada vez más desde finales de los años sesenta hasta llegar a Peña Nieto, el último presidente antes de López Obrador, quien fue objeto de un profundo desprecio popular. Era abiertamente corrupto, y los grandes medios impusieron a este tipo como presidente. De 2012 a 2018, la gente estaba tan harta que eligió a un radical, un rebelde: López Obrador, cuya principal plataforma política fue acabar con la corrupción y usar los recursos liberados para ayudar a los pobres. Su lema era “por el bien de todos, primero los pobres”, lo opuesto por completo a la ideología que lo antecedió. Ha sido tremendamente exitoso, tanto que su sucesora, Claudia Sheinbaum, cuenta hoy con un 85 por ciento  de apoyo popular.

    AE: ¿Ha habido intentos de federarse o de formar una federación rival, para llevar las partes más combativas del movimiento sindical a un nivel más amplio de organización?

    JH: Ha habido intentos, pero el movimiento sindical independiente en México está ideológicamente comprometido con los sindicatos por empresa, negociando a nivel de compañía. Los líderes y miembros de sindicatos independientes son extremadamente desconfiados de las organizaciones más grandes debido a su experiencia con las federaciones y confederaciones corporativistas. Existe una Federación de Trabajadores de Autopartes, Aeroespacial y Llantas que tiene diez sindicatos afiliados, FESIIAAAN. Pero no se han registrado legalmente como federación. No tienen personal, ni cuotas sindicales ni de afiliación. Rotan la presidencia entre los líderes de los sindicatos independientes cada año.

    AE: ¿Los sindicatos independientes han sufrido reveses debido a esa desconfianza hacia las federaciones? El impulso hacia una organización más amplia, históricamente, se basa en que las empresas pueden enfrentarse entre sí. El taller combativo puede ser castigado si se queda solo.

    JH: Esta preferencia por sindicatos que solo actúan dentro de una empresa específica representa una gran debilidad. El Sindicato de Nissan, uno de los primeros sindicatos independientes del sector automotriz, se formó en los años setenta en la planta de Nissan en Cuernavaca, Morelos. Negociaron contratos excelentes, pero en 1982 Nissan abrió una planta en Aguascalientes, y desde entonces ha inaugurado tres más, todas con un sindicato corporativista afiliado a la CTM. Ese sindicato se desprestigió por no representar a los trabajadores, pero el sindicato que llegó después y tomó el contrato, la Confederación Autónoma de Trabajadores y Empleados de México, está dirigido por un exlíder del PRI y de la CTM que ahora se ha unido a Morena. Así que los trabajadores no están mejor. Nissan ha estado reduciendo operaciones en la planta de Morelos, donde está organizado el sindicato independiente, y ha aumentado la producción en Aguascalientes. Lo mismo ocurrió con el sindicato independiente de Volkswagen: VW construyó una planta de motores en Silao, que permanece mayormente sin organización sindical.

    AE: ¿Cómo ha cambiado el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) la organización sindical?

    JH: A diferencia del TLCAN, el T-MEC tiene un capítulo laboral 6El TLCAN tenía un acuerdo paralelo sobre trabajo, en el que México debía respetar sus propias leyes laborales, y los gobiernos de Estados Unidos o Canadá podían solicitar consultas. “Intenté usar esas disposiciones contra empresas que estaban violando los derechos de los trabajadores, y resultaron completamente inútiles”, añade Hermanson. Una de sus disposiciones exigía que México reformara su legislación laboral y ratificara los Convenios 87 y 98 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que Estados Unidos ni siquiera ha ratificado 7 (<)a href='https://normlex.ilo.org/dyn/nrmlx_es/f?p=NORMLEXPUB:12100:0::NO:12100:P12100_INSTRUMENT_ID:312232:NO'(>)El Convenio 87(<)/a(>) de la OIT establece el derecho de los trabajadores y empleadores a fundar organizaciones y afiliarse a ellas libremente, sin autorización previa, y a organizar su funcionamiento sin interferencias. (<)a href='https://normlex.ilo.org/dyn/nrmlx_es/f?p=NORMLEXPUB:12100:0::NO:12100:P12100_INSTRUMENT_ID:312243:NO'(>)El Convenio 98(<)/a(>) de la OIT protege el derecho a la negociación colectiva y establece garantías frente a actos de discriminación antisindical, como el despido por pertenecer a un sindicato.

    En 2019, México reformó su ley laboral para exigir votaciones directas, privadas y secretas en las elecciones de representación sindical, de liderazgo sindical y de ratificación de contratos, un sistema mucho más democrático que el que existe en Estados Unidos. El movimiento sindical independiente y sus aliados, incluidos académicos, abogados laboralistas y activistas de todo tipo, han estado apoyando este tipo de reforma desde los años setenta. El voto secreto fue la consideración clave, pero la eliminación de las juntas laborales tripartitas también es crucial. Existe un nuevo sistema de justicia laboral bajo el poder judicial, y ahora, debido a un reciente cambio constitucional, el poder judicial será elegido democráticamente.

    El capítulo laboral del T-MEC también cuenta con un Mecanismo de Respuesta Rápida que permite a los trabajadores o sindicatos presentar quejas ante el Departamento de Trabajo de Estados Unidos si sus derechos son violados. El gobierno mexicano ha respondido de manera positiva a esto. Durante el gobierno de Biden, Estados Unidos contó con buenos secretarios de trabajo y un Representante de Comercio (USTR, US Trade Representative) que fue, en cierto modo, progresista. Hubo una fuerte presión por parte de Estados Unidos para garantizar el cumplimiento efectivo de los términos laborales del tratado, y en ese mismo periodo se resolvieron favorablemente veinticuatro casos a favor de trabajadores mexicanos y sindicatos independientes. Lo anterior representa una transformación enorme.

    Uno de los primeros casos bajo el Mecanismo de Respuesta Rápida del T-MEC fue en General Motors en Silao, Guanajuato, una planta de ensamblaje con 6.500 trabajadores que produce camionetas Silverado de 40 mil dólares para exportación a Estados Unidos. Parte de la implementación del T-MEC en México estipulaba que los contratos existentes debían ser votados por los trabajadores. Cuando el sindicato CTM en GM Silao fue sorprendido destruyendo boletas en la primera votación, el Mecanismo de Respuesta Rápida aseguró una votación justa. Después de que el contrato fuera rechazado, una nueva organización independiente, el Sindicato Independiente Nacional de Trabajadores y Trabajadoras de la Industria Automotriz (SINTTIA), ganó la representación en una votación de representación contra otros dos sindicatos. Desde entonces, han negociado buenos contratos. SINTTIA, que tiene una visión sindical industrial, ha ganado desde entonces un par de campañas en plantas de autopartes y recientemente organizaron una planta de altavoces Bose en Tijuana.

    AE: Ahora que se está renegociando el T-MEC, ¿cuál crees que es la mejor manera de mejorar este historial?

    JH: En primer lugar, el T-MEC es asimétrico. México está sujeto a estos términos, mientras que Estados Unidos y Canadá no. Esa sería la primera modificación que me gustaría ver. El T-MEC trata sobre el comercio, y las sanciones implican la eliminación de la exención arancelaria para los productos de los infractores. ¿Cómo sancionarías a una empresa de Estados Unidos? Tendría que establecerse un nuevo régimen de sanciones.

    AE: Pero ¿no es cierto que la cadena de suministro automotriz de Estados Unidos implica que las fábricas de automóviles en Estados Unidos exporten partes o componentes a las plantas de ensamblaje en México?

    JH: Sí, pero las disposiciones actualmente no se aplican a las empresas de Estados Unidos. Están pensadas para «hacer responsable a México», que fue la postura del movimiento sindical de Estados Unidos durante las negociaciones. En el proceso actual, las partes privadas presentan quejas ante la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR) y la Oficina de Asuntos Laborales Internacionales en el Departamento de Trabajo de Estados Unidos (DOL). Estas oficinas realizan una investigación preliminar utilizando a sus agregados laborales en México, de los cuales hay cinco, para determinar si encuentran un caso preliminar de violación de derechos. Los derechos están bajo la legislación laboral mexicana y las convenciones de la OIT, las cuales no tienen los trabajadores de Estados Unidos. ¿Por qué Estados Unidos no reforma nuestras leyes laborales? ¿Por qué no ratifica las convenciones de la OIT?

    Si la USTR y el DOL encuentran un caso prima facie, solicitan al gobierno mexicano que realice una investigación. El gobierno mexicano tiene un periodo muy corto de tiempo para determinar si está de acuerdo con los hallazgos del gobierno de Estados Unidos. Si están de acuerdo, entonces se inicia una negociación entre los gobiernos de Estados Unidos y México para desarrollar un plan de remediación o un plan de acción. Este proceso ha sido exitoso en la mayoría de los casos.

    Pero creo que su éxito disminuirá. El gobierno mexicano está siendo cada vez menos receptivo y está comenzando a buscar formas de evitar una aplicación agresiva. Recientemente, han estado alcanzando acuerdos con las empresas acusadas antes de que se termine de elaborar el plan de remediación, tratando de adelantarse a un plan agresivo.

    Esta es la estrategia de México en la revisión del T-MEC. Ellos buscan simetría. Mi sugerencia sería un consejo compuesto por los tres gobiernos, con participación ciudadana, que escuche las quejas y aplique las mismas convenciones básicas de la OIT a los tres países.

    En México, con o sin el T-MEC, debería existir un movimiento sindical independiente que sea combativo, que organice, que tome acciones directas y que utilice la legislación laboral mexicana, que realmente es buena, para ampliar la representación legítima de los trabajadores en el país. Para que eso sea posible, se necesita una inversión de recursos, y México no cuenta con los recursos necesarios. No existe un Congreso de Organizaciones Industriales en México, así que he estado tratando de convencer a los sindicatos de Estados Unidos de que deberían brindar apoyo al movimiento sindical independiente mexicano.

    AE: ¿Qué monto consideras que sería una buena inversión inicial para el crecimiento del movimiento laboral en México? ¿Qué sindicatos podrían asumir esta tarea?

    JH: El Congreso de Estados Unidos asignó 180 millones de dólares para la implementación del T-MEC, de los cuales 150 millones fueron destinados a contratistas de diversos tipos para asistir a la Secretaría del Trabajo de México en el desarrollo de inspectores laborales y del sistema de justicia laboral; es decir, para la «creación de capacidades».

    Los últimos 30 millones de dólares estaban destinados al Solidarity Center de la AFL-CIO, donde yo trabajaba en ese momento. El dinero fue asignado y yo desarrollé un programa que esperaba que ayudara a construir un movimiento sindical combativo en México. El Departamento de Trabajo lo aprobó, pero ese uso de los recursos no fue respaldado por la dirección del Solidarity Center en México. Ahora, con la suspensión de la ayuda extranjera, ese dinero ha quedado congelado.

    Si se usa con inteligencia, creo que se podría obtener un gran retorno con una inversión mucho menor que esa. En México, un salario anual justo para un organizador sería de unos 30 mil dólares, dado el costo de vida allá. Una campaña con 100 organizadores costaría alrededor de 3 millones de dólares. En Estados Unidos, usamos la regla general de 800 trabajadores por cada miembro del personal, para que la organización se autofinancie a través de las cuotas de afiliación y derechos de inscripción en un período razonable. Esto significa que solo habría que afiliar a 80 mil personas para que la inversión se pague sola. Pero tiene que invertirse en organizadores mexicanos, no en expatriados estadounidenses que cuestan 100 mil dólares al año o más.

    Pero el apoyo sindical estadounidense a la organización y negociación colectiva de los trabajadores mexicanos no tiene por qué depender de la financiación del gobierno estadounidense ni de un costo de 30 millones de dólares. En la década de 1930, el CIO contrató a 100 organizadores en Estados Unidos, y en el periodo de cinco años entre 1935 y 1940, el movimiento obrero acumuló 5 millones de afiliados, duplicando su tamaño. En México, donde el salario y los gastos de un organizador a los niveles actuales costarían alrededor de 30.000 dólares, una campaña nacional de organización industrial podría llevarse a cabo con unos pocos millones de dólares. Con las leyes y autoridades laborales relativamente favorables, cierto apoyo financiero a los organizadores, la investigación industrial compartida y la coordinación estratégica de campañas tendrían el potencial de organizar a miles de trabajadores y cambiar el equilibrio de poder en la industria automotriz y otras industrias básicas.

    AE: ¿Crees que hay tantos trabajadores que podrían ser organizados? 

    JH: Definitivamente. En Puebla hay una planta de Volkswagen con 7 mil trabajadores y un sindicato independiente. Solo en un radio de 32.2 kilómetros alrededor de esa planta hay 70 mil trabajadores en fábricas de autopartes que suministran componentes. También hay una planta de Audi en la zona con otros 30 mil trabajadores en autopartes. General Motors tiene una planta en Coahuila con 7 mil trabajadores, rodeada de fábricas de vidrio, llantas, frenos, embragues y ejes. Todos ellos podrían ser organizados con un poco de inversión, buena investigación industrial y aprovechando las relaciones que ya tienen los sindicatos estadounidenses con esas corporaciones. Creo que el ánimo está ahí. Hay un gran descontento entre la clase trabajadora mexicana, especialmente en los sectores de autopartes, llantas, vidrio y otras industrias básicas. Ya hemos tenido victorias de sindicatos independientes en todos esos sectores, lo que indica que con un poco de inversión y solidaridad sindical internacional se pueden estimular campañas en otras plantas.

    Este ensayo fue traducido del inglés al español por Isabel Tamayo.

  10. ¿Nunca más?

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    Esta semana fue el aniversario de 61 años del golpe militar en Brasil, en medio de una coyuntura democrática liberal inestable en el país. Recientemente, el Supremo Tribunal Federal (STF) acusó a Jair Bolsonaro de un intento criminal de golpe de Estado en el contexto de las elecciones de 2022, un acontecimiento que ha puesto las memorias del terror de la dictadura militar en el centro del debate público, así como las amenazas actuales del autoritarismo. Hugo Fanton, editor de PW, conversó con Frei Betto, fraile dominico y escritor brasileño que fue encarcelado dos veces por la dictadura militar por su trabajo social y político. 

    Frei Betto participó en la creación de las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs), una forma de organización incentivada por la Teología de la Liberación, que consistía en grupos reunidos en áreas específicas–ya sea favelas, escuelas o fábricas–para discutir la Biblia en el contexto de la realidad política y social que se vivía. Esto se convirtió en uno de los principales mecanismos de resistencia a la dictadura y de lucha por la democracia en el país. Frei Betto es también autor de libros que retratan esta experiencia, como Cartas desde la cárcel y Bautismo de sangre, obras que describen las acciones entre bastidores del régimen militar y los crímenes cometidos contra la humanidad.

    En un momento en que las fuerzas autoritarias avanzan no solo en Brasil sino también alrededor del mundo, ahora bajo el renovado liderazgo de Donald Trump en Estados Unidos, debemos recordar los procesos de transición que han resultado en el ascenso de autoritarios previos, y luchar para garantizar que los horrores del pasado no se vuelvan a repetir.

    Entrevista con Frei Betto

    Hugo Fanton: Este 1 de abril se cumplen 61 años del golpe militar en Brasil. ¿Podría contextualizar este golpe de Estado que dio lugar en 1964?

    Frei Betto: Después de la Segunda Guerra Mundial, marcada por la victoria de los Aliados contra el fascismo, hubo una ola de democratización, que llevó a los sectores populares a organizarse cada vez más y a reclamar sus derechos. En Brasil, Getúlio Vargas volvió al poder en 1950. Había gobernado el país bajo un régimen dictatorial durante 15 años, pero había concedido grandes beneficios a la clase trabajadora, por lo que fue considerado el «padre de los pobres». A principios de los años 50, sectores conservadores de la sociedad conspiraron para derrocar su régimen, porque no coincidían con las políticas distributivas que buscaban mejorar las condiciones de vida de las clases trabajadoras. Después de un atentado fallido a su vida, la conspiración derechista llevó Vargas al suicidio en 1954. Así fue que Brasil entró en un periodo de gran inestabilidad política. 

    Sin embargo, a principios de la década de 1960, la cultura brasileña vivió un periodo de renovación: la música de bossa nova era “nueva”, el cine, la literatura, e inclusive la economía, todo era “nuevo”. Brasil vivió durante estos años un sueño febril progresista de emancipación, donde se le dio libertad a los movimientos sociales, como las ligas campesinas y el movimiento estudiantil. En resumen, fue un periodo efervescente, con mucha creatividad y muchos logros inesperados, tanto en la política como en la economía. Todo esto fue castrado por el golpe militar del 1 de abril de 1964, el cual derrocó al régimen progresista de João Goulart.

    Las políticas de João Goulart no tenían un tinte comunista. Él era un terrateniente demócrata, sensible a las demandas populares. Sin embargo, las clases dominantes no esperaban que este movimiento de la sociedad exigiera todo tipo de derechos, o que los sectores populares desafiaran los privilegios e intereses de las elites al exigir una reforma agraria. A diferencia de países vecinos, como Bolivia y Perú, en Brasil nunca se había dado una reforma agraria, a pesar de sus dimensiones continentales. Esta amenaza a los privilegios de las clases dominantes llevó al golpe de estado que inauguró la dictadura militar en Brasil, con apoyo de la Casa Blanca. Este tipo de colaboración ocurrió en todo el continente latinoamericano. 

    Como reacción al intento de reforma agraria presidido por Goulart, las Fuerzas Armadas, subvencionados y guiados por el gobierno de Estados Unidos, dieron el golpe de Estado de 1964, desmantelando así la Constitución brasileña e instaurando un régimen de terror que duró 21 años. Yo mismo fui víctima de sus horrores.

    HF: ¿Cómo afectó esto a su vida en aquel momento?

    FB: Fui detenido como dirigente estudiantil durante 15 días en junio de 1964, unos meses después del golpe de Estado. Luego, en 1969, ya trabajando como fraile dominicano, fui detenido de nuevo por mi labor de apoyo a la resistencia y a la lucha por la redemocratización del país. Permanecí en prisión cuatro años, hasta 1973. Fue un período de golpes militares generalizados en la región: Argentina, Uruguay, Chile, con mucha crueldad, torturas, desapariciones de quienes luchaban por otro sistema social, en este caso el socialismo, o por la mera redemocratización de sus países. Fue un período muy trágico en la historia de América Latina, todo financiado y patrocinado por la Casa Blanca. 

    Al comienzo de la dictadura, algunos líderes liberales y democráticos, como Rubens Paiva, retratado en la película “Aún estoy aquí” (2024) pensaban que el golpe sería sólo un período de reordenamiento de las clases dominantes, bajo la tutela de los militares. No pensaban que habría torturas, desapariciones, fusilamientos, en fin, toda la crueldad que se documenta en el libro «Brasil Nunca Mais», editado por el cardenal Dom Paulo Evaristo Arns y el pastor Jaime Wright. 

    A pesar de estas expectativas iniciales, la dictadura se recrudeció. El comportamiento de los militares se hizo cada vez más violento, asesino y genocida.  Sobre todo a partir del Acto Institucional nº 5 de diciembre de 1968, que muchos analistas consideran como el golpe dentro del golpe. A partir de ese momento las cosas empeoraron. Fue precisamente a partir de entonces cuando las fuerzas democráticas empezaron a resistir a los militares, a la dictadura, tanto por medios pacíficos como armados. Grupos y partidos empezaron a armarse para enfrentarse al poder militar de la dictadura. Esto supuso un gran desgaste para el régimen militar.

    HF: ¿Cómo fue el trabajo de resistencia a lo largo de los años setenta? ¿Qué destacaría del rol o la labor de la resistencia permanente y cotidiana, en un contexto extremadamente desfavorable? 

    FB: Hubo un periodo en que esta resistencia fue clandestina, ya fuera pacíficamente o mediante la lucha armada. Pero, a partir de mediados de los años 70, adquirió la dimensión de una lucha de masas a través de huelgas sindicales, sobre todo cuando el movimiento sindical, liderado por Lula, denunció que la política económica de la dictadura era falsa, una gran mentira para encubrir la dinámica real de la economía. Las grandes corporaciones sindicales empezaron a movilizarse, sacando a la calle a miles de personas para exigir derechos laborales. Esto fue socavando progresivamente los cimientos de la dictadura.

    El consenso que existía en la sociedad brasileña de que los militares habían librado al país del comunismo llegó a su fin a medida que la gente era cada vez más consciente de las atrocidades practicadas por los militares. Para que esto ocurriera, también fue muy importante la transformación del movimiento sindical, ya que al principios de la dictadura el sindicalismo oficial se oponía a la movilización popular. 

    Brasil siempre ha tenido organizaciones de base. Y a partir de los años 60, a través de los sectores progresistas de la Iglesia Católica, se formaron las Comunidades Eclesiales de Base (Cebs). Esta forma de organización le dio origen a lo que hoy se conoce como teología de la liberación. Las Cebs no llamaron la atención de la dictadura, porque las consideraba una cuestión religiosa. Fue un gran error por parte de los militares, porque las Cebs, partiendo de una lectura de la Biblia desde la perspectiva de los oprimidos y abrazando el método de la pedagogía liberadora de Paulo Freire, empezaron a formar militantes para movimientos populares, movimientos sindicales y, más tarde, movimientos partidarios. 

    Luego, entre los años 60 y 70, hubo una gran difusión del catolicismo progresista. Esta forma de organización de base se hizo presente en las favelas, fábricas y escuelas, dando lugar a una nueva forma de oposición sindical, el sindicalismo combativo, que acabó ocupando los espacios del sindicalismo que hasta entonces había estado ligado a la dictadura. Como resultado de esta organización social y de la lucha que emprendió, hubo una apertura para nuevos partidos en Brasil. Entre ellos, surgió el Partido de los Trabajadores (PT), liderado por Lula. 

    Este es el proceso que fue aglutinando a las fuerzas populares y socavando el régimen dictatorial, lo que condujo al declive de la dictadura, marcado por acontecimientos como el regreso de los exiliados y la creación de grandes asociaciones nacionales de organización de los trabajadores y las clases populares, como la Central Única dos Trabalhadores (CUT) y el Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra (MST).

    Ahora, lamentablemente, este proceso, esta acumulación organizativa, se ha perdido en los últimos años, lo que ha llevado a la elección de Bolsonaro y a un gran debilitamiento de las fuerzas progresistas. Al mismo tiempo, este debilitamiento forma parte de un fenómeno más amplio: el fortalecimiento de la derecha global. 

    HF: ¿Cómo se explica este nuevo auge del autoritarismo?

    FB: Una vez conquistada la democracia por el fracaso del propio régimen dictatorial, fracaso social, económico y político, pensamos que Brasil no volvería a tener un gobierno autocrático. Pero la situación mundial no siempre es lineal, es más bien cíclica. Y hoy, en mi opinión, estamos viviendo una ola, no de democratización de las naciones, sino de autoritarismo con sesgo fascista. 

    Esto ocurre en todos los continentes, y ahora se ha agravado con la elección de Donald Trump en Estados Unidos. Ya no vale el chiste que se contaba en América Latina de que nunca había habido un golpe de Estado en Estados Unidos porque no hay embajada norteamericana en Washington. Trump intentó dar un golpe de Estado, pero ahora vuelve a la presidencia con un apoyo masivo de la población estadounidense y con pretensiones autocráticas.

    Este sesgo autoritario está de moda en todo el mundo y se debe a varios factores. Durante la Guerra Fría, existía una bipolaridad, con los países capitalistas hegemonizados por Estados Unidos y, en el Este, el socialismo, en la Unión Soviética y en China. Esto creó un cierto equilibrio de poder. Creo que la mayor conquista del socialismo no tuvo lugar en ningún país socialista, sino en Europa Occidental: las clases trabajadoras conquistaron muchos de sus derechos, garantizados por ley, porque la burguesía europea temía que los trabajadores abrazaran la vía del socialismo y del comunismo. El bienestar de la clase obrera en Europa nunca fue tan sólido como en este periodo de posguerra que duró hasta 1989.

    Con la caída del Muro de Berlín, la élite mundial se quitó la máscara. Y con el cambio del patrón de acumulación capitalista de la producción a la especulación, estas élites tienen ahora muchos más ingresos y poder. Hoy tenemos un mundo dominado, por un lado, por los especuladores y, por otro, por estas figuras del Big Tech que no producen nada, sólo procesan nuestro conocimiento e información, pero lo convierten en mercancías y poder. 

    Siempre hemos hablado de globalización y siempre he criticado esta expresión: lo que realmente tenemos es una globo-colonización, la colonización del planeta por un sistema de sociedad que es capitalista, un sistema hedonista, consumista, que convierte a los seres humanos en mercancías, porque nuestra dignidad intrínseca no vale nada, lo único que importa son los bienes que poseemos o los que no poseemos. Cuanto más bienes materiales poseemos, más aceptados somos en la sociedad. Hay un proceso acelerado de dominación, haciendo que los lazos sociales se deshagan cada vez más, debido a la creciente dependencia de los teléfonos móviles, todo se reduce a este pequeño aparato que no me exige tener relaciones cara a cara, asociativas, sindicales o partidarias. 

    Hay una fuerte tendencia al individualismo con las redes, porque se erosionan los lazos asociativos y, al mismo tiempo, se acentúa el narcisismo. La lógica de las redes y del posting produce un juego narcisista y una gran dependencia de estas Big Techs que no existen para facilitar nuestra comunicación sino para vender productos.

    HF: ¿Hay un paralelismo entre Bolsonaro y el golpe militar de 1964, entre ahora y lo que vivimos en la dictadura?

    FB: Sí, porque Brasil, a diferencia de Argentina, Chile y Uruguay, nunca ha castigado a sus torturadores y asesinos. Al contrario, ha creado un mecanismo extraño desde el punto de vista jurídico, que es la amnistía recíproca. En lugar de ser denunciados, juzgados y condenados, los torturadores y asesinos eran amnistiados al mismo tiempo que luchaban contra la dictadura. Esto significó que la cultura de la dictadura se preservó en los cuarteles del Ejército, la Fuerza Aérea y la Marina. Y consideran que el golpe de 1964 fue un avance, una revolución, y no la instauración de una dictadura. Bolsonaro es hijo de esta formación militar con fuerte sesgo nazi-fascista.

    Sin embargo, hoy en día, las Fuerzas Armadas se inclinan más por esta democracia burguesa limitada, no quieren volver a la dictadura. No veo ninguna posibilidad de un nuevo golpe. Ahora, veo la posibilidad, no de Bolsonaro, que es inelegible, sino de que alguien más de la misma formación militar sea elegido en 2026 como presidente de la República por la vía democrática. Creo que los progresistas tenemos que intensificar nuestro trabajo, porque el riesgo está ahí. Hay una tendencia en la sociedad brasileña a apoyar el nazifascismo que cunde entre estos grupos de Bolsonaro. Creo que hay un riesgo muy grande. Así que tenemos que volver al trabajo de base y ponernos las pilas con las redes digitales. Somos muy reactivos, no somos proactivos en las redes digitales.

    HF: ¿Qué impacto tiene la administración Trump en esta situación?

    FB: Trump va a gobernar autocráticamente, ignorando las leyes, a los jueces, como está haciendo ahora con la deportación de venezolanos a El Salvador. La cuestión es cómo reacciona la justicia estadounidense, hasta qué punto tiene fuerza para pararle los pies. Pero todo esto dependerá mucho del comportamiento de su gobierno. Ya, en sus dos meses de mandato, está generando una gran decepción. En 60 días de gobierno, su prestigio ya se está yendo por el desagüe. El desgaste es grande. La parte más sensible del cuerpo humano, que es el bolsillo, es lo que más pesa en Brasil, en Estados Unidos o en cualquier otra parte del mundo. ¿Qué impacto tendrá su gobierno en el bienestar de la gente? Es demasiado pronto para hacer una evaluación, pero pronostico un gobierno extremadamente autocrático, al borde de lo que sería una dictadura descarada.